Este domingo 1° de julio se realizará una vez más la “Marcha” de la Diversidad en San José. Es cierto que para mucha gente es significativo poder disfrutar de forma segura ese día, junto a las personas que quieren, poder ser quienes son en la calle, sin miedo, por un día. Tomar las calles de Chepe en toda nuestra amplia diversidad, con todos nuestros afectos, es un acto poderosísimo en sí mismo. Lo personal es político.

El ambiente que se respira en el Orgullo siempre es festivo. Nos recuerda la necesidad de celebrar(nos) y reconocer(nos) los avances, grandes y pequeños. Nos invita a recargar energías para todo lo que nos falta. Celebrar también es político.

Celebramos todos los cuerpos, en medio de tantas voces que aspiran a normalizarnos. Ante tanta moralina violenta que aspira a controlarnos, celebramos cada decisión, en autonomía, de vestirnos o desvestirnos como mejor nos parezca, de usar toda la escarcha, las plumas o el maquillaje que consideremos necesario. Somos la diversidad en la diversidad.

A pesar del espíritu de marcha, la organización del evento parece entenderlo más como un Festival de la Luz Arcoiris, con todo lo necesario para ser un desfile. Empezando con carrozas de empresas transnacionales cuyas regulaciones antidiscriminación son muchas veces incapaces de convertirse en reflexión activa sobre la necesidad de un cambio cultural, que permita mayor igualdad en nuestra sociedad. Su participación en la marcha responde más al trabajo voluntario de sus “colaboradores” que a un compromiso estructural con los derechos humanos.

¿Los derechos de quiénes defienden estas transnacionales? No de todas las personas que emplean, pues si bien habrá carroza de Glamazon este domingo, la empresa sigue siendo cuestionada por las inhumanas condiciones de trabajo en sus almacenes, con trabajo siete días a la semana, uso de brazaletes electrónicos para rastrear la ubicación de sus empleadxs y hasta denuncias de personas orinando en botellas durante su turno pues no se les permite ir al baño cuantas veces lo necesiten. Tampoco de todas las personas que se identifican como LGTBI, porque si sos diversx y sos una persona excluida y empobrecida por el sistema económico global que estas empresas sostienen, y del que lucran indiscriminadamente, a nadie le importa. Jeff Bezos seguirá vendiéndole tecnología al gobierno de Trump, e invirtiendo sus cientos de miles de millones de dólares en viajes al espacio, mientras tantas personas LGBTI – y de tantas otras poblaciones explotadas y marginadas – pasan hambre, no tienen un lugar de vivir o mueren en la calle por presentarse como son. El domingo estas empresas se lavan la cara con un pañuelo arcoiris y se actúa como si tuviéramos que agradecerles.

Todas y todos desearíamos trabajar en espacios seguros. No se puede negar el valor que tienen estas medidas y el impacto tan positivo que pueden tener en vidas rodeadas de odio, violencia y discriminación. Pero entonces ¿solo porque nos tratan con respeto (como debería ser siempre), les vamos a dar el lugar más preponderante de la “marcha”? ¿O es más bien porque son quienes pueden pagar por inscribir su carroza y comprar signos externos? No es claro cuál sea la causa, pero es clarísimo que podría ser distinto.

Están también los Pride Awards. Unas semanas antes del desfile se realiza una gala (con código de vestimenta y alfombra roja) para premiar unas categorías cuyo análisis da para otro texto. Lo cierto es que, en ese espacio absolutamente elitista y aspiracional, se entregan las bandas de las mariscalías del desfile (sí, la “marcha” tiene mariscalías), que incluyen una para farándula -lo que sea que eso signifique-. Lo más triste es que todo esto es que -los premios y el desfile- se organizan con el apoyo y complicidad de organizaciones de la sociedad civil que se declaran vanguardia en la lucha por el reconocimiento de nuestros derechos.

Supuestamente todo el dinero recaudado entre carrozas y awards es para la tarima y actividades al final del desfile. Para cubrir estos gastos, también se recibe dinero de la embajada estadounidense. Sí, presupuesto de aquel gobierno que separa niños y niñas migrantes de sus familias, que está activamente bombardeando Siria y otros cinco países más, y que consiente y apoya que Israel asesine y encarcele palestinos y palestinas por protestar, algunos tan jóvenes como de 5 años. ¿Pero eso qué importa, si Tel Aviv es el paraíso gay de Oriente Medio? La embajada es tan benévola que incluso ha aportado como acto cultural la participación de artistas que se dedican a animar sus tropas en el extranjero. ¡Vaya generosidad!

En solo tres meses, se olvidó ya que Fabricio Alvarado casi fue presidente del país. Que la homofobia ultraconservadora logró la cuarta parte de la representación legislativa con un enorme apoyo popular. Parece que ya no importa que el año pasado a Kenisha, chica trans que ejercía trabajo sexual en Guápiles, la hayan asesinado en un crimen de odio que nunca se va a tipificar como tal, porque no existe legislación. No importa que esto sea solo la punta del iceberg de toda la violencia que sufren las mujeres trans en el país. Mucho menos importan las personas LGBTI que se siguen suicidando  cuando sus familias no las apoyan, el trato estigmatizante de quienes viven con VIH o el faltante nacional de testosterona para hombres trans. No pasa nada con la clandestinidad en que están condenadas a vivir las personas LGBTI en zonas rurales o costeras. No se recuerdan los cerca de diez eventos de violencia homofóbica que ocurrieron el año pasado luego del desfile. Tampoco se va a mencionar que en Nicaragua llevan días debatiéndo si realizan o no, este año, una marcha del orgullo, porque la violencia estatal del régimen de Ortega les está asesinando y provocando un éxodo masivo de personas, tratando de salvar sus vidas. Las reivindicaciones y la memoria son las grandes ausentes de un desfile que nunca ha sido marcha.

La memoria que nos recuerda lo que conmemoramos en el Orgullo LGBTI (no gay): el 28 de junio de 1969, en Nueva York, un grupo de personas se hartaron del acoso policial y provocaron disturbios nada pacíficos que duraron días. Disturbios, no desfiles. Fue la gente más despojada y empobrecida la que ardió en rabia: las trans, las locas, las machorras, los putos, los cuerpos racializados de gente negra y latina. No era gente de clase media que aspiraba a parecerse lo más posible a alguien heterosexual. Era gente que, como Lemebel, hablaba por su diferencia. De hecho Sylvia Rivera, una activista trans que participó de las revueltas, lo dejaba muy claro en un discurso un par de años después: “La gente está intentando hacer algo por todas y todos. No solo para los hombres y mujeres que pertenecen a un club blanco de clase media.”

¿Queremos un orgullo que recuerde y exija, que celebre y reivindique, o uno que solo observa desde la acera? Esto no es un llamado a no participar de la celebración. Está en cada quién cómo entender una conmemoración pública, y cómo apropiarse de ella para hacerse escuchar. Pero ¿es necesario que el balance que se hace desde la organización minimice y desaparezca cualquier reflexión transformadora? ¿Desde cuándo soñamos con tan poco?

En Buenos Aires, al igual que en varias ciudades de Estados Unidos, las empresas no desfilan. Cada año hay una temática fuertemente posicionada para la marcha, con consignas claras, que recuerdan que, aunque ya yo no sea discriminado, hay mucha gente que lo sigue pasando mal. En Madrid ponen vallas para su desfile, como en el “Festival de la Luz”, y la gente se queda viendo pasar cada carroza, las organizaciones pasan desapercibidas entre tanta tarima. Algunos organizan una marcha del Orgullo Crítico en otra fecha. En París, las organizaciones que han luchado por décadas, van como en el puesto 80, mientras lo policía y el ejército van en los primeros lugares. ¿Es eso lo que queremos?

Creo que no son pocas las personas que comparten estas reflexiones sobre nuestra lucha y nuestro orgullo. Creo que cada vez somos más. ¿Qué estamos esperando para hacerlo distinto? ¿Cuál es el Orgullo que queremos?

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