En busca de mí misma, descubrí un movimiento local en explosivo crecimiento.

Mis manos sudaban y mis pies no paraban de moverse mientras esperaba el momento en que dijeran mi nombre. En mi mente no dejaba de repetir “mi, mi, fa, sol, sol, fa, mi, re…”, como un intento de que el nerviosismo causado por mi primera presentación de piano no arruinara la interpretación del Himno de la Alegría. Tenía siete años y los vientos decembrinos del 2004 acompañaban mi primera presentación frente a un público.

Por cinco años más, participé en pequeños festivales navideños que realizaba mi academia, muchas veces cansada por la responsabilidad que debía adquirir (supongo que eso de asumir compromisos ha sido difícil desde el inicio).  De igual forma encontraba algo mágico en este acto de interpretar y componer, algo que me motivaba a seguir aprendiendo.

En esos años, gracias a la influencia de mis hermanos y películas como Almost Famous, Across the Universe y School of Rock,  descubrí que había todo un lado de la música que no estaba experimentando.  Este surgía de una espontaneidad donde las reglas teóricas, por más importantes que fueran, podían romperse de vez en cuando. Los sonidos del rock y del punk empezaron a acompañarme de cerca, mientras aumentaban en mí las ansias por involucrarme en estos géneros. A pesar de lo extraño que se sentía ser niña y tener estos gustos, no iba a permitir que “desencajar” opacara mis deseos por experimentarlos.

A los diez años -después de insistirle a mis papás en varias (muchas) ocasiones-, me regalaron para navidad una Palmer Stratocaster roja junto a un amplificador Line 6, que en ese momento venían a ser el regalo más cool que pude haber recibido. Esas mismas vacaciones quise formar una banda con mis amigos. Lo intenté por un par de años, pero nunca pasábamos de “ensayos” que consistían, en su 60%, de pizza y Guitar Hero 3. Las ganas siempre estuvieron ahí, pero cada vez parecía algo más utópico. Como algo que solo “los grandes” podían hacer.

Foto por Camila Naranjo

Foto por Camila Naranjo

En el 2011, la productora Destiny Recordings en conjunto con Stand Up, trajo al país al legendario Marky Ramone con su banda −en la que se encuentra el ex-vocalista de The Misfits, Michale Graves− a tocar en el Club 212. Había asistido a conciertos anteriormente, pero siempre eran de magnitudes mayores, en estadios o con artistas cuya relación con el público no era tan directa. Con trece años y de estatura pequeña, probablemente me veía ridícula de pie frente al escenario (peligrosamente cerca del epicentro del mosh), pero poco importaba. Las expectativas por ver a grandes artistas a quienes aún admiro me llenaban de emoción, sentimiento que rápidamente aumentó en el momento que Los Cuchillos, seguidos por Adaptados, salieron al escenario y el público cantaba y brincaba con una energía derrochante.

Nunca había visto algo así. Mi primer encuentro con la música nacional me llevó a descubrir, casi que por sorpresa, que lo local es una fuente de talento igual de relevante y valiosa.  Existía un espacio en el que los artistas nacionales se podían desarrollar y que había toda una escena detrás que apoyaba estos proyectos y compartía el mismo sentimiento que el resto del público.  No importaba el país o el dinero, había una unión elemental que unía a todas las personas en ese lugar, tanto detrás de los instrumentos como entre el sudor y los coros cantados en multitud: la música.

Mi colegio era pequeño, por lo que no tenía muchos amigos con quien compartir estas inquietudes musicales.  Cuando entré a la Academia Éditus con el fin de darle seguimiento a mis estudios en la guitarra eléctrica (lo que implicaba viajes de hora y media entre mi casa en San Ramón de Alajuela y Barrio Escalante),  el círculo social fue creciendo y de la misma forma empecé a enterarme de otras bandas que se encontraban formando un camino. Cuando se es menor de edad y se vive en los límites del Valle Central, asistir a los eventos donde se presentaban era un acto difícil, especialmente cuando estos tomaban lugar en bares, de noche, entre semana y en San José. Por esta razón, mi acercamiento con la música nacional se daba de forma esporádica.

En el marco del Transitarte 2012, dos chicas bajo el nombre de CoLoRnOiSe me dejaron boquiabierta cuando las escuché evocar sólidos sonidos del grunge. Percibía tanta actitud y determinación en su trabajo que no pude evitar emocionarme al darme cuenta de que también iban a estar presentes en el Festival Imperial. Junto con su presentación, llegué a conocer a Alphabetics y a 424 en vivo. Dos años más tarde, este último me iba a dar otra razón para estudiar Producción Audiovisual cuando lanzó el video Al Hueco, una explosión surrealista que acompaña sus abrasivas letras con algunas de las pinturas de René Magritte.

Foto por Camila Naranjo

Foto por Camila Naranjo

De pronto los comentarios que había escuchado desde pequeña y que veía constantemente en redes sociales, sobre cómo “nada de lo que se hace en este país tiene valor”, sonaban incongruentes y desactualizados. Me di cuenta de que al frente mío tenía un movimiento ya consolidado, lleno de iniciativas y talento en abundancia. Esto no aplicaba sólo a la música, sino a muchas de las actividades culturales que se gestaban en el país.

Tal efervescencia se vuelve evidente también para productores internacionales, festivales y revistas que ponen su ojo en las producciones locales. Casos recientes como 424 siendo el telonero en México de The Lumineers,  Monte debutando en el mismo país como invitado al Festival Nrmal, Percance colaborando con el músico argentino de la banda Los Auténticos Decadentes, Jorge Serrano; Las Robertas de gira en América y Europa, igualmente bandas como Los Waldners, Florian Droids, Overseas, Malas Palabras y muchas otras han tocado territorios que en algún momento parecieron lejanos para la música nacional.

Con la fácil difusión que permite el Internet, la creación de sonidos más profesionales y acabados, y una creciente iniciativa por parte de instituciones culturales y su mismo público, la escena finalmente experimenta los resultados de años de trabajo, proyectados en la exposición a medios reconocidos y éxitos tanto dentro como fuera del país. Se abre camino entonces para mayores movimientos culturales, además de una cantidad cada vez mayor de personas dispuestas a atribuir con su creatividad.

Dada una mayor facilidad para movilizarme en San José, los conciertos se vuelven más constantes, las bandas, se sienten más cercanas. De alguna forma, representa el descubrimiento de algo que llevaba buscando desde el momento en que tuve mi primera guitarra: espacios donde la música fuera el principal motor, y que a partir de ahí, distintos proyectos y relaciones germinaran.

Por eso, ahora, cada vez que escucho las nuevas propuestas musicales o veo bandas que además  del éxito que han logrado conseguir internacionalmente, se presentan en los bares ante el mismo público que los vio crecer y los nuevos  fans que han conquistado en el camino, recuerdo la pureza en este arte que nos une a todos y, esencialmente, que hacer cosas diferentes y de buena calidad en este pequeño territorio centroamericano no sólo es posible, sino que es una realidad que estamos viviendo intensamente.

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