El Festival Nrmal en México fue más allá de la música y se convirtió en una experiencia psicológica y sensorial.

He hecho de la estructura y el orden una parte de fundamental de mi vida, a tal punto que mi propia rigidez me resulta exasperante. Pero dejar las rutinas es peor que dejar el café: una vez que dejo una, lo que tengo no es un dolor de cabeza, sino un desastre. Y esto no es un fenómeno reciente, es parte del patrimonio familiar. Mi abuela, por ejemplo, me decía que la rutina da una sensación de estabilidad que de vez en cuando puede resultar útil. Claro, ella era una persona que cenó lo mismo por casi veinte años: un sándwich de jamón y queso, y una taza de chocolate caliente, mitad leche y mitad agua. Aunque espero nunca llegar al punto de comer lo mismo durante un cuarto de mi vida, el mantener una o dos actividades estables me ayuda a no hiperventilar con cualquier estupidez.

Lo malo de tener una estructura es que, con tal de no perder el impulso, no me permito descansos durante meses o incluso años. Por eso, cuando decido finalmente bajar el ritmo, termino sacándola del estadio… o del país. Por esta razón, cuando R. me sugirió comprar los tiquetes para el Festival Nrmal, yo acepté sin pensarlo.

Mi idea inicial era asistir primero al Nodo, un encuentro entre artistas, productores y medios, y luego al Nrmal. Las actividades del primero iban desde conversatorios y talleres hasta espacios para networking, y realmente le daba al participante la oportunidad de darle más perspectiva y profundidad a la experiencia del festival de música.

Pensé que al llegar un día tarde al Nodo, no iba a lograr aprovechar al máximo el evento. Pero eso no fue el caso.  Los espacios, discusiones y ponencias sobraban y había mucho de qué hablar y aprender. En una de las mesas de conversación que más disfruté, por ejemplo, vi cómo artistas, músicos y productores debatían sobre la necesidad de profesionalizar la cultura. En proveer más y mejores espacios para músicos, en ofrecer más becas y financiamientos y en dar a las personas la oportunidad de vivir de lo que aman hacer.

Hasta el momento, todo estaba bajo control. Pero si bien primer día del Nodo me daba suficiente material para poder rumiar por un par de días, tenía una serie de problemas que no había terminado de resolver. El más importante era la cámara: semanas antes, habíamos comprado una cámara semiprofesional y todavía no sabía cómo utilizarla. Mi experiencia con cámaras profesionales era mínima y tampoco contaba con el equipo necesario para poder fotografiar un evento así. En otras palabras, estaba a punto de nadar en aguas abiertas sin haber aprendido a nadar primero en una piscina.

Ya para la conferencia final, mi cabeza estaba en otro lugar.  Pensaba en salir a cenar, explorar la ciudad un rato y luego tener una cita romántica con Skillshare y tutoriales de Youtube.

Pero en ese momento, llegó el Yeti. O bueno, un hombre vestido de él.

Lo único que alcancé a ver es una silueta peluda que pasa entre la audiencia con una caja de pizza en sus manos. Al llegar al escenario, abre la caja y reparte una a una las tajadas entre los asistentes. La audiencia aplaude y ríe mientras el Yeti levanta la caja vacía con lo que asumo que puede ser una expresión de triunfo. Traté de sacarle una foto al momento, pero como buena leyenda urbana que es, la foto salió movida.

Tomé varias fotos con el mismo triste resultado. Mientras estaba intentando averiguar qué estaba haciendo con los settings de la cámara, R. me empuja suavemente. – ¡Vea! -, me dice. El salón parecía haberse oscurecido y el Yeti, ahora detrás de unas tornamesas, se acababa de convertir en el DJ improvisado del lugar. Casi a oscuras, busqué mi bolso para guardar la cámara.

Esa noche no abrí la computadora. Tampoco revisé tutoriales.

Escenarios A y B del Festival Nrmal

Escenarios A y B del Nrmal

Al día siguiente, llegamos al complejo donde se iba a realizar el festival: un antiguo campo de entrenamiento militar del ejército mexicano. La banda en iniciar el evento era (sic). La combinación de ruido, feedback y metal de Julián Bonequi y Rodrigo Ambriz no fue el más cálido de los recibimientos, tomando en cuenta que ese día estábamos a 13 grados. Fue una bienvenida brutal – la mejor manera de decirle a los primeros en llegar: “Esta vara va en serio”. El sonido del dúo ya tenía a más de uno moviendo la cabeza lentamente.

Por mi lado, yo estaba frente al escenario, rodeada por una tropa de lentes telefoco. Lo pongo así: en una cancha de fútbol donde todos llevaban sus tacos, yo era la única usando converse. Los primeros minutos fueron estresantes y gasté la mitad de mi tiempo viendo por qué carajos la mitad de las fotos se veían borrosas y por qué la otra mitad estaban sobreexpuestas. Pero me motivaban los gritos y la batería abrasiva. Entre más dura sonaba la banda y entre más estridentes eran los gritos, más fácil era tomar fotos.

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Julio Ambriz de (sic)

Los únicos que realmente conocía era a (sic) y Low. Pero eso no importa. Lo agradable de un festival es salirse de su zona de confort musical y escuchar grupos que típicamente no buscaría.

Los Wálters fueron los primeros. Oriundos de Puerto Rico, el tecno-pop ameno y los coros armonizaba casi tan bien como los trajes que usaban. Era obvio que ellos también la estaban pasando increíble (¿ese es un poco el secreto, no?). Todos los integrantes tenían un manejo impresionante del escenario y, a pesar de que cada uno hacía lo suyo, como conjunto eran también encantadores.

Tomé un par de fotos de los Wálters y me fui a descansar en un punto estratégico que quedaba cerca del escenario pero lejos de la gente. De vez en cuando sacaba la cámara para seguir practicando, a ver si en algún momento lograba entender qué estaba haciendo con el pobre aparato. Ya para las cinco de la tarde, cuando el sol había dejado de encandilar a los músicos, podía ver como el campo estaba ya lleno.

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Los Wálters

Con un vaso de jugo en mano, nos acercamos al escenario donde estaba por tocar Low.  Aproveché el hecho que el oficial de seguridad se había despistado y me senté frente a uno de los parlantes para sentir las vibraciones de la guitarra. No por mucho tiempo pues me iba a quedar sorda. Low era de esas bandas que nunca sentí que era mía, nunca sentí una conexión realmente fuerte con ellos hasta el momento que escuché “Try to sleep”. El resto fue escuchar la voz de Mimi Parker entre el drone.

El día uno terminó bastante más temprano de lo que esperaba. Estaban proyectos como Empress Of, Deerhunter y Follakzoid, pero sólo vimos un par de piezas y migramos rápidamente a la siguiente banda. El mayor problema con el cronograma era que muchos artistas tocaban de manera simultánea, y si a una persona le gustaban dos bandas que tocaban al mismo tiempo, entonces debía o decidirse por una o dividir su tiempo en dos.

Ya estábamos cansados de rebotar de un lugar a otro y teníamos que guardar energías para la noche que nos esperaba: Ela Minus iba a tocar en un club que quedaba a pocas cuadras de donde nos estábamos quedando y no estábamos en disposición de perdernosla.

Convertida ya en una bola de alergias, la visita al club fue más corta de lo que quería – aunque no lo suficientemente corta como para no ver el showcase. Por medio de sintetizadores y secuenciadores análogos y hardware, Ela iba construyendo capas y capas de ritmos que resultaban tanto bailables como juguetones – es, según ella “tiny dance music”. Aunque el espacio era más pequeño, ella logró un show cálido y en donde la gente del público no eran simples desconocidos: se habían convertido en amigos que bailaban con ella.

Su presentación en el Nrmal fue increíble. Pero, en lo personal, preferí la intimidad del showcase.

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Ela Minus

Al día siguiente y después de saciar un antojo letal de molletes y churros, nos apuramos para llegar temprano pues el domingo era el día que más me interesaba. Así que empezaré con los proyectos que necesitaba ver: Jenny Hval, Fatima Al Qadiri y Slowdive.

Jenny Hval subió al escenario en enterizo blanco, una peluca negra y una bola de pilates rosada. Muy lentamente comenzó, y con una suave música al inicio, comenzó a intercalar su voz con pasajes hablados. Su voz la que iba dictando el movimiento de su cuerpo: iniciaba primero sobre la bola e iba lentamente deslizándose sobre ella, hasta casi tocar el piso.

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Jenny Hval

Luego se levantó, caminó hasta donde estaba su compañero y agarró uno de los frascos que estaba al borde de la mesa. La cantante noruega tomó un par de gotas y fue lentamente esparciendo el líquido por su traje. ¿El líquido? Era sangre. Este extraño show de cabaret, el cual ella lo describió posteriormente como “unsexy”, no era gratuito. Al jugar con la noción de lo atractivo y lo repelente, el concierto de Jenny era más que entretenimiento: era una declaración feminista.

Los dos nos sentamos al lado de la carpa una vez que terminó el show de Jenny. Me quedé viendo como una pareja jugaba frisbee con lo que parecía ser el perro más energético del mundo. Esa escena representaba todo lo que era el Festival Nrmal.  A pesar de que había mucho por hacer y por ver, la atmósfera del evento no podía ser más cálida, familiar y relajada.

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El perro del frisbee, posando.

Fatima Al Qadiri era la siguiente en la lista. La música de Fátima tiene un tinte político muy marcado.  Su producción más reciente, Brute, es una crítica en contra de la brutalidad policial y la violencia de las instituciones que intentan proteger a la ciudadanía. Incluso la portada del disco, que muestra un teletubbie con casco y uniforme de policía antimotines, es un comentario político. Quizá por eso no sabía qué esperar.

Fue un show simple: usando su música como base, ella creó un DJ set que mezclaba una gran gama de ritmos y samples. El público no quería contener sus emociones. Y no las contuvo. La gente bailaba, gritaba y aplaudía con cada cambio. Fatima les sonreía a todos de vuelta. Se notaba a leguas que ella también lo estaba disfrutando.

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Durante el concierto de Fatima Al Qadiri

Slowdive cerraba el festival. Mi idea era separarnos durante las primeras dos piezas con tal de tomarles fotos para luego buscar a R. entre la multitud. Pero la cantidad de gente era, y por no encontrar una palabra en español más apropiada, overwhelming.

Y overwhelming también fue verlos en vivo. Slowdive es uno de los principales exponentes de shoegaze, un género que crea una especie de pared de sonido a punta de distorsión, guitarras y voces melodiosas. Agréguenle volumen y el resultado es un sonido envolvente, paralizante y melancólico.

Para el momento que había terminado de tomar las fotos, la cantidad de gente era tal que ni siquiera me atreví a llegar al punto de encuentro. Intenté irme hacia las gradas, donde había menos gente y la ola de sonida era muchísimo menos intensa. A la distancia, con costos podía distinguir entre las figuras de los músicos, que se perdían entre las luces. Los parches luminosos de azules, verdes y amarillos se difuminaban con las capas de sonido.

Es la experiencia sinestésica más fuerte que he tenido.

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Slowdive

El Festival Nrmal me dejó un par de ideas que, de alguna manera, voy a tratar de amarrar en estos últimos párrafos. En primer lugar, había subestimado la cultura del festival y en lo infinitamente valioso que es como medio para generar redes y dar a conocer nuevos talentos. La comunicación entre la audiencia y los artistas, músicos y productores es esencial para cualquier escena.

Eso sí, no se necesita de una plataforma internacional para crear esta red. No estoy diciendo que son inútiles; por supuesto que no. Pero basta con un blog, un teatro pequeño, un centro de encuentro para luego pensar en grande. Lo que importa es que la gente hable y comparta. La música es un acto social.

Ah, ¿y qué pasó cuando regresé a Costa Rica?

Llegué al país con unas 1200 fotos en mi tarjeta y sin una idea clara de qué hacer con ellas.  Pero con ayuda, paciencia y cariño de uno de mis amigos, logré entender qué carajos hice (o no hice). La cámara y yo ahora tenemos una relación más respetuosa.

Además: Dejé mi trabajo, mi casa y mi carrera.

Mentira… pero ya hay balance en la Fuerza. Nunca hará daño darse un respiro.

Y recuerden, lo único malo de ver entrar un Yeti a un salón es no querer que se vaya.

 


 

Edición de las fotos por Pablo Murillo.

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