Las voces del pueblo venezolano se silencian entre los gritos de quienes tienen el poder y quienes lo quieren recuperar a cualquier costo.

Un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción; la ambición, la intriga, abusan de la credulidad y de la de hombres ajenos (sic) de todo conocimiento político, económico o civil; adoptan como realidades las que son puras ilusiones; toman la licencia por la libertad, la traición por el patriotismo, la venganza por la justicia.

Simón Bolívar, Congreso de Angostura, 1819

 

Desde el inicio de la última ola de protestas en Venezuela, se registran en el país al menos 55 personas fallecidas, más de mil lesionadas y más de 2.674 personas imputadas por diferentes delitos. Estos son datos presentados por la Fiscalía General de la República Bolivariana de Venezuela. Sobre al menos estos números, hay certeza. El cómo se llegó a esta situación es una historia que puede variar drásticamente según a quién se le pregunte.

Hablar de Venezuela es rápidamente aceptar que dos relatos completamente opuestos y contradictorios pueden coexistir de alguna forma. Según con quién se converse, estamos ante la explosión de la peor crisis de derechos humanos contemporánea en nuestro continente a manos de un régimen totalitarista, o estamos presenciando la etapa más cruda de una guerra mediática e intento de golpe de Estado por parte de intereses económicos extranjeros en contra de un gobierno democráticamente electo.

Fotografías por Leonardo Álvarez

Quizás el primer requisito para abordar esta situación es aceptar que no podemos comprenderla enteramente porque no la estamos viviendo. Y que es obligatorio analizar críticamente la construcción de los relatos mediáticos a los que tenemos acceso para explicar lo que pasa en Venezuela. “El sesgo es inevitable”, explica Mariateresa Garrido, abogada venezolana que cursa su doctorado en la Universidad para la Paz, en su sede en Costa Rica. “La completa polarización de la sociedad se refleja en los incompatibles discursos que dominan la discusión pública a lo interno y afuera del país.

Uno de estos discursos parte de una visión clara de cómo debe ser el latinoamericano perfecto: un empresario competitivo, encantador y abierto a la modernidad occidental, servil a las reglas y regulaciones del mundo globalizado y que se siente parte de una élite regional alineada con la hegemonía globalizante de los tratados de libre comercio. Es claro que Venezuela desvió lejos de este ideal desde la primera elección de Hugo Chávez en 1998.  Para quienes siguen esta línea, la explosión actual no es sino la crisis inevitable de cualquier intento de renegar del sistema económico imperante del que, queramos o  no, aún dependemos en el sur global.

Esta narrativa donde socialismo es malo, Chávez y Maduro son tiranos y Venezuela es el ejemplo de lo que nos puede pasar si nos equivocamos votando a la izquierda ignora el masivo apoyo popular con el que ha contado el proceso bolivariano, al menos hasta las últimas elecciones parlamentarias en las que el oficialismo perdió por completo el control de la Asamblea Nacional.

Fotografías por Leonardo Álvarez

El relato no pone atención a la reducción en la desigualdad y la pobreza durante la V República, al aumento en la cobertura de educación pública y en acceso a vivienda digna alcanzados como parte de este proceso. Es más, nos exige cerrar los ojos a que, aunque la popularidad de Nicolás Maduro pueda seguir cayendo, los ideales sobre los que se construyó este proceso tienen fuertes raíces en el pueblo venezolano.

La otra narrativa está construida sobre un el centenario deseo de ser libres de las imposiciones extranjeras. Anclado en el sueño libertador de Simón Bolívar, este relato rechaza la injerencia extranjera en la política latinoamericana. También busca derribar los estereotipos con los que somos representados en las culturas de los países que aún nos dominan económicamente.

Este noble ideal, sin embargo, se debilita cuando la lógica de la propaganda le gana a la lógica de democratizar y diversificar las voces. Procesos sociales como el argentino, el uruguayo y el ecuatoriano tuvieron éxito en crear marcos normativos para asegurar que el debate público tuviera voces de los sectores estatal, comercial y comunitario. El venezolano incrementó el brazo del Estado en el control de medios, monopolizó la importación y distribución de papel periódico y dejó el manejo de las frecuencias radioeléctricas al arbitrio de la Comisión Nacional de Telecomunicaciones (CONATEL), cuya dirección es nombrada por decreto presidencial.

Los grupos que llegaron al poder montados en el ideal de la autonomía de la Patria Grande permitieron que este se deformara hasta llegar a la triste caricatura que es la presidencia de Nicolás Maduro. Lo hicieron al rehusarse a permitir un debate crítico sobre el rumbo del país. El gobierno venezolano ha desplegado todos sus esfuerzos para intentar aplacar cualquier discurso que cuestione sus prácticas y políticas.

Fotografías por Leonardo Álvarez

Organismos internacionales han registrado agresiones y amenazas a periodistas por parte de miembros de las fuerzas del Estado y declaraciones de autoridades que estigmatizan periodistas cuya línea editorial no coincide con el interés gubernamental.  También se han manifestado respecto al uso del derecho penal para sancionar críticas a autoridades estatales, a las restricciones en el acceso a papel periódico a rotativos considerados opositores y la no renovación de frecuencias radioeléctricas a televisoras y radioemisoras opositoras.  Todas estas son flagrantes violaciones al derecho a la libre expresión que han sido normalizadas durante los últimos años en nombre de la defensa de la revolución.

Esta absoluta intolerancia ante cualquier discurso que no sea incondicional al actuar de las autoridades del Estado provoca un silenciamiento en la población. El pueblo venezolano, incapaz de construir su propia narrativa, se ve obligado a elegir entre el discurso oficial cada vez más homogéneo en la tele y en la radio, y el discurso de quienes, impulsados por la hegemonía de la narrativa cadenas de medios internacionales, han tomado por asalto la vocería de la oposición al Gobierno.  

El verdadero interés de este segundo grupo en la democracia, la defensa y el respeto de los derechos humanos queda en entredicho al analizar los aliados que han sumado a su causa por la “liberación de Venezuela.”

Trump no es indiferente. “Dile a Venezuela que no está sola y que estoy con el pueblo”, me dijo. Lilian Tintori tras su visita a la Casa Blanca. Tintori es líder de oposición venezolana y esposa de Leopoldo López, líder de oposición condenado a 13 años de cárcel por delitos de incendio, daños, instigación pública y asociación para delinquir.

No es entonces difícil comprender cómo este silencio impuesto termina por explotar en forma de grito y de protesta social. Y el Gobierno venezolano, lejos de reconocer las válidas exigencias de un pueblo silenciado, elige concentrarse en los episodios violentos de las manifestaciones para justificar así su violenta represión de las mismas en nombre de la “seguridad y el orden público”. El resultado es un ciclo de agresión que parece no dejar de agravarse y tampoco tener un final a la vista.

La polarización y el conflicto que vive Venezuela no tienen una salida fácil. Sería imprudente pretender que desde afuera, sin poder sentir lo que viven las personas en Venezuela y sin poder escuchar sus voces, ahogadas entre dos gritos hegemónicos, podamos ofrecer una solución. Pero sí que podemos dejar de reproducir ciegamente relatos que no son del pueblo venezolano sino de dos grupos de poder en conflicto por el control de los espacios formales de poder de ese país y los recursos a los que ellos dan acceso.


Fotografías por Leonardo Álvarez

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