En el 2016, hablar sobre cultura popular es un ejercicio tan vital como cualquier otro tema de interés político.

La verdad es que no nací feminista. No me bautizaron feminista y nunca me salió un símbolo de Venus en la frente para transformarme en una guerrera feminista (aunque todavía creo que sería increíble que eso ocurriera).

La verdad es que, ahora, entiendo que me hice feminista entre leer Mujercitas y escuchar Can’t hold us down de Cristina Aguilera.

 

Desde afuera, se podría leer como la distancia más amplia que podría describirse entre dos cosas: entre la música pop y la literatura. Para oír pop no hay que hacer ningún ejercicio intelectual, leer, por otro lado, es en sí mismo un ejercicio intelectual.

No puedo estar más en desacuerdo.

El primer acercamiento que tuve a William Shakespeare fue la película 10 Things I Hate About You. Después de eso, hubo un momento en mi adolescencia en el que mi prioridad fue convertirme en Kat, el personaje de Julia Stiles: cínica, inconformista y potencialmente violenta contra el patriarcado (pero no contra Heath Ledger, nunca contra Heath Ledger). Años más tarde leí La fierecilla domada y, aún cuando pienso que Shakespeare es un autor universal, cada vez que alguien hable de esa misma obra, lo primero que voy a pensar es en Julia Stiles y en Heath Ledger.

¿Me hace eso superficial? ¿Me hace eso ignorante?

Creo que me hace como todo el resto del mundo: moldeada por los medios comunicación por mucho que no quiera.

Me gustaría decir que las balas más grandes de la revolución feminista las disparan los académicos y los intelectuales pero, cada vez que saca un disco, Beyoncé nos saca el dedo y nos prueba que en menos de una década tendremos una generación que pensará más en ella que en Simone de Beauvoir cuando se hable sobre género.

No los culpo.Yo nunca había oído nada de Chimamanda Ngozi Adichie antes de oírla metida entre el rapeo de Beyoncé en Flawless. No obstante, después de escuchar tantas veces esa canción ahora puedo citar de memoria el extracto del discurso de TED que hizo la escritora nigeriana en el 2012: “Feminista, una persona que cree en la igualdad social, política y económica de los sexos”.

Bien lo dice la escritora británica Caitlin Moran en su libro Cómo ser mujer: “El pop es la vanguardia cultural del cambio social, cualquier idea o sentimiento que empieza a calar en el inconsciente colectivo puede ser Número Uno en las listas de grandes éxitos dos meses después”. Es decir, aunque no nos guste, las imágenes que nos describe la cultura pop quedan hendidas en la memoria.

Claro, el pop nos puede hacer daño. No quiero decir que gracias a una telenovela mi tía le dice “alcoba” a los cuartos de la casa, pero ese es el tipo de cosas que pasa en cualquier casa latina que haya estado bombardeada por Televisa en la década de 1990.

Cuando hablo de qué tanto me gusta la cultura pop incluyo todos los detalles que no me gustan de ella, principalmente que promueve estereotipos que asumimos inadvertidamente como lo “normal”.

Las telenovelas validaron en Latinoamérica los celos, las gemelas malvadas y a la cintura de Thalía. Normalizaron los problemas de clase: los pobres humildes, los ricos aburridos y tristes.

Hubo un momento en el que leer tabloides era un ejercicio frívolo. No creo que ese sea el caso en el presente: vivimos en un momento en el que es tan necesario saber sobre el golpe de Estado en Brasil como saber sobre qué está pasando con la familia Kardashian.

Tan importante es saber cuáles series de televisión fueron canceladas la semana pasada en Estados Unidos, como saber por qué demonios en la tele nacional se nos está muriendo el formato de revista matutina. Son cosas que, lo queramos o no, afectan la manera en que vemos el mundo.

La cultura popular es tan política como lo es cualquier otra cosa, para bien y para mal.

Así que no se sientan mal por leer chismes de farándula, ver reality shows, oir pop manufacturado y ver cine comercial.

Esta es la lección de oro: los medios de comunicación nos podrán imponer una agenda de temas en los cuales pensar pero, con curiosidad y una conexión a Internet, no nos pueden imponer cómo pensarlos.

Y eso es exactamente de lo que escribo cuando escribo de cultura pop.


Imagen de portada: Tom Eversly

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