¿Por qué está tan mal la sexualidad femenina? ¿La libertad femenina ¿Tenemos que mentir sobre quién somos y lo que hemos hecho para merecer amor?

Entonces, la vara es que conocí  a un mae que me encantó. Me encantó, me encantó, me encantó. Me lo imaginé, lo construí todo en mi mente, fui su diosa, unimos nuestras almas con el cosmos y regresé a la tierra.

Yo quería estar con él. Olerlo. Tocarle las manos. Mirarlo a los ojos. Respirarlo. Él contestaba que morderme, yo que me quedaría quieta. Él que soy una cabrona… Fotos, semanas, horas, días.  Pero ninguna posibilidad real de vernos aparecía nunca.  ¿Era casado pensarán ustedes? No. Soltero y muy solterito.

El problema: Una no puede ser la que toma la decisión. La iniciativa nos está vedada.

Él debe tener el poder.

Y si alguien en ésta relación espera sólo diversión, esa persona definitivamente no puedo ser yo.

Él se inmoviliza. Me odia, me ama y me desea, pero le causo nauseas. Demasiada libertad, demasiada fuerza. Vértigo. Si no tengo yo el control -piensa él- no me interesa conocerte.

¿Por qué te da miedo conocerme? Si me conocieras te darías cuenta de que en realidad no espero, ni busco nada. Pero eso lo sabés ya y ese es el problema.

¿Cabemos todos en tu cama me dijo una vez?

No cojo siempre, ni con cualquiera. Cojo con quién yo quiero cuando a mí se me apetece. Soy joven, libre, fuerte, inteligente, guapa. Soy súper selectiva. Sólo cojo con dioses. Vos sos uno ¿Cuál es el problema?

¿No podemos mostrar deseo? ¿Por qué no tengo derecho a desear?

¿Por qué celebramos la castidad como una virtud? (Hagamos acá una pequeña pausa para recordar a los castos sacerdotes abusadores de menores) ¿Y no celebramos el vigor sexual como una virtud? Manifestación de la vitalidad, medio de vida, bienestar, reciprocidad.

Desear y existir en una corporeidad sexualizada nos es negado a menos de que le pertenezca a otro. A menos que objeto. Somos madres, hijas, hermanas, esposas, amigas o putas. Se acabó.

Yo nunca quise ser una princesa.

Me acuerdo como si fuera hoy de las cortinas cerradas, una lámpara dando apenas la luz necesaria, la alfombra del cuarto azul oscuro. Ella cosía. Cosía sin parar: almohadones, que combinaban con los edredones, el mantel de la mesita de noche y la lámpara; Vestidos para la Barbie, bermudas para mis hermanos, mi bolso de primera comunión, bordado a mano, versículo bíblico en hilo dorado; El forro de la biblia de preciosos momentos. Luego vino el quilting, el punto de cruz, los cuadros en punto de cruz, pintar madera, cerámica, patos, o cerdos o gallinas, hasta canastas de mimbre. La casa era un museo kitsch a la doctrina Monroe, con tintes pink ochenteros de clase media aspiracional tercermundista. Horrible.  

Yo seguramente tenía diez años, fui a buscar a mi madre al cuarto oscuro, de la lámpara, la máquina y la alfombra azul y le dije que odiaba haber nacido mujer.

Era obviamente una desventaja. Mi destino era una tragedia. Tenía que cocinar platos espectaculares para los otros, que debían amarlos, o mi existencia no valía un cinco. Tendría que ir a la casa de las vecinas a chismear, competir y compararme. Tendría que maquillarme, ponerme perfume, sonreír, casarme bien y cuidar niños.

Mi padre por otro lado, nunca estaba en la casa. Se iba, viajaba, se maneaba a su antojo  y cuando llegaba a la casa era recibido como un dios. Lo que mi madre no podía resolver él lo resolvía. La autoridad última era la suya. Nadie se podía levantar de la mesa hasta que él terminara de comer. Luego se acostaba a ver los videos más cómicos de América y se reía a carcajadas, a carcajadas ruidosas. Era feliz. Mi madre tenía una carcajada ruidosa y hermosa también, pero se reía muy pocas veces. Leía mucho eso sí. Leía todo el tiempo que no cocía o dormía.

¿Eran mis hermanos más inteligentes que yo?  ¿Más fuertes?

Podían andar solos por dónde quisieran, eran libres. A mí había que cuidarme todo el puto tiempo. Me tenía que sentar bien. No llamar la atención. No decir lo que pensaba.

Si esa es la única manera de tener amor yo no lo quiero. El precio es demasiado alto y no voy a pagarlo.

Quiero tener derecho a desear, a pensar, a soñar y ser. Quiero vivir mi sexualidad al máximo, decir todo lo que pienso, sentarme como me dé la puta gana, ser capaz de cuidarme bien sola, no necesitar nada de nadie nunca, ser completamente independiente y libre; No pertenecerle nunca a nadie.

Ser mía, siempre mía.  

Eso no quiere decir que no pueda o no quiera amarte. Si tan sólo pudieras relajarte y disfrutar un poco… Si tan sólo pudieras dejar de tener miedo. Soy tan débil como vos y no tengo la menor idea, igual que vos. Sólo sé que las cosas tienen que cambiar, igual que vos… Ésta es mi manera de intentar cambiar el mundo.

Las chicas mienten cuando les preguntan con cuántos hombres se han acostado, para que suene a menos y los chicos mienten a la misma pregunta para que suene a más.

Yo ya estoy cansada de mentir.

¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? Dice Carver.

¿De qué estamos hablando, amor?

-Galerna

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