Partiendo de la pregunta “¿en serio Costa Rica es tan insegura?” terminé hablando con filósofos, psiquiatras, psicólogas y dueños de polígonos y armerías. Esta es la tercera y última parte de mi historia.

La industria armamentística en Costa Rica

Aunque no sean comercios que la mayoría de las personas visitemenos a diario, en Costa Rica hay armerías y polígonos distribuidos por el territorio nacional, aunque a veces se camuflan entre otros comercios. Las Armerías El Trabuco tienen un local en Multiplaza Curridabat y Multiplaza Escazú, pero no están citadas en su sitio web.

La armería Rex (frente al Teatro Variedades)  está en el puro centro de San José, a escasos 100 metros del Museo de Oro Precolombino. Ricardo Montealegre, quien trabaja en Rex – el negocio familiar desde hace 40 años – cree que ya no es una actividad económica próspera. “Hay un montón de requisitos y tiempo que se gasta en solicitudes para poder comprar un arma”, me comentó.

“Hay personas a quienes no les dan el permiso [de armas] si tienen un parte [de tránsito]” opinó Montealegre. “Acaban de poner un requisito a las armas largas: la práctica en el polígono”, agregó.

Según me explicó Montealegre, para los comercios también se ha complicado la importación: es necesario transportar las armas y las municiones en contenedores aparte (lo que eleva los costos. Tampoco se puede mezclar ‘mercadería’ de distintas marcas). Los capitanes de barco pueden rechazar traer un contenedor con armas al país, por lo que podrían pasar meses antes de que un contenedor llegue a Costa Rica después de haber comprado la mercadería en otro país (generalmente Estados Unidos).

Recepción del polígono CDC. Fotografía: Manuel Mojica.

Una vez en Costa Rica, se acude a ControlPAS – el sitio web para hacer trámites legales relacionados con armas – para hacer una solicitud de desalmacenaje, que envía a la unidad de inspección respectiva según lo que aparece en la factura. Después la mercadería debe pasar por la Promotora del Comercio Exterior (PROCOMER) y finalmente, se debe hacer una solicitud de entrega a aduanas. Este proceso ayuda al Estado a tener certeza de cuántas armas están en qué luga. Sin embargo, algunas personas en la industria lo consideran “extremadamente burocrático” e incluso contraproducente.

Montealegre cree que estas trabas al usuario propician el mercado negro de armas: que alguien introduzca armas ilegalmente al país y las venda como sin reportarlo ante las autoridades correspondientes. De hecho, José Antonio Ojeda del Polígono de Tiro CDC cree que “la ‘tramitología’ es tanta que es mejor que quiénes tienen comercios vinculados con las armas se centren en ellos y quienes se dedican a capacitar en el uso de armas continúen en su nicho.

Fotografía: Jesús Salas.

José Antonio también señaló que los fabricantes de armas y municiones no suelen dar crédito y el abastecimiento de las mismas es a partir de estimados. Además, en Estados Unidos, durante años electorales, hay un desabastecimiento de municiones tanto para civiles como para fuerzas policiales.

Para Montealegre hay muchos factores que desalientan la compra legal de armas: el costo de los trámites (poco más de 100 mil colones), el costo del arma (en su armería está entre 75 mil y poco menos de 600 mil colones) y las distintas situaciones particulares que pueden dificultar el acceso a la portación.  “No todas las personas tienen un armería o un polígono cerca. Hay personas que no tienen acceso a una computadora [para usar la firma digital]. Además, las personas de zonas rurales tienen que trasladarse hasta el Gran Área Metropolitana para poder realizar los trámites” explicó.

Pero José Antonio considera que sí hay un interés de personas y grupos en capacitarse cómo maniobrar correctamente un arma “por motivos de seguridad”. Él conoce historias de clientas que han logrado defenderse de intentos de violación y secuestros. Por último, que me indicó usualmente los clientes de polígonos y portadores de armas son mayores de 25 años, pues estos tienen mayor capacidad adquisitiva.

La experiencia de disparar

José Antonio facilitó las instalaciones del Polígono CDC no solo para tomar fotografías y otorgar una entrevista; también me permitió hacer uso de la zona de tiro para aprender a tirar. Yo acepté porque me pareció fundamental haber tocado un arma para tener una opinión formada.

José Antonio explicó pacientemente cada parte del arma y los consejos de seguridad básicos y específicos, añadiendo explicaciones sobre conceptos pertinentes. De hecho pasó como quince minutos discutiendo qué sería y qué no sería legítima defensa.

No existe una definición “exacta” de legítima defensa, pues depende de muchas circunstancias. Se refiere a acciones que violentan a una persona en función de preservar la vida o los bienes de otra, sí y solo sí la amenaza es inminente.

Antes de pasar a la zona de tiro, José Antonio sacó un arma de plástico igual a una de verdad, salvo que esta era amarilla. Me llamó la atención cuando apunté el cañón del arma amarilla hacia mi rostro y con justa razón. Rompí la regla 3: nunca apuntar a nada que no le queramos disparar.

Una vez que apunté el gatillo a otra parte, pude familiarizarme físicamente con ella. Esta vez fui lo suficientemente prudente como para no romper la regla 2: nunca poner el dedo en el disparador. Luego José Antonio cambió el arma amarilla por una de verdad. No recuerdo si me tembló la mano, pero me puse nervioso cuando la tomé. Pesaba mucho más que la plástica y sentí que se me iba a caer. Me tomó unos segundos acostumbrarme a su peso, pero una vez acostumbrado a él la sentí tan ligera como un celular.

Usando un arma de verdad y munición de mentira, pude practicar cómo se carga un arma. Al principio no entendí la instrucción dada en tico. Era algo como “ponga la punta en el borde y luego empuja”. En mis palabras es más un: poner la mitad de la bala en el cañón e insertarla haciendo presión hacia abajo y hacia el lado contrario simultáneamente.  

Luego de practicar como se descarga un arma varias veces, fuimos propiamente a la zona de tiro. Descargar un arma es una regla fundamental para limpiarla correctamente o para manipularla: un mal movimiento podría causar un disparo accidental.

Entrada a la zona de tiro. Fotografía: Carolina Castro.

“Es difícil saber cuántas personas se hieren con armas, es un dato que solo tienen los hospitales… si es que la persona herida va por atención médica”, explicó José Antonio.

José Antonio me pasó a un “carril” de disparo y acomodó un papelógrafo con una silueta humana dibujada. A él o a eso había que dispararle. Tenía cinco balas para cargar el arma y usarlas contra el papel. Cargué las cinco sin ningún problema. Media hora antes, las balas de mentira estaban tan mal puestas que se salían solas o rebotaban. Ninguna de las balas de verdad se movió de su lugar. Me sentía listo y confiado. Eso me confundió.

Puse la espalda recta, los hombros alineados con los pies, y el arma sostenida con ambas manos. Pasé unos segundos en esa posición mientras recordaba: uno no pone en el dedo en el disparador hasta que va a disparar y además, uno mismo se sorprende con el disparo. “Si usted anticipa el disparo puede que se asuste antes de tiempo y mueva la pistola, lo que cambia la trayectoria de la bala”, decía José Antonio. Además, “el mismo disparador opone resistencia a que uno lo presione. Una vez iniciado el movimiento debe ser constante y despacio”.

El primer disparo que di fue completamente racionalizado. Moví el dedo despacio hacia el gatillo y lo hice constante y despacio. Para alguien como yo, que es un terrible portero jugando fútbol y se quitaba cuando venía venir la bola, hice un esfuerzo sobrehumano para tener los ojos abiertos hasta escuchar el disparo.

Los segundos después se sintieron como cuando uno, sin querer, le dice algo horrible a una persona que realmente quiere. Se sintieron también, como cuando uno acepta el regaño de haber metido las patas, pero el regaño aún no llega. De hecho el regaño nunca llegó. Después de ese tiro, el arma se sintió más ligera y propia. Tenerla en la mano se sentía natural. Disparé una segunda vez y la culpa desapareció casi que por completo. Para el tercer disparo me propuse mejorar la puntería. El cuarto y el quinto los di sin parpadear.

No puedo decir que haya estado sonriendo, o que me haya sentido particularmente poderoso después de haber disparado. Pero sí se sintió bien, fue satisfactorio. Fue emocionante. Antes se sentía prohibido y yo nada más lo hice, sin que nadie me dijera que no.   

Fotografía: Carolina Castro.

No sé cuánto me duró la descarga de adrenalina, pero un rato después, José Antonio me ofreció dar un tiro con una escopeta. No lo pensé, solo dije que sí. Él no me enseñó a cargarla, pero sí me enseñó la munición: mucho más grande que la de una pistola.

José Antonio me alertó de la forma en que tenía que agarrar la escopeta y sostener la parte trasera con mi pecho, para disparar con la derecha y sostener el cañón con la izquierda. Yo ya iba a disparar cuando él me dijo “‘¡Hey, apunte! para eso tiene el blanco”. En efecto, la escopeta tenía una mira para tener certeza de dónde iba a caer la bala.

Cuando disparé la escopeta, el sonido fue ensordecedor y no me importó. El arma rebotó en mi pecho pero no me lastimó. El papel no se desintegró, pero sí intentó zafarse del gancho que lo sostenía. Un segundo después me estaba preguntando: Puta, ¿qué acabo de hacer?

… ¿Y ahora?

Inicié todo el proceso de adquisición de un arma para ver qué tal resultaba el proceso, qué lograba aprender de él y si lograba tener una postura a favor o en contra de la tenencia de armas. Terminé el proceso y seguí sin una postura clara. Es un tema increíblemente amplio que pasa por muchas discusiones filosóficas, ideológicas y políticas.

Pude confirmar la tendencia que existe de echarle la culpa de algo feo a las personas que son diferentes. Es más fácil decir que alguien violento es extranjero, porque en Costa Rica todos somos pura vida. Es más fácil pensar que la gente en la cárcel funciona como un lugar para personas indeseables, no como un espacio de readaptación. Es más fácil no pensar en los demás como personas.  Este no es un problema exclusivo de la violencia, pero son mecanismos que la perpetúan.

En ese sentido nos falta empatía. Entender a otras personas puede reducir las reacciones violentas. Entender a alguien que la tiene más difícil que nosotros es un proceso que toma tiempo. Lo que no está bien es utilizar a las instituciones para respaldar la violencia basada en relaciones de poder.

Cuando yo di mi cuarto disparo me sorprendió lo fácil que salió. De hecho fue casi automático, se sintió enviciante. En ocasiones me pregunto qué podría pasar si en vez de a un papel le disparara a una persona. Espero nunca tener que hacerlo. Espero nunca tener que acudir  a una legítima defensa. Más importante aún: espero no olvidar nunca que trato con personas.

José Antonio observando el papel después de la sesión de tiro.

También me quedó muy claro que algo pasa con las personas que dependen del negocio de las armas. Sí, el Estado sí tiene que regular el acceso a las armas de fuego. Lo que debería repensarse es la forma en que lo hace actualmente. Es fácil entender la lógica que se sigue con los cuatro pasos del permiso: cada uno de los requisitos “certifica” una capacidad o es un respaldo que tiene el aparato estatal para ubicar fácilmente a quienes tienen armas.

Sin embargo estos requisitos desalientan a las personas a seguirlos y fomenta el comercio informal. Esto no solo es una desventaja para el Gobierno, que no puede seguir la pista de las armas en el país; también afecta a distintas personas comerciantes que sí respetan lo que establece la ley.

Quienes están en contra de las armas tienen buenas razones para estarlo. Quienes están a favor también las tienen. Son posturas que parten de ideas distintas de “seguridad”. Más allá de hablar de regularlas más o regularlas menos, deberíamos hablar de regularlas de manera más efectiva.

Cada vez que veo mi foto con la escopeta me cuesta procesarlo. No me reconozco, no siento que es un retrato de mí.

Ahora sigo sin tener una postura clara, el panorama es tan amplio e incierto que siento que aún después de haber explorado tantas aristas todavía me siento falto de información. ¿Será que esta historia algún día continúa?

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