Los descendientes de una de las más grandes civilizaciones de América mueren de hambre en Guatemala, olvidados por un Estado que los intentó exterminar y luego los hizo a un lado.

Los mayas construyeron su civilización en la selva. Entre árboles, aprendieron a usar el cero siglos antes que en India se empezara a aplicar en matemática. Usando la corteza de esos palos crearon el papel sobre el cual dejaron registro del sistema de escritura precolombina más avanzado. Escuchando las melodías del viento y las hojas, en noches iluminadas por Wakah Chan -la Vía Láctea-, descifraron el movimiento de las estrellas, desarrollaron su preciso calendario y aprendieron a predecir eclipses.

K’iche’ -abundancia de árboles- fue el último reino descendiente de la cultura maya. La región fue llamada Quauhtlemallan -lugar de muchos árboles en náhuatl- por los soldados tlaxcaltecas que acompañaron a los primeros conquistadores españoles, nombre que fue deformado por los europeos hasta quedar en Guatemala.    

Los pueblos indígenas guatemaltecos viven hoy apartados de la sociedad: 75% de la población indígena es pobre y 65% no tiene acceso a red de agua.  Ocho de cada diez niñas y niños indígenas sufren desnutrición crónica. En 2012, más de 1.000 murieron de hambre. Los que sobreviven deben cargar con las consecuencias en su salud física y mental de por vida.

La historia de cómo los herederos de los mayas llegaron a esta situación no es fácil de contar. Hay que escuchar un relato que durante siglos ha sido clandestino. Cientos de miles de guatemaltecos y guatemaltecas han sido asesinados para mantenerlo en silencio.guerrilla_3

Guatemala es un pueblo que no canta, que no habla, inhibido.

Los primeros en ser silenciados fueron los quichés que se negaron a rendirse ante los conquistadores. Quienes sobrevivieron a la masacre y a las enfermedades importadas en carabela, fueron dados en encomienda a colonos europeos. No eran esclavos, sino “vasallos libres del Rey” que trabajaban forzosamente y eran adoctrinados para olvidar su cultura, sus creencias y su idioma.

El silencio creció en Guatemala pero no logró ser absoluto. En 1820, aprovechando la debilitada posición del reino español en América, once mil indígenas tomaron el poder y se declararon pacifistas. No permitirían ofensas contra los ladinos -mestizos- porque los consideraban hermanos víctimas del despotismo absoluto. A los ladinos no les agradó la idea de ser iguales a los indígenas, así que azotaron y encarcelaron a los líderes quichés por no respetar su lugar en la sociedad.

Un año después, cuando los hombres blancos de aquí se declararon independientes de los hombres blancos de allá, ofrecieron recompensa a los curas que lograran la extinción de los idiomas indígenas. Daban las mejores iglesias a cambio de destruir idiomas por los que se había transmitido el conocimiento más avanzado de nuestras sociedades precolombinas. Aunque 24 lenguas indígenas sobreviven hoy, es imposible saber cuántas fueron calladas para siempre en el camino.

No ha sido el país de la eterna primavera, sino el país de la eterna tiranía.

Guatemala conoce muy bien el autoritarismo. Su vida independiente ha estado marcada por dictaduras y gobiernos que imponen, en lugar de ganar, su legitimidad. Más de la mitad de sus presidentes han sido caudillos militares. Para que ellos puedan mantener el poder, es necesario que todos los demás grupos sean apartados a nivel político, económico y social. El silencio empezó a operar en Guatemala desde la exclusión.

Para mediados del siglo XX, la élite guatemalteca controlaba un 40% del territorio cultivable del país, pese a tener solo un 0.15% del total de las fincas. La tierra no le alcanzaba a los campesinos pobres, en su mayoría indígenas. En ese momento, la expectativa de vida de un indígena guatemalteco era de 39 años. Al mismo tiempo, los surcoreanos, que estaban siendo invadidos, llegaban a vivir hasta los 50. En Inglaterra, a menos de diez años de ser bombardeados día y noche por aviones nazi, ya se vivía cómodamente hasta los 70.

La exclusión sistemática no podía sostenerse mucho tiempo sin provocar un levantamiento popular. En 1944 el dictador de turno, Federico Ponce, llegaba al poder poniendo a los diputados a votar por él con rifles en sus cabezas. Ese mismo año, fue derrocado por un movimiento liderado por estudiantes, trabajadores, empresarios y militares que instauró una junta militar con una visión más inclusiva de Guatemala.

Entre nosotros, no es tópico la tristeza. Una canción jocunda sería como un disparo.

El proyecto de modernización de Guatemala, que incluía una nueva Constitución, aplicó una reforma agraria que en la que el 64% de las fincas de la United Fruit Company fueron dadas a más de 138 mil familias campesinas que volvieron a tener tierra para subsistir. Gran parte de estos terrenos, sin cultivar, fueron recibidos por familias indígenas.

Guatemala se preocupó por sus campesinos pobres cuando la paranoia de la Guerra Fría empezaba a ver amenazas comunistas en cualquier política social. O tal vez pecó de inocente al pensar que la United Fruit Company iba a aceptar su derrota. No pasaron ni diez años antes de que la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA) ejecutara un operativo para derrocar al Coronel Jacobo Arbenz, promotor de la Reforma Agraria.
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Aunque la Iglesia Católica atribuía a la gracia de Dios el inicio de una cruzada contra el comunismo en Guatemala, fue en realidad la CIA la encargada  del cambio de régimen. Primero, le dieron armas a la oposición guatemalteca y al gobierno anticomunista de Somoza en Nicaragua.

Luego, se dedicaron a incriminar a Arbenz como un títere comunista para finalmente obligarlo a renunciar presionado por un ultimatum de sus propios militares y la amenaza de tropas en sus fronteras. Estas tres operaciones constan en registros estadounidenses como PBFORTUNE, PBHISTORY y PBSUCCESS. El success del que habla la CIA fue derrocar a un hombre que se había atrevido a romper el silencio y que, en palabras de Ryszard Kapuściński, era comunista porque deseaba que todos los niños de Guatemala tuviesen un par de zapatos.

Los guatemaltecos que escucharon la renuncia de Arbenz por la radio en 1954 no entendían muy bien lo que pasaba. El líder que les había devuelto sus tierras los abandonaba. Tal vez Dios si era anticomunista. En un estado generalizado de shock, imperó una vez más el silencio en Guatemala.

Un pueblo alerta, introvertido, ignorante e ignorado.

El silencio viajaba ahora con la bandera de la freedom  subido en aviones de guerra made in USA. Los efectos de la Reforma Agraria fueron rápidamente revertidos, devolviendo a los latifundistas sus tierras aún si eran incapaces de cultivarlas. De nuevo sin tierras y ahora sin fe en el Estado y sus instituciones, los campesinos guatemaltecos decidieron recurrir a las armas para recuperar, una vez más, el sustento de su vida.

El conflicto armado en Guatemala, más que conflicto, fue un exterminio. La Comisión para el Esclarecimiento Histórico concluyó que el 95% de las violaciones a derechos humanos y hechos de violencia durante el conflicto fueron perpetrados por el Estado, sus comisionados militares y sus patrullas de autodefensa civil. Financiados por el Tío Sam, los escuadrones de la muerte eliminaron a cuanto enemigo interno fuera necesario para preservar el silencio.

Con el conflicto armado en su apogeo, los indígenas guatemaltecos comenzaron a reivindicar el nombre de sus milenarios ancestros.  No eran guerrilleros, pero luchaban por las tierras que les habían quitado luego de la fallida reforma agraria, tierras que les han sido robadas una y otra vez desde hace casi 500 años. Y en la década de 1980, una vez más, fueron masacrados.Gothic_Guatemala

Un pueblo golpeado, silencioso y verídico.

“Indio visto, indio muerto.” Esa era la orden que recibían los soldados que entre 1981 y 1983 fueron enviados a la región del Triángulo Ixil.  El ejército ejecutaba, por bala en el cráneo o cuchillo en la garganta, a todos los mayas que no lograron escapar y esconderse en la montaña.

Las mujeres eran amarradas y violadas antes de ser ejecutadas. Todo “porque el presidente Ríos Montt dijo que se vayan a la basura todos porque están colaborando con la guerrilla.” El último genocidio contra los pueblos indígenas de América ocurrió en Guatemala, hace menos de 35 años.

En tres décadas de conflicto armado, más de 250.000 personas fueron silenciadas. El 83% de las víctimas, según la Comisión para el Esclarecimiento Histórico, eran mayas.

Nuestro silencio está hecho de canciones que no hemos podido cantar.

El Acuerdo de paz firme y duradera, el último de los pactos entre guerrilla y Gobierno para dar fin al conflicto armado, fue firmado el 29 de diciembre de 1996. Por primera vez, Guatemala se reconoce como una nación multiétnica, pluricultural y multilingüe. Un reconocimiento más que tardío para un país en que más de la mitad de la ciudadanía es indígena y en el que se hablan 25 idiomas.

Pero ni siquiera la paz pudo derrotar el silencio, que luego de bajar las armas tomó forma de impunidad. Ríos Montt fue condenado para rápidamente ver anulada la sentencia por defectos procesales. El pueblo guatemalteco eligió en 2012 un presidente acusado de haber sido parte de la tortura y asesinatos de indígenas en los ochenta.12237037_1630265637222876_1603906465_n

El Jefe de Estado actual, que no es “ni corrupto ni ladrón” -su lema de campaña-, no es militar sino comediante. Pero recibió financiamiento o presión suficiente para asegurar, como todos sus predecesores, que no hubo genocidio en Guatemala.

Mientras tanto, en las regiones rurales, donde este relato sobrevive en el soplo del viento en los bosques que no fueron talados por la United Fruit Company, y en el llanto de las madres que perdieron familias enteras en una guerra que no era de ellas, los mayas siguen muriendo.

Sus niños y niñas mueren de hambre en un país que exporta miles de millones de dólares en comida cada año, ciudadanos de segunda categoría de un Estado que masacró a sus ancestros, mató a sus abuelos, violó a sus madres, les robó la tierra de la que comían y a ellos ahora los olvida, matándolos en silencio.

Latinoamérica ha encontrado en la memoria colectiva una buena forma de sanar sus heridas. Muchos países suramericanos que también han contado a sus desaparecidos y asesinados por miles han descubierto que el silencio se combate, mejor que con armas, con museos y monumentos que no les permitan olvidar los horrores de los que fueron víctimas. Se esfuma con disculpas públicas del Estado, con reparación para las víctimas y sus familiares. Guatemala debe encontrar esa luz de la memoria para no seguir perdida en el silencio.

 Las citas que acompañan el texto son extractos del libro “Guatemala, las líneas de su mano” del poeta Luis Cardoza y Aragón.

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