Un cambio formal en la revista nos hizo pensar en  la forma como presentamos cultura, qué es y quienes deben hablar de ella.

Hace un año, tuve una reunión en el Parque Francia, ese día Ann y yo asumimos la edición de la sección de estilo de vida de Revista Vacío. Esto se tradujo a la experiencia de tener la libertad en un espacio donde exponer nuestras perspectivas de lo que se estaba construyendo alrededor nuestro.  Es lo que yo considero un primer trabajo ideal. La tomamos sin pensar dos veces y nos consumimos en la idea de acercar a las personas que junto a nosotras irían a construir la visión que queríamos plasmar. Lo mejor: lo hice junto a mi amiga.

Hoy la sección de Cultura absorbe Estilo de Vida y con ella mantendrá aquel esfuerzo por crear el retrato de quienes somos, los lugares donde interactuamos con las demás y las creaciones que salen a partir de esto. Asumo la edición de Cultura para la revista con el mismo sentimiento de lanzarse hacia un terreno vasto de oportunidades. Entre ellas, trabajar con un grupo ecléctico de escritores talentosos, llenos de perspectivas y convicciones hacia un abordaje abierto de la cultura.

El espacio representa un reto el cual tuve que reflexionar acerca de cómo estamos acercándonos hacia el tema, de qué estamos hablando y las acciones que tomamos para ser parte de las expresiones culturales. (Cerrar los ojos, sentirse segura de que la voz que tenemos es importante, saltar sin pensarlo.)

Hablar de cultura todavía resulta ser una materia abstracta. Tildamos de “culto” a aquel con un conocimiento acumulado, un bagaje y una experiencia que parece estar disociada del mundo real, muy alejada de nuestras vidas y el día a día con el que convivimos. Sólo este culto puede hablar de cultura. ¿Sólo este “culto” puede hablar de cultura?

El debate teórico de qué es la cultura y cómo la definimos ha pasado por muchos espacios de discusión. Se centra en un discurso separatista que intenta dar valor dentro del marco de la cultura a las artes clásicas, las expresiones tradicionales y las formas urbanas de expresión y cultura. Con esto se busca definir cuál cultura es buena o alta, un rango más arrogante del separatismo.

Me gustaría salir de la controversia e ir al grano. Parto desde la primicia que la cultura, como consecuencia de la sociedad estructurada en la que vivimos, es el resultado de nuestras acciones como conjunto. Esta surge en todos lados: desde los teatros y escenarios formales hasta los rincones más escondidos de nuestras zonas rurales, está en todos lados, en nosotros mismos. La cultura no traza barreras entre clases sociales.

Todos, de una forma u otra, creamos cultura en nuestro diario vivir. Es comprensible que no todas las expresiones culturales nos atraigan. Todo bien con eso. Nuestra intención es más bien fomentar las que sí, esforzarnos por verlas más a menudo. Apoyarlas y dejar a los demás hacer lo mismo con lo suyo.

En fin, la cultura terminamos siendo todos. Es el chico en la calle con un patineta, un fotógrafo, los arquitectos que dan forma a la ciudad, un baletista, un periodista, la señora que vende tarjetas prepago y son nuestros padres, nuestras abuelas. Somos todos juntos que inmersos en lo cotidiano, vamos construyendo la cultura en la que vivimos.

Entonces, ya no sería tan absurdo pensar que nosotros mismos somos los más aptos para registrar aquel conjunto de creaciones que tomamos por cultura.

Más allá de reducirnos al estudio académico de las artes, distinguimos que la cultura es un reflejo de quienes somos, registrarla entonces es rescatar nosotros mismos nuestra identidad. A esto remite el espacio que aquí un grupo diverso de voces construye, desde las expresiones más clásicas hasta las más independientes, alternativas, pequeñas o peculiares. Tenemos un gusto particular por lo peculiar. Somos los más aptos para hablar de nosotros mismos, desde nuestra experiencia y conocimiento rescatar nuestra identidad. No queremos esperar a que nos cuenten en los libros de historia, nosotros mismos somos la voz que cuenta.

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