Para la música popular costarricense, el fin del mundo llegó hace años.

Con un par de birras adentro, F. y yo seguimos hablando de los tiempos modernos. Eventualmente llegamos al tema de Uber, del “gig-economy” (economía del gig en español), la precarización laboral masiva, y la eventual necesidad de un salario universal.

– Cuando mis amigos profesionales que no son músicos me hablan de la precarización, yo me cago de risa. A nosotros en la industria musical nos llegó hace muchos años esa vara. – dice F., sonriente. – Les digo que si quieren ver el futuro de la economía, que vean cómo vivimos los músicos desde comienzos de los 2000.

F. es músico profesional desde hace 20 años. Ha tocado a estadio lleno. Ha agotado -en muchísimas ocasiones- entradas al Melico Salazar en un instante. Ha visto su cara en MTV. Conoció a las disqueras internacionales cuando aún importaban y podían cambiarle la vida a la gente. Es un mae brillante y generoso, que llegó a la cima de su profesión segundos antes de que la industria entera colapsara. A pesar de eso, no pierde ni un segundo en nostalgias ni se lame las heridas, sólo ve hacia el frente y hace planes.

Si bien su actitud y aplomo es digna de destacar, no es la única persona que está enfrentando un ambiente hostil para desarrollar su música. Con una infraestructura social y económica deficiente, una ausencia notable de inversionistas, la carencia de un circuito nacional de escenarios para presentar las obras, con todas las disqueras históricas absorbidas por transnacionales, con un Ministerio de Cultura obsesionado con comportarse como si fuera el COMEX, con los establecimientos sintiendo un regresivo impuesto a la actividad musical, la música popular costarricense sale adelante gracias a la voluntad imbatible de sus artistas.

No hablemos de la música académica ni de la folclórica, que de alguna forma están cubiertas gracias a años de gestión institucional y validación social, aunque igual pasen terribles carencias. Hablemos de la música popular. Al menos que toqués música bailable y baladas matadoras, lo más probable es que -fuera de festivales- tus conciertos nunca lleguen a más de cien personas. Así de sencillo.

No importa cuánto trabajo le metás, cuánto sacrifiqués, cuánto invirtás en producción o publicidad, hay techos muy claros que imposibilitan el desarrollo de tu talento y el que ganés experiencia sobre un escenario. Hay productoras locales con cierto peso, pero esencialmente replican la experiencia de las limitaciones a una escala más dramática. Fuera de SINART y la UCR, los espacios de difusión son mínimos. Al menos que tu mamá vea Canal 15, nunca te va a ver por tele.

Fotografía por Héctor Gómez

¿Cómo llegamos a esto? Durante décadas existieron disqueras regionales que alimentaron a las radios locales, y que incluso se arriesgaron a exportar a sus artistas a otras regiones del continente. Habían programas semanales de variedades que ponían a la música popular local en la televisión. Las radios locales comerciales hacían un esfuerzo para promocionar a la música local sin pedir nada a cambio, regalando sesiones de grabación y espacios de promoción. Poco a poco, el modelo económico ha ido desapareciendo cualquier proyecto musical que no pertenezca a una de las cuatro disqueras transnacionales, y estas transnacionales absorbieron cualquier contraparte regional que tuviese un catálogo valioso.

Las televisoras nacionales han ido desapareciendo ante la voracidad de conglomerados extranjeros, y su contenido se ha recargado sobre enlatados y productos audiovisuales de bajo costo. Las radios han recortado su personal a los elementos más básicos y muchas se han vuelto dependientes del payola. Como dice el Tigre George: ”se llama capitalismo, pa”.

Más allá del abrumador problema de distribución y difusión, hay uno más inmediato y urgente: la ausencia de escenarios. Solamente en la GAM hay mucho más de 300 proyectos musicales de música original que pertenecen al género de rock y sus derivados (como punk, metal, alternativo, progresivo, etc), pero probablemente se pueden contar con los dedos los espacios apropiados que existen para presentarse. Fuera de la GAM, los problemas se disparan. Es casi absurdo pensar que esto sería un problema, pero acá estamos: la gente con guitarra al hombro no tiene espacios dignos donde sentarse a ser escuchada, donde probar su material, donde mejorar su oficio.

Fotografía por Héctor Gómez

Lo único peor que esto sería tener un gobierno totalitarista que prohibiera la música popular. Estamos claramente luchando contra corriente, y contra la inercia cultural de un país que ni siquiera tiene una ley que proteja sus productos culturales ante el bombardeo de productos culturales globales. Una historia de burro amarrado contra tigre suelto.

Costa Rica produce una gran cantidad de música. Tiene espacios académicos, tanto públicos como privados, para aprender, para desarrollar el talento y convertirlo en pericia y virtuosismo. Tiene tecnología de punta y técnicos calificados. Tiene instituciones formales diseñadas para apoyar la composición y la ejecución de músical nacional. Lo que no tiene son iniciativas para crear audiencia, o la preservación de espacios validantes de la cultura local. Hay un desierto donde debería existir la socialización de nuestras propias historias contadas por nuestra propia gente. Nunca nos quedamos mudos, pero en algún momento se nos dejó de educar para escucharnos a nosotros mismos.

F. está teniendo un buen año, gracias a su experiencia, ética intachable y clarísimo talento. Ha tocado en Semana B, en el FIA y en Transitarte, que son las vitrinas más codiciadas de la música alternativa, y sus últimos dos discos están nominados a los Premios ACAM. Está en la cima de su industria, una excepción por encima de miles que no lo lograron. Aún así, sigue dando clases y produciendo discos de otras bandas para salir adelante, y jamás podría dejar de hacer esas cosas, que por lo menos se asocian al quehacer musical y no tuvo que ser además médico, ingeniero o vendedor en una tienda. No hay quejas: así es como se ve un músico exitoso en Costa Rica… pero hijueputa sal, no debería ser tan difícil

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