A lo largo de su vida, Ramón Morales ha descubierto que su historia de vida se remonta a un movimiento cultural centenario.

Mi familia es un claro ejemplo del vigoroso intercambio sanguíneo que ocurría en El Caribe de Centroamérica durante la primera mitad del siglo XX. Mi padre mulato, fue el producto del amor entre una negra antillana y un hombre blanco, descendiente de una irlandesa y un mestizo granadino.

Aunque no conocí a la abuela negra, pude reconocer en mi interior ese resplandor africano, producto tantas historias que llevo enterradas en la sangre. Tal vez por eso desde la primera vez que escuché el calypso de boca y banjo de mi tío “Flee” quedé fascinado.

Leche de Coco Calypso y Calypso Joe en Isla Bastimento.

Desde mi niñez, mi padre acostumbraba llevarme a Limón y recordarme de donde veníamos, yo creo que se refería al mar Caribe y no tanto a Limón, sin embargo aunque ni él, ni mi abuelo habían nacido en Limón, se sentían más limonenses que de otro lugar.

Debe ser por ese extraño encanto que tiene, por la sinceridad y hospitalidad que uno recibe de la gente, o por la musicalidad que hay en la ciudad.

Durante mi infancia soñaba con que llegaran las vacaciones para poder ir a Limón para trasnochar escuchando las historias de la familia, mientras veía la vida pasar desde el balcón del victoriano Hotel Palace. Me encantaba sentir esa brisa marina que me refrescaba al pasear por el Tajamar en las noches.

Jamás pasó por mi cabeza ese miedo que advertían entre mis compañeritos de la escuela de San José  respecto  a  Limón, cuando les comentaba sobre mis vacaciones.  Para mí Limón era la tierra de la libertad, como dijo Lenki en su calypso, “No where like Limón”.

Más tarde, iniciando mis años de universitario, comencé a visitar Cahuita para contagiarme del sabor de los músicos de Kawe Vibration (hoy Kawe Calypso) que tocaban todos los sábados en “Cocos Bar” a quienes admiraba mucho, y con quienes, por influencia de mi profesor Manuel Monestel, canté por primera vez calypso.

Recuerdo que Danny (el líder de la banda) me invitó a pasar adelante y cantar “Rosaura”, una canción panameña que años atrás había aprendido de mi tío. Casi se me sale el corazón mientras cantaba para los turistas que habían llenado el bar esa noche. Nunca antes había sentido el respaldo de una banda entera a mis espaldas, acompañando la melodía que salía de mi boca. Tampoco había tenido al público entero bailando y sudando así frente a mí.

Fue en ese momento cuando me sinceré conmigo mismo al respecto de mi aptitud para cantar calypso y me dejó de importar que fuera una música “de señores”. ¡Era lo que yo quería cantar hace años y no me atrevía! Ahí entendí también que las vibraciones sonoras que produce el calypso nos conectan con esas fibras invisibles que heredamos de nuestros ancestros y le dan sentido a la vida.

Entendí que el calypso no es una simple música para bailar, es un diálogo ancestral, y por eso es tan necesario. Por eso se mantiene vivo después de casi una centuria que llegó a nuestro Caribe.  

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