Entonces nosotros presentó al primer personaje bisexual en la historia del largometraje tico.

Con una historia del cine apenas en pañales, es evidente que, poco a poco, Costa Rica va a ir consiguiendo sus ‘primeras veces’: su primer película taquillera (Maikol Yordan de viaje perdido es la película más vista en la historia de Costa Rica*); sus primeras películas con éxito internacional (Viaje y Presos, por ejemplo) y, más recientemente, su primera película con un personaje principal abiertamente bisexual.

En Entonces nosotros, Sofía (interpretada por la actriz argentina Noelia Castaño) es la pareja de Diego (encarnado por el director Hernán Jiménez) que nunca mencionó una relación pasada con Malena (la argentina Marina Glazer). La omisión es causal de las tensiones románticas que aborda con amargura cómica la narración de la película.

Antes de escribir este texto, consulté con Jiménez sobre la decisión de no etiquetar a Sofía como una persona bisexual:

“Una de las cosas que más me satisface del resultado de Entonces nosotros es justamente que la sexualidad del personaje no se haya convertido en un tema. Me refiero a que, si bien me imagino que (se) ha sido discutido de manera informal, no se convirtió en un pilar en la percepción general de la película y eso era muy importante para mí, máxime en un país tan conservador”, escribió el director. “No hay discusión explícita en el guión porque no creo que ella lo considere una parte vital de su identidad; es lo que es, ha experimentado, llegó a enamorarse de una mujer, y así lo asume”.

Concuerdo con Jiménez en que la mejor manera de abordar la diversidad sexual en la ficción es normalizarla y no convertirla en un espectáculo de sí mismo (¿acaso no es esa parte de las consignas del activismo LGBTI?).

No obstante, también creo que no se ha escrito suficiente —al menos en español— sobre la expresa omisión de la bisexualidad, una letra que también cuenta con suficientes prejuicios en su contra dentro de esas cinco siglas.

En la discusión anglo parlante, el fenómeno de no atribuir con expresa claridad la orientación bisexual de un personaje en una ficción se incluye entre las estrategias del llamado ‘bisexual erasure’, literalmente la supresión de la bisexualidad.

En el 2005, el periódico The New York Times publicó una noticia científica titulada “Heterosexual, gay o mintiendo: la bisexualidad revisitada”. Un experimento sobre excitación genital concluía que, después de un periodo de experimentación con hombres como sujeto de estudio, que no existía el deseo sexual bisexual.

“Para los hombres, la excitación sexual es la orientación sexual”, concluyó de forma tajante el científico que acuñaba el artículo académico al respecto (aunque en el 2014, revisitó el tema y concedió que faltaba información al respecto*).

No obstante, la supresión de la bisexualidad es una situación que desborda a la cobertura científica. Las mismas ambivalencias han sido absorbidas por los productos pop.

En el cine, la literatura, la televisión y la música es común encontrar menciones a la bisexualidad que fortalecen prejuicios en su contra. Es común, sobre todo, que la bisexualidad en los hombres sea completamente suprimida (como la vez que se negaron a hacer a Constantine bisexual dos veces, en el cine y en la tele, pese a que en los cómics sí tiene relaciones con hombres).

En el caso de las mujeres, la bisexualidad se interpreta, en el peor de los casos, como un estado previo a la homosexualidad al nivel 6 de la escala del sexólogo Kinsey.

Por ejemplo, el personaje de la porrista Santana, en la serie de tele Glee, tiene relaciones heterosexuales antes de confirmar que es lesbiana y que está enamorada de amiga Brittany.

En el relativamente mejor de los casos, la bisexualidad termina siendo una herramienta sencilla para hipersexualizar a un personaje.

Pasa con canciones pop como I Kissed a Girl de Katy Perry y Cool for the summer de Demi Lovato, las cuales presentan la experimentación bisexual como sexualmente liberadora, un rito para la confirmación de su propia heterosexualidad (una especie de “soy tan heterosexual que después de estar con una chica sigo prefiriendo a los chicos”).

La fluidez sexual en comedias románticas se utiliza como un caracterizador de personajes liberales, divertidos y poco convencionales.

Se me vienen como mil ejemplos de la técnica de mencionar que una mujer tuvo algún momento un romance con otra mujer, pero terminó enamorándose con un hombre: 500 days of Summer, Scott Pilgrim vs. The World, Silver Linings Playbook y hasta en The Royal Tenenbaums (maldita sea, hasta en una de mis películas favoritas).

Es cierto que esas menciones rara vez terminan jugando un papel tan preponderante como lo hace en Entonces nosotros, aún cuando ni una sola vez durante toda la cinta se le llame bisexual a Sofía.

Entonces nosotros

La verdad es que Jiménez tiene razón: idealmente, no tendría por qué ser necesario llamar de forma expresa a un personaje por su experiencia genital, sea heterosexual, homosexual, bisexual o asexual.

La realidad es que es que, en un mundo al que le cuesta pensar fuera del sexo y el amor heterosexuales, la orientación sexual de los personajes que consumen en cualquier tipo de ficción todavía es determinante para asumir que distintas maneras de vivir su experiencia genital son posibles y, sobre todo, legítimas.

O sea, no necesitamos que las futuras Sofías salgan en pantalla con una chema que dice bisexual. Pero necesitamos que, aunque la película no lo diga, cuando salgamos a la calle a platicar sobre la película lo consignemos con tanta claridad como me atrevo a decirlo en este artículo: en el 2016 vimos a la primera mujer bisexual en una película tica. Qué orgullo.

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