El Festival Internacional de Cine en Costa Rica organiza un taller de crítica cinematográfica. Revista Vacío publica las reseñas producidas en durante este taller.

Cada año, cierto sector de la crítica aclama filmes a través de una lectura que se enfoca exclusivamente en el valor contextual de una obra. Es innegable que la forma de expresión y el entorno en el que son creadas  tienen cierta relación o diálogo conceptual, pero ampararse exclusivamente en esto deja fuera aquellos elementos atemporales que siempre componen la esencia de una película.

Las mejores obras son aquellas que logran trascender su contexto, pero no por ello su tesis pierde vigencia, como es el caso de “La noche de los muertos vivientes”, de George A. Romero.

Cuando el icónico director estadounidense decidió apropiar elementos del cine B de los 50 y aplicarlos a una leyenda del vudú haitiano como metáfora de los tiempos de tensión racial e incertidumbre política de los 60, básicamente creo un género por sí solo: el zombie moderno. Más allá de los filmes derivados a nivel temático, el estilo de relato  de Romero es una influencia incuestionable para todo cineasta de horror respetable que surgió posteriormente.  

De hecho, no es descabellado pensar que varios de los elementos formales y narrativos de la legendaria primera cinta de Romero son más acordes con los tiempos actuales que gran cantidad de películas de horror contemporáneas, aún al considerar el desfase temporal de casi 50 años.

Las texturas granuladas del celuloide y el alto contraste de la fotografía de Romero juegan con el claroscuro de manera expresionista, exaltando la tenebrosidad  con las sombras y caracterizando visualmente con la distinción entre tonalidades. Aunque en bandos distintos, tanto la palidez de la necrosis fantasmagórica de los zombies como los matices de la tez oscura de Ben (Duane Jones) terminan por ser rasgos de otredad, hecho que se enfatiza con el devastador final del filme.

Durante una hora y treinta minutos, las discusiones entre personajes revelan inseguridades sobre cómo accionar y las transmisiones televisivas se tornan progresivamente alarmistas, todo captado desde angulaciones claustrofóbicas y poco convencionales, que consolidan el sentir de paranoia generalizado vivido dentro del contexto. Este mismo sentimiento calza con una actualidad protagonizada por jefes de estado megalómanos con poder nuclear apocalíptico.

A diferencia de la tradición del cine de género estadounidense, tanto el que fue su antecedente como el que directamente lo inspiró, “La noche de los muertos vivientes” no prioriza la gratificación directa del espectador. Por el contrario, el filme de Romero es categórico y sumamente osado en su fatalismo.

La violencia y el despliegue de vísceras no cumplen un fin catártico, y son más bien parte de un proceso de concientización constante sobre la futilidad de la audiencia en añadir esperanza hacia los personajes. Más allá de la agilidad que pueda desarrollarse en cuanto a un sentido de supervivencia, esta se encuentra limitada ante un enemigo anónimo con el que no se puede dialogar y cuya sed de sangre es meramente impulsiva.

Aún cuando el enemigo parece estar erradicado, Romero sabe que se trata de un alivio circunstancial dentro de un horror sistemático, cuyo elemento más aterrador es su arbitrariedad. Nadie puede salir vivo, pero tampoco queda nadie a quien martirizar. La historia acaba y no hay ganadores. Se trata de una tesis esencialmente nihilista que se acopla a la perfección a tiempos regidos por la incertidumbre y el descontento.

La introducción de su iconografía marcó un antes y un después. Su improbable éxito fundó las bases para toda una forma de hacer cine y su efectividad al horrorizar sigue siendo incuestionable, pero quizás el legado más terrorífico de “La noche de los muertos vivientes” es que su oscura tesis ha trascendido el valor contextual y se ha afianzado como una constante, ya sea vista en la obra original o en aclamadas derivaciones actuales como “Get Out” (Jordan Peele, 2017).

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