Jime y Angélica siguen cruzando fronteras. Esta vez llegaron a Honduras y sus realidades: la migración forzada, las maras, el golpe, su gente amigable y hospitalaria.

Salimos en el bus de las 7:00 hacia la frontera: de Las Manos, del lado de Nicaragua, de ahí al paraíso y directo a Tegucigalpa. Desde Costa Rica le teníamos (más yo que ella) un poco de miedo a la frontera hondureña y un poco al país en sí. Del lado Nica, un oficial nos dice a las 9:00 a.m que no vamos a lograr pasar la frontera durante todo el día porque hay mucha gente, pero el podía ayudarnos a pasar rápido.

Pagamos $1 dólar de salida Nica y $6 de entrada a Honduras cada una y 40 minutos después estábamos esperando el bus para El Paraíso. Mucho menos que lo que pagamos de Tiquicia a Nicaragua. Los oficiales hondureños sonreían y bromeaban sobre nuestros pasaportes: “Mirá a todos los lugares que han ido… ¡Y nosotros que ni a Ocotal hemos llegado!”.  Son, fácilmente, los oficiales más simpáticos que he topado en mi vida.

El camino de El Paraíso, transbordo a Tegucigalpa, no fue fácil.  En el bus había una señora hablando de la gente que se ha muerto y a quienes han matado, de quienes se han ido y de los intentos de construir nueva casa. El bus nos dejó en las afueras para tomar un taxi a la colonia donde estaba nuestro Airbnb.  Como no teníamos una dirección exacta, nos dejaron en un mall. Olíamos a leña, estábamos mal dormidas, y andábamos enormes bultos y pelos cortos por el lugar – créanme, no pasamos desapercibidas. Comimos sin ganas lo que encontramos en el centro comercial y poco después la chica de Airbnb pasó por nosotras para llevarnos al apartamento.

Gracias al wireless de un parque (lo único que le agradecimos al gobierno Nica) habíamos buscado hostales en Tegucigalpa y el más barato era, para nuestro presupuesto, caro.  Sin embargo, encontramos un Airbnb que costaba menos que un hostel y lo bookeamos sin saber dónde era nada en Tegus. Resulta que el cuarto era hermoso y teníamos todo el aparta para nosotras. Incluso pensamos que nos podíamos quedar dos noches. Peeero llegamos y estaba lejos del centro Y no teníamos Internet. Es decir, no sabíamos ni cómo ni a dónde ir.  Tampoco podíamos trabajar ni básicamente hacer nada. Sin ganas de pasar dos días encerradas en un apartamento, decidimos salir para Copán al día siguiente.

Jimena 01

¡Hola! Llegamos a Honduras 😀

Queríamos seguir nuestra aventura en los famosos Chicken buses que tanta plata nos habían ahorrado hasta el momento.  Contra todas las indicaciones dadas por la chica de Airbnb y sus sugerencias de shuttles privados de $40 dólares, le preguntamos al guarda del lugar si sabía dónde agarrar los buses en dirección a Copán. No sólo él llamó a su hermano a preguntar por los buses directos (que a esa hora ya no habían) sino que él mismo nos acompañó en el taxi de un amigo hasta los rapiditos hacia San Pedro de Sula.  Abordamos el bus un poco atemorizadas, pues en el camino habíamos escuchado la plática entre el taxista y el guarda de todas las personas que han matado en rapiditos). El camino hacia San Pedro íbamos sentadas en los asientos del final de la microbús, entre un muchacho joven y su padre con un tufo a guaro que yo me tuve que tragar las 5 horas de camino.

El muchacho no aguantó 15 minutos callado.  Aprendimos sobre sus múltiples veces cruzando las fronteras mexicanas y estadounidenses, de su casi muerte en el desierto de Arizona, de cómo su oficio de mecánico le ayudó a quedarse en Estados para luego ser deportado a México, en donde encontró familia y tranquilidad.

Hacía 8 años que no iba a Honduras.  Cuando volvió, se encontró a sus hermanas con hijos de mareros y a su madre con otro hombre, todo esto mientras su padre se desmayaba de la borrachera en la misma casa. Decidió llevarse a su padre de vuelta a México para que deje el guaro trabajando. Ahora tenían que pasar de nuevo las fronteras por caminos peligrosos.

Nos mostraba sus mapas y nos enseñaba cuáles caminos eran los mejores, lejos de imaginar los sellos en nuestros pasaportes que nos acreditaban para pasar fácilmente las fronteras. Escuchamos con atención sobre sus sueños.  El viaje se hizo ameno gracias a él. Nos despedimos en San Pedro de Sula, con su padre pidiendo acompañarnos hasta Santa Rosa de Copán, y su hijo reiterando que les faltaba aún mucho camino por recorrer.

En la estación nos damos cuenta que ya no habían buses a Copán Ruinas. Sin embargo, pudimos dormir un poco en La Florida para, tres horas más tarde, llegar a un hotel donde el reggaetón del vecino era casi tan molesto como sus conversaciones telefónicas. Al menos aquí sí nos vendían cerveza después de las 6 de la tarde (en Tegucigalpa no nos vendieron cerveza a las 7:00 de la noche cuando llegamos, luego aprenderíamos que es una ley de los fines de semana). Al llegar, comimos el arroz chino más insípido de la historia y tratamos de lidiar con el vecino ruidoso lo más que pudimos.

Salimos como a las 10:00 p.m para Copán Ruinas y llegamos pasado mediodía del día siguiente. Dejamos las maletas en una pizzería y preguntamos los precios de múltiples hoteles mientras esperábamos a ver si el Couch nos contestaba. Teníamos un sinsabor raro en la boca al no haber podido quedarnos con locales en este país.  No queríamos dejarlo sin que nos cambiara un poco el panorama.

Lo más barato que encontramos era acampar en frente al sitio arqueológico por 50 lempiras cada una (más o menos dos dólares) aprovechamos nuestro viaje para preguntar precios para visitar el sitio arqueológico. El pase para personas centroamericanas valía $8 dólares cada una (y $15 para extranjeros) con derecho a ver el sitio y otro cercano llamado Las Sepulturas. Compramos el tiquete, válido por 7 días para una sola visita a cada lugar y aprovechamos para hacer Las Sepulturas. El libro de visitas tenía registrado a un gringo nada más durante el día. Faltaban dos horas para el cierre. Recorrimos con lentitud y apreciación las ruinas de los que fueron escribanos y curanderos mayas, cuyo nombre se debe a una inicial confusión arqueológica debida a la tradición de enterrar a las personas debajo de sus casas.

Volvimos y aún no teníamos respuesta de nuestros esperados anfitriones. Decidimos preguntarle a los choferes de tuk tuk si conocían a Edgar el pintor, antes de encaminarnos a la zona de camping. En un pueblo tan pequeño, fue fácil dar con la casa del pintor y nos aventuramos a llegar sin avisar.  Fuimos recibidas alegremente entre las clases de pintura con un “pensamos que ya no iban a venir”, ya que no habíamos podido avisar a tiempo nuestros días de atraso. Nos acomodaron en un cuarto con otra chica artesana y un chico del lugar. Desde que entramos, sabíamos que habíamos tomado la decisión correcta.

La casa de Edgar, su esposa Nelly, sus hijas Luna y Jade y su perrita Samba, es un centro social por excelencia. Entre quienes vienen solo de paso, quienes vienen a las clases de pintura y quienes llegan a tomar café.  En los 3 días que nos quedamos, tuvimos el agrado de conocer muchísima gente con hermosa energía e historias para contar.

El lamento por escuchar que se nos aconsejó mucho no venir a Honduras es grupal, esa mala publicidad es lo que menos necesita el país en este momento.  Sin embargo, parece que desde el golpe, las cosas han ido empeorando. Nos contó nuestro anfitrión que no tienen fondos para construir una casa separada del negocio.

Salimos a comer con otro hondureño que viene de un tiempo en Panajachel y nos cuenta de su tiempo allá.  Yo logro encontrar una ansiada pizza vegetariana a menos de 100 lempiras y Angélica logra comerse algo como un casado vegetariano. Una vez que satisfago mi antojo, me duermo sin siquiera haber puesto la cabeza en el colchón. Angélica, sin embargo, no logra conciliar el sueño tan rápido, y le toca tratar de ignorar los sonidos sexosos de la cama de al lado.

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Casa de Edgar y Nelly

El segundo día nuestra compañera de cuarto nos ofrece acompañarnos a la comunidad de Los Sapos. Después de tomar café con los múltiples visitantes de la casa, nos dimos a la tarea de limpiar las ventanas – ardua labor para la cantidad que hay en la bella casa. Después de un almuerzo compartido, nos dieron ride de ida hasta la mitad del camino, la otra parte nos guió nuestra nueva amiga.

En un momento en que no supimos qué camino agarrar aparecieron 4 pequeños guías de la comunidad que nos mostraron por donde ir. Al llegar al lugar nos enseñaron también sobre la historia. Estábamos nada más y nada menos que en la sala de partos más antigua que conocemos. Una piedra enorme tiene tallada una mujer dando a luz, otras piedras fueron talladas en forma de sapos, signos de fertilidad. Nos muestran donde se acostaban las mujeres cuando iba a parir y los caminos que llevaban toda la sangre hacia el río.

Una cera de candela nos hace creer que algún significado tendrá aún este sagrado lugar. De vuelta por otro camino más cerca encontramos un hotel, donde se paga $150 dólares por la vista. Les robamos la vista sin pagar un centavo y de bajada también nos dan ride. En la casa nos esperan Jade y Luna listas para jugar rayuela y terminamos la noche con un visitante colombiano con quien también compartiríamos la habitación. La pareja ruidosa de la noche anterior no se intimidaría por un compañero de cuarto más, me cuenta con ojos de insomnio al día siguiente Angélica.

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En Los Sapos, en el lugar de la mujer pariendo.

El tercer y último día nos levantamos temprano para ir a las ruinas y definitivamente dejamos lo mejor para el final.  Después de un delicioso desayuno en el mercado, el cual nos costó bastante encontrar, nos pusimos en camino.  Nos dijeron que la visita duraba 2 horas pero cuatro horas más tarde aún estábamos disfrutando de la majestuosidad de este lugar. La belleza, las guacamayas volando, la energía. Agradecidas con la vida, nos encaminamos a salir de Honduras, con certeza de tener que volver.

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Honduras

Las despedidas no fueron fáciles, Jade y su padre nos llevaron en tuk tuk a la estación del busecito a El Florido, la frontera con Guatemala. Dos horas después, y con la grata sorpresa de no tener que pagar entrada, ya estábamos en tierras chapinas.

Notas:

  • Si algún día están en Copán Ruinas, pregunten por Édgar el pintor, llévenle un pancito y visiten.  Estoy segura que les recibirán con una sonrisa y una café. <3
  • Me doy cuenta que la próxima entrada que se publicará después del asesinato de a Berta Cáceres, líder indígena Lenca de este país. Todo Centroamérica sufrió porque nos arrebataron a una mujer que no tuvo miedo, a una mujer que se plantó por sus convicciones y que fue asesinada de manera cobarde. Pienso también en las dos mujeres mochileras asesinadas durante su viaje por Suramérica. Hace tan poco éramos mi esposa y yo en su misma posición. Me duele cada célula del cuerpo pensando en estas mujeres, así como en la mujer trans asesinada en Cartago hace unos días. Cada femicidio cometido me duele, porque cada una de esas soy yo, que morí con ellas, porque cuando tocan a una nos tocan a todas. Quiero dedicar este relato a cada una de estas mujeres y en especial a la memoria de Berta Cáceres, porque nosotras pudimos ser “libres” viajando por esta Centroamérica, por una Honduras que mientras la recorrimos nos dio esperanza, para venir a quitárnosla un tiempo después.

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