En esta nueva columna, Rodrigo Ruiz analiza cómo la política puede verse desde el ojo comunicativo. ¿Qué es lo que se dijo? ¿Qué fue lo que se quiso decir? En este espacio, todo lo que nos rodea tiene algo que decirnos.

Hay un dicho que dice que en la mesa no se habla de fútbol, religión o política. Esto, por lo general, pasa porque los tres cargan con un alto contenido ideológico que termina dividiendo a las personas que originalmente se reunieron para compartir. Sin embargo, aunque se les trate de igual forma en la mesa, hay uno de estos temas que no es igual a los demás.

Cuando alguien nos pregunta “¿Vos creés en Dios?” o “¿A qué equipo le vas?” y no tenemos una respuesta, lo peor que nos puede pasar es que recibamos un “enjache” o un comentario inapropiado seguido de un silencio incómodo. Hasta ahí llega. Con la política, es un poco diferente.

No tener una postura política puede volverse grave. Ya no es solo por el enjache o por el comentario inapropiado o por el silencio incómodo, sino porque queramos o no, cada 4 años nos toca tenerla. Y a pesar de que el futuro del país es el tema en cuestión, cada vez que llega la época de elecciones hay quienes simplemente deciden “hacerse los locos”.

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Hasta hace unos años yo era de esos que se hacían los locos. Mi principal razón era que por falta de conocimiento, me tacharan de ignorante o de “vende patrias”. Aun así, cuando tuve la oportunidad de votar por primera vez en las elecciones del 2010, decidí que era mi deber tomar una postura. Pero tomarla no fue nada fácil.

Me costó mucho llegar a votar sin haberme informado correctamente sobre los planes de gobierno de los candidatos o sus posturas ideológica. No sabía la diferencia entre una moción y una ley, como funcionaban los impuestos, que era una concesión y otro montón de términos que hasta la fecha todavía no me son claros.

La ignorancia terminó costándome mi libertad de escoger, pues la opinión de mis amigos, familiares y los medios se convirtió en la principal influencia para tomar mi decisión. Terminé votando por un candidato del que prácticamente no sabía nada y que me dejaría un sinsabor muy grande por los próximos 4 años.

Luego vinieron las elecciones del 2014 y aun sin una postura clara, volví a votar. Esta vez estaba mejor informado y más motivado, pero siempre con ciertas dudas. En ese entonces fue que entendí que no podía seguir viviendo con el remordimiento de conciencia de que cada 4 años tuviera que tomar una decisión sobre un tema tan importante solo porque no lo entendía en su totalidad. Así que decidí cambiar eso. Decidí que la política no iba a ser más un tema con el que me iba a sentir incómodo.

Ahora, ¿qué tiene que aportar un comunicador visual a la política? Al principio no tenía idea más allá de lo básico (logos, colores, tipografía, etc). Eventualmente terminé entendiendo que era más de lo que creía. Cuando uno entiende que los principios básicos que se utilizan para vender una gaseosa y para dar a conocer un partido son prácticamente los mismos, se abre todo un universo de posibilidades.

Dejando las ideologías de lado, una característica que ha sido determinante a lo largo de la historia en el éxito de los políticos es su capacidad de conectar con el pueblo. Mientras que una gran mayoría se refugia en la jerga y la terminología compleja, unos pocos apelan a otro tipo de comunicación. Por medio de distintos recursos, las figuras con mayor aceptación e influencia han sabido convertir conceptos abstractos en ideas claras y tangibles para el entendimiento popular.

El primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, en la Marcha del Orgullo de Vancouver en 2016. Foto de thestar.com

El primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, en la Marcha del Orgullo de Vancouver en 2016. Foto de thestar.com

Yo creo fielmente en que ese es el verdadero poder de la política. Creo que el mundo necesita más figuras que hablen un lenguaje que todos podamos entender, que podamos difundir, debatir y defender sin miedo a sentirnos juzgados por los que no piensan igual que nosotros. Por eso decidí crear esta columna a la que llamo “Del acta a la bandera”, un espacio dedicado a celebrar el impacto que tiene la comunicación en el mundo de la política.

Su nombre es la abstracción de lo que ya de por sí es en esencia la labor de un comunicador. El ‘Acta’ representa esa información cruda que a los comunicadores nos toca decodificar y convertir en un mensaje claro y la ‘Bandera’ representa el resultado de esa decodificación plasmada en el símbolo más representativo de un movimiento o causa.

Con las elecciones del 2018 están a la vuelta de la esquina, el tema es  difícil de ignorar. Sería una lástima que para los meses previos a las elecciones todavía haya gente desligada de la política solo porque crea que no tiene nada que aportar, o porque no le incumbe.

Al final, todo lo que nos rodea tiene algo que decirnos. No deberíamos de dejar de escuchar solo porque no somos expertos. Rompamos con los estigmas y seamos parte de una conversación donde todos nos sintamos parte. Es más, sino nos van a dejar hablar de política en la mesa, eso no debería de detenernos para hablarla en otro lado.

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