A finales de abril, surgió en Twitter una campaña dirigida a Disney, pidiéndole que hiciera a Elsa la protagonista de Frozen– su primera princesa lesbiana.

“No te podés casar con un hombre al que acabás de conocer”.

¡Por fin!  ¡Cómo costó!  

Estábamos a punto de hacernos de piedra cuando, en 2013, Frozen se convirtió en la primera película animada de Walt Disney en pronunciar aquellas palabras que hasta entonces, parecían ser el antónimo de los cuentos de hadas cinematográficos.

La receta que habían seguido antes para crear a sus heroínas protagónicas sabía monótona, añeja y patriarcal.  Siempre usaban los mismos ingredientes: asignarlas a trabajos domésticos sólo por género, como a la Cenicienta y Blanca Nieves; que su única salvación fuese un hombre, como con Rapunzel o la Bella Durmiente; o que aceptaran dejar a su familia, huir de su hogar, vender el alma, atravesar una salvaje transformación física y quedarse hasta sin voz, con tal de conseguir al príncipe –sí, nos referimos a vos, Sirenita.

Tras la módica suma de setenta y seis años, entendieron que había que cambiar la receta, había que enmendarse.  En Frozen –su primera película animada dirigida por una mujer– las princesas finalmente se desligan del prototipo de “damiselas en peligro”.  Sus acciones, palabras y deseos ya no están amarrados a conseguir anillos de matrimonio.  A Elsa no la salva ningún “príncipe azul”, sino su hermana menor, Anna.  

Disney se sacó la lengua a sí mismo al desestimar su popular estereotipo del “amor a primera vista”, y cambiarlo por el discurso de que ser diferente no es motivo para vivir con vergüenza.  Al final, como la maravillosa Agrado un par de décadas antes, Elsa aprende que “una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma”.  

Y todo el mundo feliz.  Aunque, si nos ponemos muy tiquismiquis, hasta ahora hemos hablamos de avances y mejoras en la representación de género, pero nada de sexualidad.  En la película, de hecho, no se mencionan explícitamente los intereses afectivos de Elsa.  ¿Cómo se le ocurrió a alguien, entonces, esto de hacerla lesbiana?

Metáforas, muchas metáforas

¿Primer paso de toda adicción?  Aceptar que se la tiene.  Si Walt Disney Animation tuviera que admitir la existencia de alguna, sería su adicción por usar metáforas para tocar temas de manera indirecta.  Ya lo hemos dicho: su más reciente película, Zootopia, es una alegoría al problema del racismo contemporáneo.  Pero la tradición data de cuando el estudio aún gateaba.  

¿Quién no se acuerda de la perturbadora moraleja sobre el abuso del licor en Dumbo?  ¿O las insinuaciones al uso de drogas recreativas en Alicia en el País de las Maravillas?  En 1991, poco antes de estrenarse La Bella y la Bestia, su letrista musical y productor ejecutivo, Howard Ashman, falleció a causa de complicaciones causadas por el VIH.  Se dijo entonces que el filme, y en especial la canción “The Mob Song”, simbolizaban los prejuicios sufridos por las personas que vivían con el virus.  

Varias lecturas de Frozen percibieron en ella una alegoría de las vivencias LBGTIQ.  Se dijo que los poderes de Elsa significaban su sexualidad: la historia de la niña a la que le dicen que debe ocultar lo que la hace distinta, que teme lastimar a sus familiares y vive preocupada por el qué dirán.  La que, cuando es revelada su verdadera identidad, comienza un largo camino para apreciarse, sentirse orgullosa de sí misma y, finalmente, anunciárselo al mundo sin ningún miedo.  

En la escena musical cúspide de la película, Elsa se jala un Gloria Trevi al soltarse el cabello, deshacer su traje constreñido, vestirse de reina del hielo con lentejuelas y vocalizar la ahora omnipresente  “Let it go”.  Quien jure que la canción no funciona como metáfora del acto de salir del closet, es que no entendió nada, y probablemente se salvó del arsenal de reinterpretaciones más inagotable del siglo XXI.

Pero la locura maníaca por Frozen fue mucho más allá de sus metáforas y canciones famosas.  Se coronó como la película animada más taquillera de toda la historia, dándole a Walt Disney $1200 millones en ganancias.  Rompió, además, récords de venta de DVD y Blu-ray, y su banda sonora alcanzó la cima del conteo de Billboard.   

Nos convertimos en rehenes del fenómeno universal: seis meses después del estreno, Elsa apareció entre los 100 nombres de bebé más comunes del Reino Unido –el año anterior estaba 243 puestos abajo.  Es más, a tal punto de demencia colectiva llegamos que a alguien se le ocurrió grabar una versión de la trama protagonizada por gatitos.  

Cuando anunciaron que la secuela llegaría a los cines en 2018, decidieron no revelar detalles sobre la trama.  La bola de nieve de rumores y especulaciones comenzó a hacerse lentamente más grande, hasta que –el 30 de abril anterior– la usuaria de Twitter @lexi4prez soltó el desencadenante de una avalancha:Tweet Elsa“Espero que Disney haga de Elsa una princesa lesbiana”, escribió, “imaginen cuán icónico sería eso”.  Para rematar, en un siguiente tweet creó el hashtag que de ahí en adelante abanderaría la campaña, #GiveElsaAGirlfriend.    

Internet se volvió a inundar de Frozen: tendencia inmediata en redes sociales, firmas, tweets y publicaciones a favor de la propuesta, dibujos imaginando cómo se vería la novia…  Tan lejos llegó el revuelo, que Idina Menzel –la actriz que presta la voz al personaje– declaró públicamente su apoyo.

Y es que sonaba lógico, ¿no?  La película animada más económicamente exitosa de la historia, la que había volcado los estereotipos de género de los cuentos de hadas, la primera de su estudio en ser dirigida por una mujer, la que tantas personas consideraban una metáfora de las experiencias LGBTIQ.  ¿Por qué no hacerla romper otro hito?  ¿Por qué no hacer a su protagonista la primera princesa lesbiana de Disney?    

Bajo la lupa de la inclusión

Cada año, la Alianza Gay y Lésbica contra la difamación (GLAAD por sus siglas en inglés) publica su “Índice de responsabilidad por estudio”.  Ahí, recopila todas las películas estrenadas durante el año anterior por una misma casa de producción cinematográfica, para investigar cómo incorporaron a la población con sexualidades e identidades de género diversas.  

Más o menos en sincronía con el nacimiento de #GiveElsaAGirlfriend, a Disney lo reprobaron olímpicamente en los resultados de la investigación sobre 2015.  De sus 11 películas estrenadas ese año –que incluyen no solo a Walt Disney Animation, sino también Marvel, Lucasfilm y Pixar– ninguna mostró personajes abiertamente homo, bi o trans.  

Pero lo que es peor: una búsqueda a través del canon animado completo –tanto de Walt Disney como de Pixar– demuestra que el estudio lleva años de años reprobando.  Ni una sola vez, en toda su historia, han tenido personajes explícitamente LGBTIQ.  

Lo más que han logrado es un par de insinuaciones en sus últimas películas.  Al estrenarse Frozen, el público percibió otro personaje posiblemente gay, además de Elsa: Oaken.  Llamaba la atención que, al presentar a su núcleo familiar, él apuntaba hacia un hombre adulto, acompañado de dos niñas y dos niños.  Surgieron las sospechas de que Disney estaba presentándonos a su primer familia homoparental.  ¿Se trataba en verdad de dos esposos, o nos habíamos dejado llevar en exceso por la lectura entre líneas?

Con Zootopia, la indirecta fue minúsculamente más directa.  En el filme aparecía una pareja de antílopes macho viviendo juntos.  Al introducirlos, no quedaba claro si eran amigos, compañeros de habitación o parientes.  Pero alguien con muy buen ojo señaló que, en los créditos, los antílopes tenían el mismo apellido compuesto: Onyx-Antlerson.  ¿Existía en la ciudad de Zootopia el matrimonio igualitario, o era que estábamos empezando a delirar colectivamente?Oaken Pareja Zootopia

¿Y para qué una princesa lesbiana?

El problema con las indirectas en Frozen y Zootopia es el limbo bajo el que operan: las pistas están ahí, frente a los ojos de cualquiera, pero ni una mínima declaración las oficializa.  En un escueto intento por modernizarse –de forma un poco maquiavélica– Disney entierra posibles connotaciones en sus películas, y deja que la labor arqueológica de hallazgo recaiga sobre los hombros del público.  

Cuando gritamos “¡encontramos una pista!”, nos embarga la alegría por la percepción del avance y vemos a Disney con mejores ojos, mientras el estudio se va tranquilo, sin tener que admitir nada y salvándose de la controversia de ultraconservadores.

No, ya no nos caben más metáforas ni insinuaciones.  Igual que sucedió con la receta patriarcal de las princesas de antaño, el modus operandi sobre la sexualidad de sus personajes se pasó de fecha.  

Hay quienes piensan lo contrario.  Algunas de estas personas incluso dirían: “Un momento, ¿sexualidad?  ¡Qué escándalo!  ¿Cómo vamos a imponer conceptos humanos de ese tipo, sobre dibujitos animados inocentes?”

Pregunta tan puritana la debimos haberla planteado hace ocho décadas.  La animación de Disney siempre ha incluido sexualidad en sus caracterizaciones.  La Sirenita y el Príncipe Eric, Aladdín y la Princesa Jazmín, y hasta Blanca Nieves y su príncipe de cuyo nombre no tenemos la más mínima idea, son heterosexuales.  Buscan pareja, se enamoran, se besan, se casan; ¿no juega la sexualidad un papel importantísimo en todas esas situaciones de vida?  

Así, darle a Elsa una novia no significaría tocar temas que antes estaban fuera de los límites de la animación, sino actualizar su tratamiento para que reflejen las realidades de la sociedad contemporánea.

“Bueno, ¿y cuál es la relevancia de que personajes de Disney tengan caracterizaciones diversas?  ¡Acaso tienen que incorporar a todo el mundo!”

Parte crucial de entendernos, tanto individual como colectivamente, viene de exponernos a imágenes que nos representan.  Así entendemos más fácilmente quiénes somos, así ayudamos a construir nuestra identidad.  La representatividad mediática es significativa para grupos minoritarios porque permite visibilidad amplia: al explicar nuestras realidades en espacios de consumo masivo, ayudamos a pluralizar mensajes y damos la oportunidad de que grandes grupos de personas nos comprendan mejor.  

Alexis Isabel Moncada, la chica detrás del nombre @lexi4prez en Twitter, considera la representatividad como el motor decisivo tras #GiveElsaAGirlfriend.  En su ensayo sobre por qué nació la campaña, Moncada opina que la falta de diversidad en la filmografía de Walt Disney debe enmendarse pronto, a la luz del estrecho vínculo entre estas películas y el público joven.  

La Generación Z –personas entre los 13 y 20, hermanitos y hermanitas menores de millennials– es el primer grupo etario en el que más del 50% de sus integrantes no se considera exclusivamente heterosexual.  En un mundo en el que la LGBTIQfobia cobra vidas a diario, Monacada asegura que necesitamos decirles a estas niñas, niños y adolescentes que está bien si una princesa se enamora de otra princesa.  

Más personas han seguido su ejemplo, y aparte del apoyo masivo a la campaña –tan solo hace falta buscar el hashtag en Twitter– han creado #GiveCaptainAmericaABoyfriend.  

¿Irá Disney a tomar la delantera en el juego y convertir a Elsa, o al superhéroe, en sus primeras representaciones LGBTIQ?  Si nuestras pruebas son únicamente históricas, lo más probable es que no.  Después de todo, recordemos que fue hasta 2009 que tuvieron a su primera protagonista afrodescendiente, Tiana, en La Princesa y el Sapo.  

Pero el enfoque de la pregunta no debería ser si se hará realidad la inclusión, sino qué tan pronto pasará.  Al final, no hacer de Elsa –o alguna otra protagonista venidera– una representación de la comunidad LGBTIQ, significa ponerse del lado opuesto.  Ese lado que inventó el hashtag “contrarrevolucionario” #CharmingPrinceForElsa; que lanzó una petición en la plataforma ActRight, exhortando a Disney a rechazar la campaña por ser políticamente correcta –nadie nos contó que este era un nuevo tipo de delito– y, en sus propias palabras, promover la homosexualidad.

La respuesta a tal derroche de sinsentido se la dejamos a la sabiduría de Twitter:

Tweet final

 

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