¿Cuánta atención le damos a nuestros sentidos? En particular, ¿cuánta atención le dedicamos al momento de alimentarnos? Tal vez un pequeño cambio pueda tener grandes consecuencias.

Consumimos imágenes de comida. Coleccionamos recetas que no probamos. Le tomamos fotos al plato en el restaurante, pero cuando nos lo comemos no lo estamos saboreando, estamos editando la foto en Instagram.

Con la productividad y el afán por hacer siempre más, el tiempo libre, de ocio y de pequeños placeres se ha reducido, hasta en muchos casos desaparecer. ¿Quién se toma verdaderamente el tiempo de desayunar en casa, con calma, con gusto? ¿Cuánta gente se compra algo a la carrera y se sienta a desayunar frente a la compu en el trabajo? ¿Cuántos nos saltamos el almuerzo porque “estamos muy ocupados” y nos comemos cualquier cosa sin siquiera masticar?

¿Cuánto tiempo le dedicamos a la comida en un dia? Yo, unas tres horas. Pero comer es mi vida. Diría que el promedio de la gente le dedica entre unos 45 minutos y una hora. Una de veinticuatro. ¿No suena desbalanceado? Para una actividad que literalmente constituye quienes somos físicamente, nuestra salud, nuestra energía…. Es realmente escaso.

Hace poco estuve en la casa de mi familia en Italia durante un mes. La casa queda en un pueblo en la montaña, y no hay mucho que hacer, más que caminar por el centro de ida y vuelta (toma 20 minutos máximo), pasear en el bosque o leer. No hay tele y no hay internet. Llevé mi compu y no la abrí ni una sola vez. La verdad tampoco me hizo falta.

Durante un mes entero mis días giraron alrededor de la hora de la comida. Mi papá es un cocinero muy creativo, y si en la refri sólo hubiera una lata de atún, fresas y alcaparras, lograría inventarse algo, y encima quedaría rico.

Comí muchos quesos, mucha charcutería, mucho pan, mucha pasta, mucho risotto (mejor dicho: ¡muchos carbohidratos!), helado, nutella, postres, y cantidades copiosas de vino todos los días… En pocas palabras, comí mucho más y mucho menos “balanceado” que en mi vida cotidiana aquí en Costa Rica. No hice ejercicio, entonces pensé que cuando volviera iba haber engordado mínimo un par de kilos. ¿Saben qué? Adelgacé.

Cuando me pesé no me lo creía, pero confirmé con otra balanza y ambas marcaban un kilo menos. ¿Adelgacé? ¡¿Con todo lo que comí?! Después de mucha reflexión, llegué a una conclusión. Aparte de comer sin limitaciones, lo único que hice diferente fue esto: tres veces al día, religiosamente, nos sentábamos a comer.

Sólo hacíamos eso. Comíamos. No había teles, celulares ni compus distrayéndonos de nuestro plato, y toda la comida era hecha en casa, con ingredientes reales, simples. Pero más que nada creo que lo que hizo la diferencia fue la atención a la comida. Me explico.

Parece inconcebible, pero el simple hecho de prestarle atención a lo que comemos no sólo en cuanto a preocuparse por los ingredientes, sino en el sentido más literal, de disfrutar el plato que tenemos al frente con todos los sentidos puede alterar desde nuestros hábitos alimenticios y hasta nuestro metabolismo.

Ahora que estoy de vuelta, retomé mi dieta cotidiana (baja en carnes, con consumo limitado de azúcares simples, relativamente pocos lácteos, muchas verduras, legumbres y fruta), pero perdí un hábito con el que he luchado por años: comer por ansiedad.

De repente y sin intentarlo, el simple acto de notar lo que como mientras lo como me liberó de algo que he tratado de eliminar de mi vida por mucho tiempo. Me pregunto cuánta gente podría mejorar su salud e incluso bajar de peso sin hacer ninguna dieta prohibitiva con sólo dedicar más atención al momento de la comida. Comer debería siempre ser un placer.

Mi consejo es el siguiente… Cada vez que puedan, no tiene que ser todos los días, pero tan a menudo como les sea posible, al momento de comer, hagan esto:

  1. Siéntense.
  2. Apaguen el celular, silencienlo, guardenlo, o estén preparadxs para no contestar si empieza a sonar.
  3. Aléjense de cualquier otro dispositivo electrónico (tablets, compus, teles, etc.)
  4. Observen la comida antes de probarla: ¿de qué color es? ¿qué textura tiene? ¿se ve apetitosa?
  5. Huelanla.
  6. Pruebenla, y mastiquen sin prisa. Noten los sabores. ¿Es salada, dulce, amarga? ¿Qué sensación me da en la boca? ¿Qué textura tiene? Si no saben exactamente qué ingredientes lleva, intenten adivinarlo. Pregúntense qué es lo que están saboreando. Permítanse ser curiosxs.
  7. Dejen de comer apenas la comida deje de saber igual de rica, cuando no sientan el mismo placer que en los primeros bocados. Si están comiendo por inercia, significa que ya no tienen hambre. Estamos tan entrenadxs a comernos todo lo que hay en el plato que olvidamos qué se siente estar sencillamente satisfechxs. Esta es una buena forma de recuperar ese conocimiento del propio cuerpo. Él sabe cuándo parar, sólo tenemos que quitarnos los tapones de los oídos y lo vamos a escuchar.
  8. Noten cómo se sienten después de comer. No lo juzguen, nada más observen, y tomen nota.

Repitan esto tan a menudo como puedan, y van a ver un cambio enorme en su consciencia alimenticia, en sus antojos, en su dieta. Va a ser un cambio orgánico, no una imposición violenta.

No comerse toda la comida en el plato no siempre es desperdicio. Con el tiempo vamos aprendiendo cuánto es lo que realmente necesita nuestro cuerpo y comenzamos a servirnos porciones más pequeñas, exactamente lo que sabemos que vamos a comer. En un restaurante, lamentablemente, no podemos medir la cantidad de comida que nos sirven, pero como dijo un día mi amiga Aby, hablando de este tema: “Mi cuerpo no es un basurero.” Me parece una de las afirmaciones más sabias, inteligentes y concisas que he escuchado respecto a la alimentación. No sólo porque obviamente no deberíamos alimentarnos con basura, sino porque, justamente, si ya estoy llena y sobra comida, ¿por qué debería tragarmela como si mi cuerpo fuera un contenedor de desechos? Sí, hay niños muriendo de hambre en África -si somos francxs también a la vuelta de la esquina-, pero el hecho de comerme algo que ya no necesito no los está alimentando. En el contexto doméstico, hay miles de formas de reutilizar sobras y comida semi-añeja. Eso de “¡cómase todo!” es para los niños que no se quieren comer sus verduras.

No estoy recetando que coman más vegetales, que le bajen al azúcar o dejen la fritanga. Obviamente todas esas cosas son saludables. Pero ustedes ya lo saben. Ya saben que no “deberían” comer tanto azúcar, ya saben que no “deberían” comer tanto pollo frito, ya saben que los vegetales son más saludables que las donas. Saber algo no es suficiente para interiorizarlo. Es difícil no comerse esa dona, ese Big Mac, esa pizza grasosa del tamaño de una rueda de camión. El concepto de que algo es nocivo para mi organismo es demasiado intangible para tener un peso real en mi dilema alimenticio. Por eso ponerle atención a mis sentidos mientras como es la mejor forma de saber algo: no con la cabeza, con todo el cuerpo.

Coman normalmente, coman lo que sientan que quieren comer, pero sigan los 8 pasos que mencioné, y les prometo que su relación con la comida va a cambiar radicalmente. Naturalmente, con el tiempo, su cuerpo les va a pedir lo que realmente necesita. Él sabe.

La práctica comentada anteriormente tiene un nombre: se llama mindful eating. No hace falta tener mucha plata ni todo el tiempo del mundo para ejercerla. Sólo hace falta voluntad, atención y consciencia.

Si les interesa leer más sobre el tema, aquí hay algunos enlaces interesantes (lamentablemente algunos están en inglés):

http://mindful-eating.es/

http://www.nytimes.com/2012/02/08/dining/mindful-eating-as-food-for-thought.html?_r=0

http://globaleuropeans.com/foodandthought/?p=215


Ilustraciones por Pablo Murillo

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