Los años acaban, nuestras eras también. Zarpe y el Stein dan inicio a la despedida del año y celebran como mejor saben: chivos todo el día.

Las vacaciones finalmente habían llegado. Las largas noches sin dormir, las bebidas energéticas a las 10 de la mañana y los argumentos redundantes en proyectos finales que parecían eternos habían terminado. O por lo menos por un rato. El clima con el que diciembre usualmente nos acompaña arribó con un tono diferente, intercambiando las tardes frías por un pesado calor. Al menos esto servía de excusa para no quedarme en casa y hacer otra cosa más que ver series todo el día.

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En San José abundaban los eventos culturales: conciertos, exposiciones de arte, el Festival de Cine, ferias… Aunque quizás el día más reservado en las agendas era el sábado 19 de diciembre. “Zarpe” en el Parqueo de Nasional Skateboards y la despedida del Steinvorth, entre otra cantidad abrumadora de actividades (donde lo agobiante era no poder asistir a todas) reunían diferentes géneros musicales durante todo el día y la noche para hacer vibrar la capital.

Además, el día siguiente Perra Pop estaría cerrando su primer año de conciertos con una alineación que personalmente me emocionaba muchísimo.  Dos de las bandas -Desorden Siniestro y Kaiser Moon- provienen de la zona de Occidente, un área del país donde el talento abunda y cada vez son más las personas que lo notan. El tiempo prometía despedidas, debuts, fiesta y baile: era el combo perfecto.

“Vos solo encargate de llegar y lo demás lo resolvemos allá”, me respondió mi amigo Óscar  cuando le dije que no tenía dónde quedarme a dormir ese sábado.  Era predecible que la noche iba para largo; devolverme a San Ramón a las cuatro y media de la mañana en bus, todo para estar en pie al día siguiente a las doce para volver al Perra Pop tampoco parecía una opción muy sensata.  

Pasé varios días pensando en estrategias para solicitar el permiso a mis padres. Las cosas por allá no estaban en sus mejores términos, así que llevaba casi que todas las de perder. Finalmente tomé ánimos y les pregunté: la respuesta, como lo esperaba, fue negativa. No podía quedarme con eso. No sabía cómo, pero de alguna forma tenía que ir.

La mañana siguiente me preguntaron si podía cubrir el evento para la revista. La coartada perfecta. Era una oportunidad para replantear la propuesta, ahora que tenía una razón “seria” para asistir. Al final terminaron aceptando. En ese momento, creí que ya con eso superado, cualquier cosa que surgiera… se resolvería allá.

El día me alcanza y efectivamente no tengo mucho planeado. Mis amigos no llegan hasta tarde, así que por lo menos al inicio, la música es mi única acompañante. Saludo un par de personas conocidas y me presentan a otras, pero la punzante timidez hace que rápidamente me dirija al frente a esperar que la primera banda inicie. Cerca de las tres y media, Malas Palabras ataca con su descarga de punk rock y hace que el público se empiece a acercar. Un par de canciones después, ya no me siento tan sola.

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Para cuando terminan de tocar, ya Óscar estaba conmigo. Él es uno de esos amigos que la música dispone y la afinidad construye. Es cierto, quizás ya no nos vemos tanto como antes, o los encuentros se convierten en casualidades, pero aquello que nos unió en un inicio: la música nacional y los eventos que giran a su alrededor, era lo que nos mantenía juntos.

Siempre hablando de cosas más grandes, proyectos que fracasan en su consistencia, nuevas metas que nos emociona (y aterra) cumplir, dificultades en casa, dificultades en nosotros… en fin, típicas conversaciones de típicos adolescentes que ya califican legalmente como “adultos” pero temen aceptarlo. Fer -fundador de Portal Boreal y creyente en la expresión artística a como dé lugar- también nos acompaña. Cerca de la rampa de skate, con mil colones menos y una birra más, especulamos sobre el resto del día mientras esperamos que la siguiente banda inicie.

Es el turno de Colornoise de subir al escenario. Una gota de agua cae sobre mi cámara cuando las grabo y anuncia una lluvia que empieza suave, pero rápidamente empapa el escenario y los instrumentos. Varias personas de la organización se acercan para proteger el equipo con plásticos, hasta que la intensidad aumenta a un punto donde tienen que detener la presentación y recoger antes de que algo se dañe.

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La lluvia se mantiene de forma intermitente mientras Seka toca, seguido por Adaptados y Niño Koi. Es tarde ya y solo falta una banda para que termine. El lugar se ha llenado, vaciado y cambiado de público varias veces. Me muevo de allá para acá en busca de fotografías, topándome con mis amigos entre las canciones, capturando las sombras entre nosotros.

Muchas veces las cosas a nuestro alrededor parecen planas. Nos cansamos de la monotonía y necesitamos un reinicio. Detenernos y reconectarnos con nosotros mismos. Como esos momentos íntimos entre el espectador y la música, cuando nuestro ritmo cardiaco se sincroniza con el de la batería y todo se siente eterno. Ese tipo de conexión. Este día, Monte, una de las bandas que más momentos eternos me ha dejado, se despide  temporalmente de los escenarios. Todos cantamos sus canciones, algunas con entusiasmo, otras con cierta nostalgia.

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Cuando finaliza, el parqueo no tarda mucho en despejarse. Pasamos a un súper por refuerzos y caminamos hacia el Stein en busca de más. Me doy cuenta que en algún momento de la noche perdí mi cartera, donde tenía el dinero y, lo más importante, la cédula.

Sé que mi nombre está en alguna lista, por lo que los cuatro mil colones del cover no son el problema, pero ¿cómo iba a ingresar si ni siquiera tenía una identificación? (mi cara de quince años tampoco ayuda). Afortunadamente, Óscar se fue antes porque tenía que ayudar con la entrada, y es gracias a él que puedo acceder sin mayor problema.

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José Sáenz toca sus últimas canciones. Una amiga me invita a una cerveza. Karaoke Pánico enloquece y conquista. Salimos, nos estacionamos en la calle del frente, formamos un círculo. Todos están como locos por la presentación de la banda. Entramos rápidamente y Ave Negra revienta el mosh entre el público.

Las Robertas encienden y tocan una de mis canciones favoritas: The Feel. Terminando su primer coro mi celular vibra, pero dejo que lo haga por un rato. Las llamadas continúan. Son mis padres. Contesto, aunque casi no puedo escuchar por el ruido alrededor. Que mi abuelo falleció. Que ya pasan por mí.

Por ahí de la una y media de la mañana me encuentro sentada en el asiento de atrás del carro, mientras escucho sobre el “mal ambiente” que surge de “este tipo de eventos”. Las explicaciones son inútiles, así que mientras tanto, reviso las fotos en mi cámara y revivo cada momento del día. Me coloco los audífonos y pongo Los Waldners, banda que tocaba después de Las Robertas. En la primer canción que elijo, se escucha “Cómo desearía cometer menos errores, pero si he de cometerlos, me da igual”, y un sentimiento cálido no tarda en llegar. El resto del camino es corto, pero el silencio parece alargarlo.

Se sentía como un año abrumador, de esos en los que no hay suficientes respiros; como cuando necesitamos descargar un exceso de energía y queremos gritar lo más alto posible, hasta que se llega a un pico donde nos desahogamos y procedemos a digerir las cosas, a “pensar con la mente fría”.

Paralelamente, la música nacional también se encontraba dando uno de sus más altos gritos y ya era hora de decir adiós a varios lugares y proyectos que marcaron un hito en la cultura nacional, específicamente en el campo de la música. Ahora era el momento de seguir construyendo, abrir las puertas a nuevas propuestas y fortalecer las ya existentes. Tanto ahí afuera como entre  nosotros mismos. Que se venga el 2016.

Todas las fotos son originales de la autora. Para ver el resto del álbum del evento, click aquí.

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