En 2013, Luana se convirtió en la primera niña trans en recibir un DNI (Documento Nacional de Identidad) en Argentina que la reconoce como tal. Esto se dio luego de que en ese país se sancionara la Ley de Identidad de Género. Acá su mamá, Gabriela Mansilla, relata el camino que transitó junto con su hija para que tanto sus derechos como los del resto de las de las personas con identidades de género diversas fuesen reconocidos.

Le preguntaron desde cuándo se sentía niña y ella dice que desde hace mucho. Tiene conciencia de que antes se la trataba como Manuel, aunque ella se sentía Luana. Y que un día la empezaron a tratar como Luana. Siempre fue Luana.

La transexualidad se presenta como un conflicto entre el sexo biológico y el género asignado al nacer. No tiene nada que ver con la orientación sexual, sino que afecta a la identidad de las personas.

Cuando Luana nació, en 2007, aún no existía una ley que le permitiera llamarse así. Vivió los primeros años de su vida con un DNI que indicaba que su nombre era Manuel. Cuando aprendió a hablar, entre las primeras cosas que le manifestó a su mamá, Gabriela, le dijo que no se llamaba Manuel, que se llamaba Luana y que era una nena, y que si ella no la llamaba por ese nombre, no le iba a responder.

El 9 de mayo de 2012 el Congreso de la Nación de la República Argentina sancionó la ley 26.743, conocida como Ley de Identidad de Género, que permite que las personas trans (travestis, transexuales y transgéneros) sean inscriptas en sus documentos personales con el nombre de su elección según y el género con el que se identifican, garantiza la cobertura total de los tratamientos médicos de adecuación -tanto en el sistema de salud pública como en los seguros privados-, siendo además la primera ley de este tipo en el mundo en no patologizar el ser  trans.

En el 2013, Luana se convirtió en la primera niña trans argentina en obtener un DNI que contemple su condición, al mismo tiempo que su mamá, Gabriela Mansilla, se volvió la cara visible de la lucha por la ampliación de derechos.

Escribir, registrar, desahogar

“Yo nena, yo princesa” quizás sea -involuntariamente- el registro de la conquista del derecho a decidir quiénes queremos y nos percibimos ser, sin importar cuál sea nuestro sexo biológico. Por eso, su historia no sólo es el reflejo de las luchas que se gestan detrás de cada derecho ganado, sino que sirve para repensar y reflexionar cómo nos atraviesa la legalidad y por qué -hoy más que nunca- es importante comprender que lo personal es político.

Cuando en 2011 Gabriela comenzó a escribir las primeras manifestaciones de Luana respecto de su identidad de género, la función del registro era compartir con los psicólogos cada cosa que la niña decía o hacía. Con el paso del tiempo este cuaderno fue convirtiéndose en una especie de diario íntimo en el cual se plasmó, como una montaña rusa de sentimientos, el arduo periplo que recorrió Luana para ser reconocida por el Estado como lo que ella es.

“Yo no sabía lo que estaba pasando, sino no la hubiese castigado durante dos años. Sabía que existían chicas trans, pero no tenía idea de cómo ni por qué lo hacían ni qué sentían”, cuenta.

Las hojas del primer cuaderno se agotaron y comenzó a escribir otro. De esta forma surgió la idea de publicar su relato bajo el nombre de “Yo nena, yo princesa”, que en 2014 fue editado por el sello de la Universidad Nacional de General Sarmiento.

“El libro fue mi diario íntimo, lo fui escribiendo a medida que iba a la terapia. Escribía todo el día porque las cosas pasaban todo el tiempo y tenía miedo de olvidarme. Minuto a minuto. Escribía y seguía los diálogos que teníamos con Luana, que entonces era Manuel”, agrega.

A los dos años, Luana comenzó a manifestar en su cuerpo el conflicto con su identidad de género. Alopecia, insomnio, pesadillas, autoflagelación, incontinencia urinaria empujaron a Gabriela a realizar consulta con el pediatra de la niña.

“Tenía un nene de dos años que tenía agujeros en la cabeza porque se le caía el pelo a mechones. No quería ir al baño, ni que la bañen, se hundía el pene hasta hacerlo desaparecer, se presentaba delante de mí y me decía: ‘Así quiero, mamá’”.

El pediatra sugirió tratar cada uno de estos síntomas por separado, una de las psicólogas recomendó aplicar un método correctivo, y opinó que la niña debía pasar más tiempo con su padre. Como último recurso la llevaron a un neurólogo, pero todos los exámenes dieron perfecto: la niña estaba sana.

En todos los lugares adonde fuimos nos maltrataron por ignorancia, por maldad y por sus propios prejuicios. Muchas veces el maltrato era por no entender la situación y exponer a Luana. Nadie podía llegar a entender que una nena de dos años manifestara eso a la edad que tenía. Consideraban que no era capaz de sentir lo que sentía”.

“Luanita”, como le dice su mamá, ingresó a Sala de 3 (en Argentina las “Salas” van conforme a la edad de los chicos y chicas) de preescolar como Manuel y continuó el año siguiente en el mismo establecimiento, pero ya como una niña. Para ese entonces, el papá había abandonado el hogar y se había negado a continuar pagando la cuota del jardín, con lo cual Luana se quedó sin vacante para continuar en ese jardín de infantes.

Al año siguiente, Luana ingresó a Sala de 5 en un jardín del Estado. Fue integrada con total normalidad por el resto de sus compañeros. Ya era “famosa”, porque su caso había alcanzado los medios de comunicación.

Finalmente, con ayuda de su hermana, Gabriela contactó a la psicóloga Valeria Paván, de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA), quien acompañó a Luana durante el proceso. En ese momento, la vida de la niña comenzaría a cambiar para siempre.

La balanza se inclina hacia una sociedad más justa

El 9 de mayo de 2012 se sancionó la ley 26.743, conocida como Ley de Identidad de Género. Exactamente un año y cinco meses después, el 9 de octubre de 2013, Luana se convirtió en la persona trans más joven del mundo y en la primera niña trans del país en recibir su DNI a través de un procedimiento administrativo, sin la intervención judicial.

En el medio, el Registro de las Personas de la provincia de Buenos Aires había rechazado el trámite con el argumento de que Luana era demasiado chica para dar su consentimiento. Pero finalmente dio marcha atrás al recibir un dictamen de la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia, que se pronunció en favor del pedido de la niña, al advertir que se estaban vulnerando sus derechos.

Para Gabriela, el DNI no sólo le da identidad, sino que también hace que su hija sea respetada. En numerosas oportunidades contó cómo Luana fue discriminada por el sistema de salud por figurar como un varón, o cómo confundían su transexualidad con la homosexualidad.

“Ahora el Estado la reconoce como  Luana, legalmente es Luana, tiene un documento y hay una ley que la ampara. Hay mucha gente que tuvo que cerrar la boca”,  concluye, orgullosa.

Hoy Luana está a punto de cumplir diez años. Su presente es el de una niña plena, feliz, que ya no pierde el cabello y sueña toda las noches. Valiente e inmensa como su hija, Gabriela cumplió el objetivo que se había propuesto hace un año, y actualmente lidera Infancias Libres, una asociación civil destinada a apoyar y acompañar a las familias cuyos niños se encuentran en proceso de adecuación.


Todas las imágenes pertenecen al facebook personal de Gabriela Mansilla.

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