Saborear la comida es una forma de disfrutar más lo que consumimos, a la vez que nos ayuda a alimentarnos más saludablemente.

A eso de las ocho pasadas, después de semanas de preparación y días de trabajo en la cocina para la presentación privada de mi nuevo negocio de pastelería, Pastel, después de haberle servido un trozo de cada postre a todos los invitados, después de finalmente sentarme y tomar café, tener conversaciones animadas y emocionantes con muchos de los amigos y conocidos que llegaron, después de limpiar y ordenar, hablaba sentada en el desayunador de mármol de la ridículamente hermosa casa de Eric junto a los cuatro gatos que quedábamos (dos de los cuales viven ahí), sobre el origen y la meta de la marca.

Foto de Pablo Murillo

Foto de Pablo Murillo

Eric se sentía muy mal desde el día anterior, cuando alguien le había ofrecido pizza de PriceSmart y (aún no sabemos si el hecho de saber que venía de PriceSmart funcionó de placebo negativo o si efectivamente había algo en la pizza) le había caído mal y lo había dejado con un dolor de cabeza insoportable acompañado de otros achaques, que hasta el momento no lo habían abandonado. Nos contaba que en un momento se había sentido tan mal que pensó que se iba a morir. Las pastillas no le hicieron nada.

Comentábamos la afición de la gente por la sal, por el azúcar, y por las cosas que en realidad no saben a nada más que a condimentos que lo que hacen en realidad es tapar la ausencia de sabor de los ingredientes de mala calidad.

Pensé en la mayoría de las grandes compañías, que cuando regalan pizza para las reuniones o fiestas corporativas, acuden casi sistemáticamente a PriceSmart. Estoy segura de que la mayoría ha visto o probado esa pizza. Los slices constituyen una pizza en sí mismos de lo gargantuescos que son. La masa, gorda, grasosa y chiclosa. Los ingredientes, saturadísimos en todo menos en nutrientes. Mejor dicho: la gringopizza por excelencia.

Y bueno, ¡a mucha gente le gusta eso! No tiene por qué ser algo inherentemente malo. Yo sencillamente decido llamarla Nopizza. En mi vocabulario gastronómico, eso no es lo que cabe dentro de la categoría de “pizza”, pero si uno la considera como algo completamente distinto, es totalmente comestible. Purismos aparte.

Comida-01

Pero admito que no es mi alimento preferido. Trabajando en Amazon me sorprendía ver cómo la gente se la comía no sólo con ganas, ¡sino con emoción! Dos slices, ¡tres si sobraron! Yo con uno sentía que alguien me había clavado una piedra en la boca del estomago. Las veces que me comí dos fue por gula y por inercia. Admito que no soy la mejor manejando mis emociones entre cuatro paredes de cemento y luces fluorescentes. El gris me pone cortavenas.

Lo mismo con los dulces. En las oficinas, call centers y otros ambientes de trabajo monótonos y -digámoslo- poco interesantes, el incentivo para mantener a los empleados productivos y relativamente motivados -algo más inmediato y efectivo que el salario- suele ser azúcar. Pero es que no es sólo azucar. Son inyecciones intravenosas de azúcar.

Si alguien ha probado un cupcake de Price Smart sabe de lo que estoy hablando. Que alguien me diga a qué sabe eso. Los pongo a la prueba: ¿a qué? Yo les puedo contestar: a nada. Sabe a azúcar. Sólo que el azúcar no es un sabor. Dulce es un gusto (son cinco: ácido, amargo, salado, dulce y umami). Un sabor es fresa, chocolate, banano, pera, etc…

Entonces, de nuevo, pregunto: ¿a qué saben los cupcakes de PriceSmart? ¿a qué sabía esa pizza que tiene a Eric con malestar desde hace días?

No saben a nada. Bombardean a nuestras papilas gustativas con estímulos vacíos, porque lo que hacen, con el azucar y la sal, es mandarle señales a nuestro cerebro diciéndole que estamos recibiendo placer, que por favor siga comiéndo, y al mismo tiempo estamos matando -o al menos durmiendo, porque se puede resucitar- la capacidad de nuestras papilas de reconocer y apreciar sabores sutiles.

Comida-02

Esto resulta en alimentación mala y excesiva, lo cual causa adicción a estos estímulos vacíos.  Sus eventuales consecuencias son, por supuesto, obesidad, enfermedades cardiovasculares, diabetes, entre otras. Es un círculo vicioso, porque entonces si intentamos comer mejor (y aclaro que “mejor” no tiene por qué significar ensalada todos los días), nuestras papilas gustativas, las jueces de todo lo que entra en nuestro tracto digestivo, no van a estar satisfechas con lo que consumimos porque nada les va a saber a nada.

Que quede claro que yo no he hecho dieta ni una vez en mi vida. Eso no es de lo que quiero hablar. Opino que si tuvieramos una buena educación alimentaria y nos enseñaran a comer saludable y conscientemente desde pequeñ@s, no haría falta hacer dietas (excluyendo casos particulares de enfermedades congénitas, alergias y otras situaciones especificas, por supuesto). Sabríamos exactamente qué necesitamos con escuchar a nuestro cuerpo. Tengo hambre: como. Estoy llena: paro.

Comentando la idea de aprender a comer con menos sal y con menos azúcar (dos ejercicios que no siempre apliqué, y que me han abierto la puerta a una infinidad de sabores y han ampliado mi paladar a niveles que no imaginaba) alguien mencionó el trend del Mindful Eating, es decir, literalmente, “comer con plena mente”. ¿Comer plenamente? Se trata de comer con el único enfoque de observar, olfatear, saborear y disfrutar la comida. No se vale hacer nada más.

Se ha comprobado que comer con consciencia mejora la digestión y disminuye el consumo, puesto que al escuchar la respuesta del propio cuerpo a lo que se ingiere, es más fácil notar el punto en el que estamos llenos, y realmente ya no queremos seguir.


Comer pollo frito frente a la tele es la mejor forma de comer más de la cuenta. Nuestro enfoque no está en la comida.  La sal y otras especias que están bombardeando a la lengua y al cerebro con estímulos placenteros y adictivos, nos mantienen llevando la mano del plato a la boca, sin pensar si realmente necesitamos seguir comiendo.

Lo mismo pasa con el azúcar. Yo ciertamente no planeo satanizar al azúcar, porque, primero, soy pastelera y segundo, no podria vivir sin él. Creo sencillamente que, de verdad, todo debe hacerse con medida. Si tenemos una lengua, y si sobre esa lengua tenemos pequeños botoncitos que sirven de sensores y nos avisan qué sabe bien, qué está en buen estado y qué no, deberíamos usarlos apropiadamente.

Tenemos un cuerpo, y no sólo merecemos chinearlo y darle placer. También merece ser cuidado y escuchado.

Por eso, decía la otra noche mientras hablábamos de esto en la cocina vacia de Eric, me interesa tanto usar especias fuera de lo común en la pastelería. Porque prenden un bombillo en la cabeza de la gente, y centran la atención en los ingredientes, en los sabores. Ponen a la gente a preguntarse “¿qué tiene esto? ¿a qué me sabe?”.

Noté, también, que incluyendo sabores inesperados, puedo bajarle al nivel de azúcar, y puesto que me propongo escoger cada ingrediente con el mayor cuidado, todo sabe más y mejor. Los sabores resaltan, la gente sigue feliz, y hay menos necesidad de atracarse. Mi visión y mi meta es que a través de esta atención a los ingredientes, la gente tome conciencia y aprenda a comer plenamente.

Share This: