La tragedia del más reciente largometraje de Makoto Shinkai, Kimi no Na wa, es que se esfuerza exitosamente por producir un estado mental muy específico, para finalmente destruirlo.

Hablemos primero de Makoto Shinkai en general y su arte emocional. Con este autor, nunca se ha tratado de tramas complejas, con demasiada información y difíciles de procesar. Tampoco son comentarios sociales (en mayor medida) o políticos. Más bien la simpleza parece ser lo que lo mueve: sus animaciones siempre van sobre una relación de dos personas y los sentimientos que entre ellos se produce. Usualmente esos sentimientos son de impotencia, de nostalgia y de lenta desesperación. En general son sentimientos de lejana cercanía.

La lejana cercanía es producto de una combinación entre recuerdo (o sueño) y presente: un constante fluir de pensamientos sobre una persona, de modo que no se puede evitar sentir cierta clase de contacto con ella, aunque sea imaginario, combinado con el también constante darse cuenta de la imposibilidad de la realización de esos recuerdos.

Schopenhauer decía que la nostalgia trata de creer que el pasado es mejor porque en los recuerdos eliminamos la parte de la voluntad (los deseos, la constante frustración ligada a la mayoría de esos deseos y las emociones producidas por ello). Nos quedamos con la mera representación, libre del dolor y estéticamente atractiva. Esa ilusión de que el pasado era mejor, termina provocando, en una vuelta irónica, que el presente se torne más insoportable.

No solo estamos en constante frustración con respecto a nuestros deseos, sino que pensamos que es posible no estarlo, y más aún, que así fue en el pasado. Los personajes de Makoto Shinkai usualmente se encuentran trabados en esa nostalgia.

Tras haber dedicado casi toda su carrera a este sentimiento en particular (como evidencian 5 centimeters per second, Garden of words e incluso su corto She and Her Cat), Shinkai se ha vuelto un maestro en reproducirlo en el espectador. Así lo hizo nuevamente con su más nueva producción Kimi no Na wa. El acto introductorio nos muestra a los protagonistas, Taki y Mitsuha, a buen paso.

Si bien la mecánica de cambio de cuerpos no es apta para la ciencia ficción (el suspension of disbelief requiere de un nivel más alto de lo usual, pero se le concede fácilmente), las consecuencias que tiene en la relación de los personajes la justifica totalmente. El cambio se produce cada día de por medio sin que puedan controlarlo, por lo que cada uno debe adaptarse a la vida personal del otro. Una vez que regresan a su propio cuerpo, comienzan a percibir los cambios que el otro ha hecho en sus vidas, y es en ese ir y venir que se van conociendo.

Obviamente, al habitar la piel del otro constantemente, terminan formando un vínculo de cercanía. Esto es, hasta que el cambio de cuerpo deja de ocurrir del todo, y se dan cuenta de que no tienen forma de comunicarse directamente entre ellos.

Cada uno intenta ir a visitar al otro (Taki vive en la ciudad, en Tokio, y Mitsuha en el campo), solo para darse cuenta de que existen en tiempos diferentes. Mitsuha vive en un pueblo que fue destruido por la caída de un meteorito hace 3 años, por lo que Taki se entera de su muerte al intentar visitarla.  Por su parte, Mitsuha se topa con un Taki de hace 3 años que no tenía la menor idea de quien era ella (aún no había experimentado los cambios de cuerpo).

Aquí es imposible no mencionar lo que para mí es el punto más alto de la película: la animación. Los fondos en general, el diseño de los personajes (simple pero efectivo) y la música, todos contribuyen para que la experiencia sea envolvente. La luz nunca es blanca y fuerte, como de verano, sino que tira más a una suavidad crepuscular que hace al ambiente similar al de un sueño.

El tema de los sueños es recurrente en la película por razones obvias. Los sueños, como los recuerdos muy viejos, se difuminan junto con la línea entre realidad e imaginación. Todo lo que ocurre, por más aleatorio que sea, nos parece natural en el momento. Los lugares que habitamos, las situaciones que vivimos y las personas que conocemos en ellos, en ocasiones se vuelven especiales, ya sea porque aparecen de forma recurrente, porque nos atraen estéticamente, o porque les amarramos ciertas emociones muy específicas que sentimos en esos sueños.

Pero la característica que lo define es el que todo ese mundo es inalcanzable en la realidad. La incompatibilidad entre realidad y sueño es lo que produce la nostalgia de conocer algo tan de cerca, pero que no se puede compartir del todo. Es una mezcla compleja de sentimientos que la película logra crear en el espectador a la mitad del segundo acto, cuando ambos descubren la imposibilidad de su encuentro.

Los mundos de los dos personajes son temporal y espacialmente incompatibles: uno es casi que un sueño del otro. Pasar de una cercanía casi absoluta a la conciencia de que más bien lo absoluto es la lejanía, da paso a un sentimiento de impotencia e incertidumbre. ¿Qué tan cierta fue la experiencia que se tuvo? ¿Qué tan reales fueron los sentimientos que se tuvieron ante esa experiencia? Al no tener algo concreto a lo qué ligar estas cuestiones, empieza a desvanecer el recuerdo, y es entonces que los personajes empiezan a olvidarse entre ellos, no sin guardar un cierto núcleo de la emoción particular sentida. Hasta aquí la película es muy acertada. Incluso lo ambiguo de las mecánicas del cambio de cuerpo, como dije antes, se justifican al comprender la posibilidad de la irrealidad de toda la experiencia.

Pero entonces comienza el tercer acto. Taki logra cambiar de cuerpo con Mitsuha una vez más y se da cuenta de que puede cambiar el destino de la ciudad que fue destruida por el meteorito. El clímax de la película consiste en Taki, en el cuerpo de Mitsuha, convenciendo a todo el pueblo de que deben evacuar. Son más o menos 30 minutos de esto. El sentimiento que teníamos, aquel de ensueño, de difuminación de la realidad, de lejanía. Todo eso de lo que hemos hablado todo este tiempo. Todo desaparece en 30 minutos de problemas que pudieron no haber estado ahí. Pero la película va más allá en términos de arruinar el ambiente: al final (spoilers de nuevo) logran salvar al pueblo y Mitsuha y Taki se reencuentran 7 u 8 años después. Se dan mutua realidad. El sueño desaparece.

Entonces solo queda preguntarse: si el fin es claramente el de producir ciertos sentimientos (como dije al inicio, la película no es ninguna clase de comentario o algo por el estilo, sino una experiencia estética y emocional), y lo logra después de 2 actos muy bien entretejidos, ¿por qué tiene que destruir lo que hizo con un clímax sin sentido y una resolución que atenta contra esos sentimientos que produjo? No es que los finales felices estén mal, pero cuando un final anula 2/3 de la película, ¿cuál es el punto?

En fin, la película permite un vistazo a un sentimiento que al menos yo considero valioso. Hubiera sido mejor que lo explorara más, pero la estética de la película por sí sola lo vale. Sigo pensando, no obstante, que Makoto Shinkai es de los mejores arquitectos de emociones que hay en la industria del anime (y de la animación en general), empezando por el hecho de que los sentimientos que nos hace experimentar son sumamente particulares y complejos, pero aún más porque lo hace sin decirnos exactamente qué es lo que quiere que sintamos.

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