Luz. Drag. Queen.

El camerino de Club Bo se convierte todas las noches en un espacio de ensayo, de expresión artística, de camaradería y de emociones. 

El espectáculo en el Club Bo comienza donde nadie lo ve: en el camerino. A las 9 p. m., se dejan los tenis, la mezclilla y las gorras para que los vestidos, los sostenes y las pelucas vistan los mismos cuerpos que entraron discretamente a los vestidores.

Cada transformación es un ritual calculado. La presentación en la tarima será hasta la 1 a. m., pero el ambiente siempre es de prisa, perfeccionado por años de buscar las mejores telas, las más finas técnicas para resaltar o atenuar las facciones y los zapatos más escandalosos. Para eso, en algunas ocasiones, hay que aguantar la mirada indiscreta del vendedor de zapatos cuando se le pregunta por los tacones más altos que tenga.

En esta escena hay familias: cada reina tiene su madre del espectáculo y sus hijas. Así, el camerino se llenó de consejos, bromas, chismes y repasos de la rutina de baile.

“Para mí, el transformista es una persona que en el escenario tiene que hacer sentir a las personas algo: llevar emociones, más que ser la más bonita o el que mejor se maquilla”, dijo Víctor, transformista de 25 años de edad que dejó sus atuendos para producir el evento de esa noche.

Mi primera pregunta, incómoda pero necesaria, fue cómo llamarlas… o llamarlos. La mayoría dice que son ellas. Así, cada pregunta o indicación del fotógrafo llevó errores involuntarios y muchas correcciones, incómodas pero necesarias. Enmiendas justas.

No hubo miedo a la cámara. La apariencia antes o durante los preparativos no es una preocupación. A veces, solo hay interés en dar la mirada deseada a la lente. Monse Graham, una de las más jóvenes del grupo, incluso muestra las fotografías suyas que publicaron en La Nación. “Ahora, hay mucha más atención a lo que hacemos”, agregó.

El estilista llegó en cuenta regresiva con las pelucas, ya que estas deben ir fijadas atentamente. Ese día, el espectáculo incluía un homenaje a cantantes —Maribel Guardia, Celia Cruz, Thalía, etc—, así que el estilista debía prepararse para el baile enérgico, casi acrobático, que las reinas habían planeado.

Después de horas de ritual, las luces del club se fijaron en el escenario y las drag queens capturaron al club entero. En medio de las luces, los gritos y la música, es posible darse cuenta de que todas las horas de maquillaje y vestuario no tenían el objetivo de esconder un sujeto: el propósito era materializar una identidad que no se ve, pero que existe.

“[La drag queen] es mi alter ego. Uno tiene que llegar a unir dos cosas: yo conservo a Pablo y logro dar un buen espectáculo como Ina. Y es arte, y espero que la gente lo llegue a entender como arte”, explicó Pablo previamente para una investigación de la Universidad de Costa Rica (UCR). Además de ser drag queen, Pablo es ingeniero en una empresa privada.

Por desgracia, el rostro de Pablo no está en este artículo. De acuerdo con quienes estaban en el camerino, no todas tienen la suerte de Monse Graham, quien comentó que su familia la apoyó desde el primer día que se mostró en el escenario. Por ello es que Pablo es un nombre falso, pues sus dos mundos no pueden mezclarse: el transformismo aún se confunde con prostitución y también es pecado, según el pensamiento mágico de muchos.

Las reinas del Club BO hacen que la pasarela y los cientos de pasos de baile luzcan fáciles. Ciertamente, es fácil: uno es el mejor actor de sí mismo.
Parte de los testimonios fueron recuperados por Sylvia Castrillo, Krissya, Sara Quesada, Irving Reyes y José Ignacio Vega en “Desmitificación de los drag queens en Costa Rica a partir de la percepción propia y de la ciudadanía”, de la Universidad de Costa Rica.

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