Hay que celebrar cada oportunidad en la que la televisión presenta a mujeres deshechas.

Las primeras imágenes que recuerdo de la tristeza provienen de la televisión: un collage de imágenes de Thalía llorando igual en la ropa de tres personajes distintos y Marisol vendiendo flores de papel en una calle, cargando en la cara una cicatriz mal pintada como si le oprimiera las entrañas.

En ese entonces, las mujeres de mi familia también lloraban por la pobreza: por el círculo vicioso de nacer pobre, casarse con alguien pobre y tener hijos pobres. La felicidad era un sueño de telenovela: en el presente, el amor de un hombre trabajador; en el futuro, una casa fuera del barrio que, en los días de aguacero, olía literalmente a mierda.

Con todo lo que implica, a mí la televisión gringa me enseñó lo que era una mujer feliz. Me enamoré de ella porque no se veía como las mujeres de mi familia ni tampoco como las mujeres de las telenovelas.

Cuando pienso en las mujeres felices que me cautivaron me acuerdo que eran exitosas en lo que hacían y, si no no lo eran tanto, estaban conformes con sus vidas. No querían “más”, querían lo mismo que ya tenían porque era bueno.

Las brujas de Charmed: poderosas, independientes, jóvenes, delgadas y lacias (en el 2000 eran guapísimas). Las amigas de Sex and the City: bien vestidas, sofisticadas, esperando el amor solamente porque todo lo demás ya lo daban por sentado.  Con más edad, hasta se parecían a la mamá de Seventh Heaven: amorosa, sempiternamente paciente, la columna vertebral de su familia.

La felicidad se convirtió para mí en un sueño de éxito: educarse para trabajar, trabajar para obtener un buen puesto, tener un buen puesto para que los demás tengan con qué compararse. El amor como impulso indispensable para obtener todo eso; la familia —consanguínea o amistosa— como herramienta para preservarlo.

El año pasado vi a dos personajes diferentes deprimirse en series que son de comedia: a Gretchen, una relacionista pública hedonista con una relación disfuncional en You’re The Worst; y a Diane Nguyen, una escritora ambiciosa que obtiene lo que quiere y la decepciona en BoJack Horseman.

En sus respectivas historias aparecen completamente deshechas.

Gretchen pasa un episodio completo en posición horizontal, la mirada en blanco mientras su novio la increpa sobre el origen de su tristeza y cuando se da cuenta que proviene de sí misma simplemente no puede entenderlo. ¿No estaban las mujeres diseñadas para ser felices en una relación, con un trabajo y rodeada de amigos?

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¿Y quién sabe? Quizá con la actitud adecuada, esta podría ser una aventura divertida para todos. Lo único que necesito de vos es que no lo hagás una gran cosa, que aceptés cómo soy y el hecho que no podés arreglarme.

Diane se refugia entre latas de cerveza y cajas de pizza en casa del protagonista. No se cambia la bata de baño manchada con salsa de tomate o quién sabe qué cosa guácala (algo que debería ser normal, porque en las series animadas rara vez los personajes se cambian la ropa, pero en este caso es todavía más incómodo que eso). Cuando su pareja la busca entusiasmado como un cachorrito porque literalmente es un perro antropomórfico ella lo aleja: rechaza su protección porque solamente quiere autodestruirse.

Estos dos momentos no son los primeros en los que había visto a mujeres caerse al precipicio de su tristeza. No solo ser infelices, sino ser humanas.

Los que seguimos Desperate Housewives hasta que se terminó toleramos ver a Bree Van De Kamp contemplar el suicidio con un revólver y una botella de Chardonnay porque todas las condiciones la empujaron a estar sola en una habitación de hotel (a mí siempre me pareció inverosímil, pero Bree era una mujer que vivía elegantemente, aceptemos que se quería morir igual).

Marissa se quiso matar todas las veces en The O.C. Su “amor verdadero”, Ryan, la salvó en todas hasta que se murió en un accidente de tránsito mientras iba al aeropuerto para finalmente salir de la ciudad que la hizo infeliz y la corrompió (no intenten analizar esto, no se puede, es pura crueldad).

Lo satisfactorio de las pequeñas tramas de You’re The Worst y BoJack Horseman no es necesariamente ver a sus mujeres caer en una depresión.

Supera al “qué hicieron”, se trata del “cómo”. Vox lo resumía el año pasado en un artículo de Caroline Framke: “Están dejando a sus personajes femeninos deprimirse sin que eso las defina, una rareza sorprendente en televisión. La mayoría de los shows embellecen las enfermedades mentales o lo vuelven un foco principal”.

Y sí, con historias sutiles, esas rarezas dejan entrever que una mujer se puede deprimir sin que su tristeza provenga de un fracaso romántico o familiar y que, ni el amor de su pareja ni de sus amigos, son antídotos suficientes para “curarlas”.

En la tercera temporada de BoJack Horseman, Diane está recuperada pero no está curada. Su relativo éxito profesional y su cómoda vida familiar no son suficientes para realizarla, lo sabe. Después de huir de la vida por semanas, lo que viene después no necesariamente mejora: simplemente continúa.

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En el último episodio de You’re The Worst, Gretchen decide comenzar terapia. Es un pequeño compromiso para seguir adelante con lo que hay y construir sobre eso.

Últimamente, cuando pienso en la felicidad todavía pienso en las imágenes de la televisión. Recuerdo (pero parafraseadas, porque tengo mala memoria) las palabras de otra mujer “infeliz”, Amy Jellicoe de Enlightened:

Puedes intentar escapar la historia de tu vida y no puedes. Sucedió: el bebé se murió, el perro se murió, tu corazón se partió (…). Mi historia no es la que hubiera elegido pero la tomo.

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