Hace algunos meses la fundación SOMOS  convocó a un concurso literario abierto a toda América Latina. En éste se exploraban dos temas: las personas adultas mayores y la violencia doméstica, en tres categorías: relato, cuento y poesía.

A Bernardo el tema lo motivaba, quería hacer una crítica a la violencia machista. A esto se le sumó el impulso de una amiga que lo instaba en participar de un concurso literario, “mandate, nada perdés”, le dijo.

Justo en ese momento, Costa Rica jugaba un partido con un matiz diferente, empezaba la campaña de concientización/exprimiento social El tercer marcador. Era lo único que necesitaba para entrarle al texto. Escribió un relato sobre la dicotomía del pensar costarricense, el ser pacífico y ser violento a la vez, y lo envió sin darle mucha vuelta.

Entrado marzo del 2016, revisó el sitio y se dio cuenta que -debido a la cantidad de personas que habían participado-  la fundación se atrasaría con la evaluación. Esto significaba dos cosas: la comunidad latina quería transmitir múltiples mensajes y, irónicamente, tendría más competencia.  

Pero, por estar concentrado en otros asuntos, olvidó el tema hasta el día que recibió un correo felicitándolo por haber sido electo como finalista. Satisfecho con el logro, decidió compartirnos su trabajo para publicarlo en la Revista Vacío. Su objetivo es motivar a otra gente a que participe y así comunicar las cosas que suceden (y que importan) en Costa Rica y la región.

Son las 3 p.m. del viernes 13 de noviembre de 2015 y las aceras comienzan a teñirse de rojo. El cielo se mancha de gris y puede ser que llueva en la noche. Las calles se convierten en un parqueo y colman la tensión de los conductores de esta ciudad supuestamente pacífica. En el corazón de la capital, oficiales de tránsito ubican barreras que luego utilizarán para restringir el acceso alrededor del famoso parque La Sabana.

Son las 4 p.m. Hay un edificio corporativo ausente de humanidad, lejos del parque, donde se entra a un laberinto de escritorios.  Están separados por una delgada capa de laminado blanco que tiene pegadas imágenes de familiares—hijos, madres, novias, novios—o frases motivacionales para seguir adelante con el trabajo.

Los fluorescentes encima y el aire acondicionado que recicla su respirar dan un ambiente clínico. Cada uno tiene un teléfono, un teclado y una pantalla de computadora. Se acomodan en sus sillas que una vez fueron cómodas y digitan su contraseña. Son mujeres y hombres del turno de la tarde-noche que esperan no recibir una sola llamada, pero saben que sí lo harán.

Se alargan las filas en los supermercados, conforme avanzan las manecillas del reloj,  especialmente en la sección de licores. Emoción y tensión espesan el aire, más aún por ser día de pago: billeteras llenas y mentes vacías. Poco a poco desaparecen los problemas; no importa que la botella de ron esté cara. No importa que el país esté sumido en deuda, ni que la violencia acapara las calles o que una oleada de narcotráfico ya llegó para quedarse. No importa porque el viernes 13 de noviembre juega la Selección Nacional de Fútbol.  

Son las 5 p.m., faltan tres horas. Miles de personas colman las entradas al Estadio Nacional, que tanto criticaron cuando el gobierno chino lo regaló y ahora, es lugar de devoción cada vez que juega el equipo de azul y rojo. Para peores, en cuestión de minutos, la basura ya bloquea las cañerías alrededor del glorioso, en el país más verde del mundo. Una lluvia y la zona entera se inundaría. Las calles ya están bloqueadas. Los oficiales de hacen su mejor esfuerzo.

Son las 6 p.m., la gente ya llega a la casa, pero aunque la orquesta que se escuchaba afuera—gritos, insultos, el claxon presionado de manera permanente—desaparece, el aire sigue tenso. Se podría decir que es porque el equipo tiene un nuevo director técnico, el afamado Óscar “El Macho” Ramírez. También porque el ídolo Keylor Navas no está jugando debido a una lesión, una sobrecarga en el aductor derecho, palabras avanzadas para decir que el Real Madrid no quiere dañar su más reciente activo. O, tal vez, porque la selección Haitiana es peligrosa y no conoce el miedo. Lo que sí es claro es que mucha gente que ve el partido con ansias, aunque poco le importa el marcador, y sólo quiere un final feliz.

Se acercan las 7:30 p.m. y se encienden los televisores en miles de hogares. Es ahí cuando aparece, en la esquina superior izquierda, un marcador nunca antes visto.  Son tres equipos los que se enfrentan en el verde zacate del estadio. Primero las siglas CRC por Costa Rica, luego HAI por Haití y finalmente, VCM.

Todo comenzó cuando Costa Rica jugó contra Uruguay el 14 de junio del 2014. La Fuerza Pública recibió 388 llamadas por violencia doméstica. Contra Italia fue una historia similar, 355 y contra Inglaterra fueron 216. En días que no hay fútbol, el gobierno tico ha reportado un promedio de 70 a 80 llamadas. Y la gente no sabía de esto. Pero ahora, las instituciones como el INAMU (Instituto Nacional de la Mujer) deciden tomar el primer paso e irrumpir en lo más sacrosanto de la identidad del hombre costarricense: el fútbol.

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Son las 8 p.m., cuando el árbitro pita, comienza el fútbol y comienza la violencia. Como un insecto que esté merodeando en la pantalla y uno quiere dejar de ver, aparece el marcador de VCM, Violencia Contra la Mujer, el cual no dura en aumentar.

Las jugadas sacan gritos de los aficionados en el estadio. Conforme se acerca a los noventa minutos, y el árbitro pita el cese del partido, se da una escasa pincelada de lo que sucede en realidad en el país más feliz del mundo, la Suiza centroamericana, el paraíso en Centroamérica.

Costa Rica gana 1-0 contra Haití. Así, el país celebra su primera victoria en ruta al Mundial Moscú 2018. También, celebra que el nuevo entrenador parece llevarlos por buen camino. Pero en ese edificio, dentro de los cubículos, bajo los fríos fluorescentes, los teléfonos sonaron.

Muchas valientes almas tuvieron el coraje de llamar.  Sin embargo, los que llaman son un mísero porcentaje comparado a las personas que no se atreven a denunciar por miedo, no sólo en los partidos de fútbol, sino en el día a día. Conforme se apagan las luces y se cierran las puertas, nadie celebra el tercer marcador. Además de las calles, muchas casas también se tiñeron de rojo en el día que perdimos 31 a 0.

 

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