Practicar el poliamor en el sentido más etimológico de la palabra.

Cuando tenía 23 años estaba en medio de la escritura de los textos que se convirtieron luego en mi primer libro. El proceso mental para llegar a las imágenes de Un Hombre Teórico tenía todo que ver con un impulso casi desesperado por encontrar las palabras más elocuentes para justificarme sin echarme al agua. Aunque ya han pasado más de cinco años desde eso, encontrar a una pareja que me permita ahondar en temas del afecto, incluso de manera teórica, no ha dejado de ser difícil. Mis cuestionamientos acerca de la monogamia y el rol que el tema de emparejarse juega en perpetuar las dinámicas de género, han desembocado en los pleitos más terribles y violentos que he tenido en la vida. Lo hemos sufrido; yo y los demás. Me gusta pensar que mi insistencia por estar casi siempre emparejada ha resultado de mi búsqueda por aprender al respecto… solo así podría justificar este extrañísimo estudio antropológico que ha sido mi vida romántica.

Lo que sí es cierto es que aprendí a tener miedo de hablar y escribir al respecto – y aunque más tarde empecé a ser parcialmente sincera sobre mis expectativas, la realidad es que eso ha sido también una fuente inagotable de conflicto: me he visto constantemente forzada a decidir entre vivir las cosas a medias o decir las cosas a medias. Tardé muchos años en entender que me debía a mí misma algo de compasión, y sobretodo la bondad de permitirme vocear las preguntas que empezaban a atormentarme cada vez que partía hacia una nueva aventura monogámica.  

Somos multitudes, y cada uno sabe en el fondo de qué manera le gustaría realmente vivir el afecto. Incluso como individuos somos volátiles y diversos, a veces una cosa y a veces otra. Esta certeza elimina la idea de que nuestras contradicciones son supuestamente incompatibles: por ejemplo el hecho de que yo, además de ser poliamorosa en el sentido más etimológico de la palabra, también soy bastante asexual (y por bastante me refiero a que no totalmente, porque también he tenido periodos de muchísima actividad sexual). Soy multitud, y para entenderme, necesito ahondar en mi experiencia afectiva y en mi repositorio de cariños, y analizar de qué manera he manejado, para bien o para mal, mis vínculos. Con compasión, sin autocensura – pero además, sin sentirme (como dijo sabiamente un amigo hace poco respecto al tema) como un virus, un foco infeccioso, por no querer para mí lo que la sociedad dice que debería.

Tras años de “enredos” amorosos, psicoanálisis y muchísimo auto flagelo, finalmente entiendo que esto es algo que – aunque yo misma y los demás me lo exijan a menudo – es imposible de “corregir” ¡porque no está mal en primer lugar! Fue mi psicoanalista el que llamó a mi atención la posibilidad de que, aunque yo le rogaba que “me lo quitara”, este estilo afectivo no estaba necesariamente equivocado: “ahora que sabés que no sos deficiente, te queda decidir si querés cambiar.”

La experiencia vital de enamorarse

Mi manera de querer está tallada en los surcos de mi cerebro, instalada en el núcleo de mis células, y esto es algo que digo ahora con orgullo, porque viene, lo juro, de un lugar bueno. Jamás consideré factible la – para mí loquísima – idea de estar con una sola persona por el resto de mi vida: eso que en Hollywood llaman “finding The One” para mí era una “suerte” que corrían otros que no sentían como yo. Cuando de niña me enamoré de – no sé – un Backstreet Boy, o algún Cebollita, mis fantasías nunca se extendían hasta el “felices para siempre”; no podía visualizar esa eternidad. Imaginaba más bien que me enamoraba – e incluso, a veces, que dejaba de estar enamorada. Al niño de la escuela que me gustaba y al chico superestrella yo decidía, en mi fantasía, dejarlos por alguien más.

Lo que yo deseaba no era un amor idílico y único, sino la experiencia vital de enamorarme. Esto por una filosofía de vida que me transmitieron desde la infancia, inherente a mi modelo de familia: mis papás, divorciados, eternamente enamorados y eternamente en conflicto, me parecían personas poderosísimas por el vínculo que lograban construir con la gente que los rodeaba. Con ojos grandes de admiración, los observé entrar en relaciones, aprender de ellas, empaparse de otros, apasionarse, salir más fuertes, y conservar a las personas que amaron – de vez en cuando incluso cruzando las fronteras del tipo de afecto que sentían . Ahora que me dejo sentirlo, entiendo lo hermoso que era verlos agenciando sus afectos, subversivos pero torpes, tan humanos y orgánicos.

El amor se siente por todo aquello que lo merece, aunque sea momentáneamente y (porque ¿cómo más se ama?) subjetivamente. Esta manera de sentir, que suena tan inspiradora cuando se lee, no es tan inocua a nivel discursivo o tan fácil de defender cuando se pone en práctica. Quizá lo más difícil ha sido aprender a ser consecuente ideológicamente, respetando y comprendiendo los afectos ajenos (o sea, los de mis parejas), y deconstruyendo mis celos para que no terminen por convertirme en eso que no quiero ser.

Tuve que empezar a considerar esta capacidad de enamorarme como una virtud, y no un defecto, y definir mi concepto de “amor” (que es una palabrilla medio prostituída). ¿Qué quiero decir cuando digo que “amo” a “todo” lo que considero que merece mi amor? Por supuesto que hay un dejo de hippysmo en la frase: es decir, en parte me refiero a que considero a bastantes de mis coterráneos dignos sujetos de mi amor. Que a través de observación empírica me he enterado de que me gusta la gente, me gusta verla, me gusta escucharla, me gusta leerla  – pero también me gusta olerla, tocarla y sentirla. Es decir, que amo con presencia.

Amigos como amantes, y viceversa

Cuando empezaba a aprender sobre el poliamor, leí en un fanzine una frase que a través de los años ha adquirido una importancia monumental, aunque no me acuerdo de su autor: Tratá a tus amigos más como tratás a tus amantes, y a tus amantes más como tratás a tus amigos”.

A menudo olvidamos que los demás vienen en esa cosa curiosa que son sus cuerpos – o sea que los demás son un conjunto acomodado de materia orgánica, que emite, emana y absorbe una serie de impulsos energéticos, que está en constante transformación química y que, gracias a que ese cuerpo también es nervio y neurona, siente y piensa. Considerando esto, cuando amamos a alguien, lo que sucede es que nuestro cuerpo ama su cuerpo, incluso si hay significativa distancia entre ellos – incluso si nunca llegan a compartir un espacio físico.

¿Si se ama con el cuerpo, está el sexo ligado irremediablemente al amor? Si por sexo nos referimos al cariño hacia el cuerpo de los otros, pues sí. Pero, si “sexo” es sinónimo de coito y a otros acercamientos manuales, orales – otras cosas que lo podrían anteceder o tener el mismo valor simbólico – entonces no necesariamente. Es muy difícil, si uno se da el chance de pensar más allá de lo establecido popularmente, definir qué es el sexo, sin caer en cuenta de la absurda y holográmica línea que lo separa de todo aquello que supuestamente noessexo. Y todavía más complicado es darse cuenta de que nuestra definición de lo que es romántico está soldada casi exclusivamente a eso que creemos pertenece al reino del sexo, es decir a lo coital – y que asumimos que lo coital y lo erótico son consecuencias naturales del otro. O sea, me refiero a, por ejemplo, un beso en la boca: esta aproximación a la anatomía erógena del otro es considerada una “erotización del cariño”, y muchas veces malinterpretada o asumida como un antecedente al coito o su equivalente. Esta posibilidad (pero cuasi-regla) de que el beso está cargado de sexo, lo convierte inmediatamente en un gesto romántico (ojo con las implicaciones éticas de asumir semejante causalidad). En cambio, leemos un beso en la mejilla como un saludo amistoso y por ende platónico: en el diccionario práctico de la vida, un beso en la mejilla es siempre cosa de amigos (pero no consideramos que este simbolismo difiere de cultura en cultura e, incluso, de individuo en individuo). Entonces, ¿qué diferencia realmente un acercamiento platónico de uno romántico? ¿La intención? ¿El impulso? ¿La sensación? ¿O es solo el acto de tener o no contacto con alguna de las establecidas “zonas erógenas” del otro? ¿Cuáles son esas zonas erógenas? La vagina, el pene, el ano… eso queda claro por el carácter coital que le asignamos al erotismo. Pero, ¿qué tal la nuca, la rodilla, el cachete?… o la mente, que es en efecto una zona mapeable del cuerpo.

Aclaremos que todo lo que digo presupone un escenario donde hay consentimiento y correspondencia inequívocos – : si el sexo y el nosexo están tan indeleblemente separados, entonces ¿por qué pensamos en términos tan absolutos cuando diferenciamos un romance de una amistad? Me refiero a que ¿no puede perfectamente una amistad ser un romance y viceversa? ¿Por qué, cuando un romance adquiere tintes de amistad, empezamos a desestimarlo y dudar del vínculo? ¿Por qué hacemos lo mismo cuando una amistad se convierte inadvertidamente en una especie de romance, que estimula zonas de la mente y el cuerpo que la “amistad” no debería? Es que: ¿por qué imaginamos la amistad como dos sujetos separados por una mesa o su equivalente, que hablan, se entienden y se quieren a distancia razonable, dispensando por completo del erotismo de sus cuerpos? ¿Cómo dispensar del cuerpo al querer, si el cuerpo es el lugar donde inevitablemente se depositan los afectos?

Esta insistencia por separar el cuerpo de todo lo que percibimos como el no-cuerpo (la mente, el alma, el espíritu), pero que pertenece invariablemente al mismo cuerpo (¿qué más somos, sino cuerpo?), resulta en ese angostísimo espacio de posibilidad para la transformación y la movilidad, donde la co-existencia de estas dos formas de amar – amistad y romance – se ve supuestamente impedida. Qué pereza, ¿no? Si pausamos para ponernos atención, nos damos cuenta que esta manera de encasillar nuestros sentires nos tiene en constante estado de alerta: siempre al borde del colapso moral… sobretodo cuando estamos en una “relación de pareja.”

La sociedad nos pide a gritos que definamos cuánto antes los términos en los que existen nuestras relaciones, pero en la práctica nunca terminamos de saber en qué espacio colocarlas. A veces, este pánico trae consecuencias que, irónicamente, van incluso en detrimento del éxito del happy-ever-after. ¿No les ha pasado que se apuran a convertir esa amistad que se romantizó en una relación de pareja que realmente no querían? ¿No se han encontrado una noche observando con ternura a un amigo haciendo algo cotidiano, y de repente friqueando horrible porque no entienden lo que acaban de sentir?

En realidad, la peor consecuencia de trazar líneas tan dogmáticas entre el romance y la amistad, es que estas fronteras impiden que los dos formatos se mezclen y compartan sus mejores virtudes (y, tal vez, resuelvan sus peores faltantes). Todo lo bonito y sano que aprendimos a reservar para el romance lo consideramos exclusivo del romance (el cuido, la ternura, la cercanía física, la atención indivisible y presencial), y así igual con la amistad (el respeto por el espacio personal, la compasión, la tolerancia, la constancia a pesar de la distancia, la lealtad, etc). Si aceptamos que nuestros afectos son móviles y versátiles, dejamos de vivir con miedo a que se transformen, y conseguimos que nuestros vínculos se vuelvan más completos y compasivos.

El cuarto propio

La liberación propia es la liberación del otro. Algo de razón hay en ese dicho de que si uno ama algo tiene que dejarlo ir (aunque no en la parte de que si vuelve “siempre fue tuyo” porque dejar ir es asumir que nadie nunca, ¡jamás!, es tuyo.) De lo que más me he sorprendido desde que retomé mi interés en el poliamor (gracias en parte a que tuve una pareja/compañía que, aunque no estaba tan convencido al respecto, entendió mi necesidad de explorar sus posibilidades), es que esta vez estoy empezando a entender sus implicaciones éticas, por el mismo amor que demostró mi pareja al no objetar a mi querer ser. Al hablar del tema, a menudo me refiero a esta etapa de mi afectividad como mi “tercera evolución”: una exploración consciente del amor y sus implicaciones, que no está directamente ligada con la frecuencia o el desenfreno con los que se practique el sexo. Más bien, viene de la idea de que la liberación sexual personal, lejos de ser esta experiencia desenfrenada, poligámica y coital que visualizaba durante mi “segunda evolución”, la he alcanzado principalmente gracias a mi habilidad para discernir qué quiero: cuándo decir que sí – y cuándo decir que no.

Después de insistir en encontrar mejores maneras de querer – que además nos desvinculen de sistemas de poder opresivos y poco reflexivos – mi pareja y yo logramos construir una confianza que se basaba en el cariño y la convicción de que deseábamos, por sobre todo, permitirle al otro encontrar su felicidad. Esto ha sido un aprendizaje que me ha pasado por el cuerpo y ha estremecido los cimientos de mi vida, porque me permitió tener vida íntima. Acá, “íntima” no tiene ningún tinte erótico per se, sino que se refiere solamente a una vida personal, un mundo interior – un cuarto propio, que es sólo mío, que existe dentro de mí y en el cuál yo agencio mis afectos como me parece más prudente. Aunque mi pareja y yo en efecto compartíamos un cuarto, sabíamos que ese “otro cuarto” que está adentro, es un espacio del otro que se nos permitía transitar, pero del que nunca seríamos parte… y estábamos satisfechos con eso. Nos sentíamos agradecidos, de hecho, cuando se nos dejaba entrar y habitarlo. Se sentía como algo bueno, algo auténtico, porque es una decisión, basada en el cariño, y no coerción u obligación. Y sabíamos, también, que por ahí transitaban otros, y que aunque lo habitaban momentáneamente, tampoco eran dueños ni inquilinos del espacio: que el único dueño de su cuarto propio, es uno mismo. Es uno el que decide quién entra y cuándo, y si quiere compartir con otros lo que sucede ahí dentro.

Esta liberación, ese dejar ir, tiene el superpoder de desenredar todos los nudos que causan los celos, convirtiéndolos en un evento… y no en un estado; comprender que los celos tienen más que ver con uno mismo, la auto-percepción, y la falsa conciencia, y menos que ver con el deseo por el otro o el afecto por el otro.

Entonces, dejar ir no tiene como fin último que la persona vuelva para que sea mía, sino, genuinamente, dejarla ser. En el mundo de los afectos móviles y que se transforman, dejar ir no es una tragedia, porque presupone que los vínculos éticos y bienintencionados sobreviven la distancia, el silencio y el tiempo… aunque cambien en su formato.

Amar a alguien – o sea, considerarlo digno de mi amor – es por fuerza quererlo libre, quererlo satisfecho, quererlo feliz… pero no necesariamente quererlo conmigo.

Encontrar a los otros

Mi ideología sobre la movilidad de los afectos se siente como un “glitch” en un sistema que parece hiper-satisfecho consigo mismo, que se vanagloria de habernos mantenido por siglos en una especie de precario “equilibrio moral” – al punto en que hemos olvidado que no es más que una regla, que como todas las reglas, fue escrita por alguien (y que tenemos que pausar para preguntarnos, sobre todo, ¿para beneficio de quién?). No me interesa demasiado – por el momento – discutir de qué forma la monogamia se ha utilizado como un dispositivo de control, explicar su vínculo con el concepto de propiedad privada y con la falsa, pero conveniente, noción de que el la pareja constituye el núcleo familiar, y es por tanto la unidad básica de supervivencia. Tal vez, de toda esta teoría, (de la que no sé suficiente como para explayarme y de la que incontables personas han escrito mejor de lo que yo sería capaz) lo que más me interesa es que la monogamia como dispositivo, en su extremo más dogmático, es inherente a las problemáticas de género que devienen en violencia, en opresión y en abusos de poder. Como mujer sexualmente diversa, me rehuso a renunciar a mis afectos y particularidades en pro de la continuación de estos dogmas que me imponen la búsqueda exhaustiva de ese idílico amor único.

Disfruto la experiencia de construir una pareja: me encantan las virtudes de esa compañía, y he aprendido a apreciarla incluso en sus etapas más avanzadas, cuando hay menos sexo, menos volatilidad, y más hábito, compañerismo, y convivencia. Pero no puedo imaginarme una vida en la que, por consecuencia de mi deseo de mantener esa compañía, no puedo volver a enamorarme de nadie y compenetrar sin culpa, sin resistencia: descubrir cómo hablan los otros y de qué, observar sus posturas, tocar sus manos, recostarme en sus regazos, oler sus nucas, y sí, inclusive besarlos o tener experiencias eróticas con ellos … ¿nunca más? ¿Para sentir eso tengo que dejar de amar a, y de compartir mi vida con, mi pareja? Estoy absolutamente convencida de que nadie está obligado (ni puede ni debe), satisfacer todas las necesidades intelectuales, emotivas, sentimentales o sexuales de ningún otro, más si pensamos en cómo van cambiando estas expectativas con el tiempo. No queda más que aceptar que esa pareja única e idílica es un mito, (o al menos una singularidad). Exigirle a alguien ese nivel de sincronización – aunque lo hagamos no por egoísmo, sino por nuestro genuino e ingenuo deseo de ser felices – es agotador y desalentador para ambas partes.

Muchas veces, un “amorío” (intelectual, emocional, sexual) puede ayudar a resolver estas tensiones, y devolver tranquilidad y estabilidad a un vínculo, porque nos permite apreciarlo otra vez por sus virtudes, y no por lo que desearíamos que fuera. Durante el amorío, el nuevo afecto que hemos sentido nos recargó las pilas, nos puso de nuevo en pie, nos estimuló y nos despertó.

Prueba de que estos impulsos por buscar lo que nos falta son compartidos por la mayoría de las personas, es que la infidelidad es una institución dentro de la monogamia.

Entonces ¿si en vez de fijarnos en hacer pareja, hacemos manada? ¿Qué pasaría si dejáramos de exigirle a nuestros romances que sean amores únicos e idílicos, y celebramos sus cuartos propios, sus vidas íntimas? ¿Y si no tuviéramos la presión de mantener estáticos nuestros vínculos, y dejáramos que estos se transformen según sea orgánico para las partes?

¿No sería entonces más factible conservar a las personas que amamos a largo plazo?
El poliamor – que no es equivalente a la poligamia, pero sí es una forma alternativa de vivir la sexualidad – es subversivo porque nos propone que, en vez de buscar a nuestra “otra mitad”, busquemos a los otros, y que cuando los encontremos, los veamos por lo que son y no por lo que podrían ser para nosotros – y esa me parece una forma más ética, horizontal y transparente de querer.


Fotografías capturadas por Pablo Murillo.

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