Aunque la lucha libre es un espacio nuevo en el país, Costa Rica Westling Embassy, la liga costarricense de lucha, invitó a Blue Demon Jr. a uno de sus eventos. En su pelea estelar, el hijo de la Leyenda Azul se enfrentó a Escualo, luchador mexicano radicado en el país.

La manera más sencilla de entender la lucha libre es verla como un conjunto alambicado de neuronas. Es una suerte de organismo vivo, en donde cada una de las personas en la arena están conectadas. Esta no es una conexión física, claro. No es necesario que cada una de las neuronas esté en contacto directo con la otra. Lo que las separa es una distancia pequeña, diminuta, por la cual puede viajar un impulso eléctrico. Para que ese impulso logre viajar por suficientes neuronas, es necesario que venga de una fuente eléctrica.

Escualo tiene claro es que el ring concentra gran parte de esa energía. Pero la electricidad no emana del ring en sí. El ring es la sinécdoque, la expresión más simple y reconocible. Las cuatro esquinas por sí solas no son nada. Incluso, los luchadores hacen muy poco si se toman como elementos individuales. Es en el momento en que se encuentra Blue Demon Jr. en la esquina opuesta a Escualo que el organismo cobra vida. Y es lo que mantiene a muchas personas, la mayoría ya con tres o cuatro horas de pie, con la misma euforia que en la primera pelea.

Blue Demon Jr. era la razón por la que muchas personas estaban ahí. El hijo de una de las leyendas de la lucha libre mexicana, Blue Demon, es toda una institución en sí.  El gladiador, con más de veintisiete años de trayectoria en los cuadriláteros, ha dedicado gran parte de su vida y su carrera profesional a preservar el legado de su padre. Un legado que es visible hasta en las tiendas de souvenirs en México, donde venden las máscaras de Blue Demon al lado de las catrinas y las calacas decoradas.

Y Escualo entiende muy bien eso. Por eso, para una liga que lleva unos escasos cuatro años de existir en el país, tener a Blue Demon Jr. como luchador estelar era una oportunidad de oro para demostrar las posibilidades que ofrece la lucha libre en el país.

Es decir, Escualo quería dar una clase maestra de lucha libre.

La primera lección, a diferencia del gran despliegue de lucha aérea que caracterizó a gran parte de la noche, fue en el piso. Es por medio de las llaves de sumisión que el público puede ver más allá del espectáculo y entender la complejidad de la lucha libre. En lugar de los saltos mortales, Escualo pasa los primeros minutos de la pelea con su estómago sobre la lona. Blue Demon coloca todo su peso sobre la cadera del luchador, de manera tal que sus piernas están inmovilizadas. El enmascarado azul también se aferra a los brazos de Escualo y los jala de tal manera que su espalda comienza a formar un arco. Escualo libera un grito progresivo, que aumenta conforme se va cerrando la curva de la espalda.

La piel de Escualo comienza a plegarse en la base de la espalda. El público va sintiendo su dolor con cada nuevo pliego que se forma, pero al mismo tiempo es incapaz de sentir un asomo de compasión. Todo lo contrario. Los gritos de “¡mátelo!” y “¡maricón” se hacen más frecuentes pero no por ellos más cómodos.

El punto de esa llave, o de cualquier llave, es ese: inmovilizar al adversario y mantenerlo lejos de las cuerdas – hasta lograr la sumisión. Si la persona no logra escaparse con facilidad, siempre puede contrarrestar esa llave con otra. Escualo nunca busca las cuerdas porque su primera opción es revertir la movida de su contrincante. Lo único que necesita es buscar un pie mal colocado o una rodilla débil para invertir los roles. Y lo logra. Su espalda, antes arqueada, ahora está encorvada. Ahora es Blue Demon Jr. quien está sobre la lona. La pugna constante por quién está realizando la llave es lo que tiene al público al filo. La mayoría no habla – se escucha ocasionalmente “¡Mátelo”, pero estos gritos no resuenan en ningún lado.

Podrían haber continuado. Pero ambos saben que el público, ese público en particular, responde al unísono al espectáculo. Es lo que los mueve. Blue Demon pone sus pies sobre la lona, todavía intentando mantenerse de pie luego de tanto tiempo entre llaves. Escualo, quien logró incorporarse antes, lo agarra del brazo derecho y lo intenta lanzar contra las cuerdas.

Aquí, la segunda lección de la clase maestra.

La lucha libre es, en el fondo, un ejercicio en coreografía. Es imposible asumir que cada uno de los movimientos están ensayados de antemano. Cada uno de los luchadores habla en un código similar y sus cuerpos entienden cada uno de los movimientos que se realizan. Porque si se tratase únicamente de causar daño, muchas de las peleas no tardarían más de cinco minutos. Pero aquí ocurre algo distinto. Aquí sus cuerpos cuentan una historia.

Blue Demon Jr. detiene en seco el intento de Escualo. En su lugar, le da un palmarazo directo a su pecho. El golpe resuena en toda la arena y, con él, un gemido del público. Escualo responde con un palmarazo de igual fuerza mientras lo veía fijamente a través de su máscara.

–  ¡Pelea como hombre!, le grita Escualo.

El público responde eufórico ante la provocación y comienza a animar a Escualo.  Uno de los que más gritaba en el público era un niño con máscara azul. Era una versión miniatura de Blue Demon Jr. – camisa de botones blanca con las mangas arrolladas, un chaleco gris con rayas blancas y un pantalón negro. Quien parecía ser su madre lo llevaba alzado en brazos, y lo mantuvo ahí durante casi toda la lucha.

–  ¡Mátelo, Blue Demon! ¡No se deje!, gritaba el niño.

Blue Demon Jr. lo lanza contra las cuerdas y utiliza su impulso para golpearlo con aún más fuerza. Esta vez, recibe un codazo en la cara. Escualo cae la piso, retorciéndose, y lentamente se va rodando fuera del ring. Ya fuera, se acerca al público y los comienza a ver a las personas a su alrededor, una por una.

–  ¿Quieren silla?

El público está en éxtasis.

Blue Demon, quien no quiere que la silla llegue a ring, lo sigue alrededor del cuadrilátero le propicia una lluvia de golpes. Escualo, debilitado, pero todavía con la silla en la mano, insiste en entrar para continuar. El luchador entra y la silla con él.

El espectáculo existe porque es una mezcla homogénea entre ficción y realidad. En esta última lección, la silla es real y la intención de golpear es real – pero el golpe no lo es. La piel sí entra en contacto con el metal; reacciona y se asusta. La audiencia puede ver cómo, segundos antes del contacto, el luchador logra colocar sus manos sobre el asiento de la silla. Que no haya un golpe real no significa que el cuerpo, de alguna manera, lo resienta.  Y ahí está el verdadero encanto de la lucha: hay un poco de realidad debajo de la máscara.

Escualo logra conectar la silla a Blue Demon Jr., pero esta es la última gran movida que logra el luchador del leotardo dorado. La leyenda mexicana, por su parte, comienza una seguidilla de golpes y saltos suicidas que terminan por debilitar a Escualo. Su cuerpo ya rendido no le da otra opción que sucumbir ante el conteo de tres. Con la sonido final de la campana, las luces se encienden y el público encuentra a Ecualo de pie, con micrófono en mano, listo para agradecer a Blue Demon Jr. y a la audiencia.

Una vez que las luces iluminan todo el lugar, el público recuerda que sus gargantas, manos y pies pertenecen a ellos mismos. Son individuos, al fin y al cabo. El organismo se va difuminando rápidamente y de este solo quedan sus partes. Los luchadores se van al camerino a quitarse sus máscaras y a esperar al lunes para regresar a sus respectivos trabajos. El cuadrilátero, que todavía está en el centro del recinto, vuelve a ser el cascarón de algo que tuvo vida.

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