Tras la etiqueta de “ideología de género” se oculta un debate mayor: entre los derechos y los privilegios.

“La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio. Porque Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión. Pero se salvará engendrando hijos, si permaneciere en fe, amor y santificación, con modestia”. San Pablo: carta a Timoteo 2:11-15.

“Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Declaración Universal de los Derechos Humanos: art. 1

Unos hombres y, otras, mujeres. Unos negros, otros blancos. Gordos, flacos. Ojos verdes, azules, cafés. Somos distintos. Diferentes. Diversos. Pero una cosa son las diferencias y otra cosa es la desigualdad que surge cuando, sin razón válida, alguna diferencia sirve para que se nos otorguen determinadas ventajas o desventajas frente a otras personas o grupos.

Desde siempre la humanidad ha sabido construir y perpetuar desigualdades: de riqueza, de status, de poder. Estas se han justificado siempre con base en alguna diferencia que intenta darles sentido: de nacionalidad, étnicas o raciales, de género y, claro, económicas. Así se generan élites y estructuras de poder que definen y reproducen el statu quo de la sociedad.

Pero también desde siempre, se han gestado luchas que cuestionan y combaten estas desigualdades, avanzando hacia la consolidación de algo que llamamos “derechos” y que básicamente significa que, en tanto personas y en tanto ciudadanos, no podemos algunos tener derechos que les negamos a otros.

¿Derechos VIP?

Estemos claros: cuando tenemos un derecho que no compartimos, lo que en realidad tenemos es un privilegio. Mantener una especie de “derechos VIP” que solo aplican a algunos, implica categorías de humanos privilegiados frente a otros discriminados, lo que niega la idea misma de los derechos humanos.

Mariage du Duc de Bourgogne 1697, Wikimedia Commons

Cuando las personas blancas son libres y las negras esclavas, el derecho a la libertad es un privilegio. Cuando los hombres pueden votar y las mujeres no, el voto es un privilegio. Cuando una pareja puede andar tranquilamente de la mano y otra no, las muestras públicas de afecto no son un derecho, son un privilegio.

En este tema, el siglo XX fue un parteaguas: fue el siglo de los derechos humanos, el siglo en que se consolida cultural y normativamente la idea poderosa de que la humanidad se reconoce a sí misma como tal. Hay derechos que merecemos – todas las personas– por el mero hecho de ser humanos.

Así, por ejemplo, en muchos países se dieron enormes avances contra el racismo: no más segregación, no más prohibir la unión entre parejas interraciales, no más discriminación ante la ley. Aún falta y mucho, la desigualdad continúa y sigue la lucha, como denuncia el movimiento #BlackLivesMatter.

También se han logrado grandes avances en términos de los derechos de las mujeres y la lucha contra ese patriarcado que ha caracterizado a todos los tipos de sociedad que conocemos. Han sido patriarcales los grandes imperios, las sociedades feudales, las monarquías nacionales, el capitalismo en todas sus versiones y hasta los fallidos intentos de sociedades socialistas.

Fue hasta el siglo XX que las mujeres lograron ciudadanía plena en la lucha por sus derechos, en una lucha que también sigue inconclusa, como se revela en las desigualdades de ingreso, de acceso laboral y de posiciones de mando, en la normalización de la agresión, el omnipresente acoso y las muertes cotidianas de mujeres a manos de hombres que revientan en los gritos de #MeToo y #NiUnaMenos.

Nascita di Venere, Sandro Botticelli, Wikimedia Commons

Finalmente, fue el siglo del amor: desde el Make Love Not War de los años sesenta hasta el más reciente #LoveIsLove. Este denuncia la dramática discriminación que han sufrido las poblaciones sexualmente diversas: homosexuales, bisexuales, personas trans o queer cuya vivencia sexual y de género no se conforma con los patrones establecidos y que, por ello, se han visto obligadas a llevar una vida oculta, disfrazada, amenazada y agredida. No hay exageración posible: en muchos países se les siguen negando derechos básicos y en algunos todavía se les persigue como criminales, o se les asesina.

Derechos, privilegios y poder

El camino a seguir en el siglo XXI parecía casi obvio: se trataba de completar y consolidar la igualdad de los derechos. Que todas las personas, por el mero hecho de serlo, fueran realmente tratadas como semejantes. Y, sin embargo, lo que hemos visto en estos primeros años del siglo XXI es una enorme resistencia a las luchas feministas y a las luchas por la igualdad de derechos a las poblaciones sexualmente diversas – y hasta una absurda lucha contra la educación sexual. ¿Por qué?

¿Quién querría oponerse a la igualdad de derechos? Suele decirse que otorgar derechos a quienes no los tienen no reduce los derechos de nadie, pero ¿será tan inofensivo? Recordemos que un derecho que excluye, es un privilegio. La lucha por la igualdad de los derechos es, en consecuencia, una lucha por el fin de los privilegios… y eso ya no resulta tan inofensivo. Perder privilegios es perder poder. Y el poder, al contrario de los derechos, sí que es un juego de suma cero: no es posible darle más poder a alguien sin reducir el poder de alguien más.

Si en las relaciones de pareja el poder lo tiene el hombre, eso de “empoderar” a las mujeres no podría lograrse sin eliminar ese privilegio, ese poder de “jefe de hogar” que históricamente se definió masculino: el fuerte, el proveedor, el poderoso. Lo mismo pasa en el mundo del trabajo, en la oficina – terreno del poder masculino por antonomasia – y en la política. Cuando la igualdad de derechos cambia los colores del poder, cuando cambia el género del poder, sería ingenuo no esperar reacciones. Reacciones fuertes, como en toda lucha por poder.

Tal es el triángulo que encierra esta discusión: derecho/privilegio/poder. Cuando un derecho es excluyente, constituye un privilegio; el privilegio es resultado y fuente de poder. Por eso la igualdad de derechos resulta subversiva: elimina privilegios, redistribuye el poder.

En el fondo no se trata más que de responder una pregunta simple: ¿quién manda aquí? ¿quién manda en el estado? ¿quién manda en la oficina? ¿quién manda en la iglesia? ¿quién en la casa? Y, más que eso, quién define cómo se entiende y ejerce ese poder. Visto así, es fácil entender la resistencia: democratizar los derechos es cambiar el balance de poder, es subvertir el orden establecido. Es una acción que no es insignificante ni pequeña, y trae, como siempre, una reacción.

O jantar. Passatempos depois do jantar Jean-Baptiste Debret, Wikimedia Commons

La reacción: el poder de los patriarcas

Por cada #BlackLivesMatter surge un grupo de racistas blancos gritando #AllLivesMatter. Por supuesto que sí, nadie niega que todas las vidas sean importantes, pero igual que los esclavos eran negros, hoy son vidas predominantemente negras las que caen a manos de armas protegidas por el sistema.

Por cada #NiUnaMenos o #VivasNosQueremos, surgen grupos fundamentalistas que rezan #NadieMenos, como si no fuera abrumador el número de feminicidios – mujeres asesinadas por ser mujeres. Peor aún cuando gritan #Feminazis o #FeminismIsCancer. Y por cada #LoveIsLove, alguien se rasga las vestiduras ante la insolencia de quienes se niegan a vivir su amor en privado. Así se juega la batalla, en cada hashtag, en cada marcha, en cada noticiero, en cada beso, en cada sermón.

La reacción contra el feminismo – y contra los derechos de las poblaciones sexualmente diversas – ha sido liderada por grupos fundamentalistas religiosos y, en particular, por las fuerzas más conservadoras de la Iglesia Católica. ¿Por qué?

Creación de Adán, Miguel Ángel, Wikimedia Commons

Las Iglesias basan su poder en la figura del dogma incuestionable, en una autoridad absoluta y absolutamente compenetrada con el statu quo. Generan y dependen de feligreses cuya obediencia sea absoluta. Resquebrajar esa obediencia es minar la autoridad de la jerarquía de la Iglesia y por ende su poder, un poder que va de lo más público – del Estado y la política – a lo más privado: nuestras vidas, nuestras mentes, nuestros cuerpos.

Aunque la Biblia dice que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza: “macho y hembra los creó”, por siglos la Iglesia nos ha vendido la imagen de un Dios Hombre, sobre la cual se monta y reproduce una estructura profundamente patriarcal: Dios es Padre y no Madre y son padres también sus representantes en la tierra.

Eva prueba la manzana, fruto prohibido, para alcanzar el conocimiento: rompe las reglas. El castigo para ella y para todas las mujeres fue quedar sujetas al poder y disfrute del hombre: “A la mujer dijo: con dolor darás a luz los hijos; tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti”. (Génesis 3:16)  

Las escrituras son abiertamente misóginas. Nos hablan de mujeres inferiores, sumisas, pertenecientes a otros, no a ellas mismas. De mujeres que son puras porque son vírgenes. María concibe un hijo sin pecado y es además ella misma sin pecado concebida. Es pura porque es casta, es santa porque es virgen. La sexualidad de la mujer se iguala con suciedad. Su cuerpo sirve como instrumento, como pretexto. Ni pensar en decirle al Arcángel #MyBodyMyChoice, ni a la culebra #NoMeansNo.

La Anunciación, Leonardo DaVinci, Wikimedia Commons

Y es precisamente contra esta sumisión que lucha el feminismo y, al hacerlo, su lucha por la igualdad de derechos estremece los cimientos de las jerarquías patriarcales.

La etiqueta maldita: “ideología de género”

El poder no necesita razones, necesita símbolos, temores y – claro – fuerza. Por eso, frente a los avances de las luchas por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, o de las poblaciones sexualmente diversas, los fundamentalismos conservadores han echado mano de una vieja noción convertida en nueva etiqueta – la “ideología de género” – para conjurar viejos temores asociados con todo tipo de perversiones.

Citando al Papa Benedicto XVI (Joseph Razinger), la Conferencia Episcopal Costarricense dice que la “ideología de género” puede ser definida como “una nueva filosofía de la sexualidad” que niega la diferencia y complementariedad entre varón y mujer, y así, “el sexo ya no es un dato originario de la naturaleza (…) sino un papel social del que se decide autónomamente” (ver referencia 1).

Pero también lo ha dicho así el Papa Francisco: “En Europa, América, América Latina, África, en algunos países de Asia, hay verdaderas colonizaciones ideológicas. Y una de estas —lo digo claramente con «nombre y apellido»— es el género. Hoy a los niños —a los niños— en la escuela se enseña esto: que cada uno puede elegir el sexo. ¿Por qué enseñan esto? Porque los libros son los de las personas y de las instituciones que dan el dinero. Son las colonizaciones ideológicas, sostenidas también por países muy influyentes. Y esto es terrible” (ver referencia 2).

Aparte de lo paradójico que nos pueda resultar escuchar a la Iglesia Católica hablando contra las “colonizaciones ideológicas”, la acusación es completamente absurda, pero ha escandalizado a muchos creyentes que, como creyentes, se la han creído. Los ataques no paran ahí.

Se habla de una “dictadura de género” que tendría una agenda oculta para promover el homosexualismo, la masturbación, la pedofilia, necrofilia, zoofilia, coprofagia, canibalismo, pornoterrorismo… en fin, se nos dice que los “ideólogos del género” son, básicamente, unos depravados que pretenden corromper a nuestra niñez y destruir la familia.

Pero, ¿por qué alguien querría destruir a la familia y corromper a la niñez? Según los autores fundamentalistas, tal perversión es el resultado de una conspiración de la “nueva izquierda” o “marxismo cultural”, cuyo fin último sería la destrucción de nuestras sociedades capitalistas occidentales, pero ya no mediante la revolución proletaria, sino por una nueva e ingeniosa vía: la corrupción moral de la sociedad (ver referencia 3).

Estas acusaciones no tienen nada que ver con lo que realmente promueve el feminismo, lo que persiguen los grupos de diversidad sexual y, mucho menos, lo que promueven las diversas agencias de las Naciones Unidas a las que los fundamentalistas ven como la personificación del mal y cuyo gran pecado es promover la consolidación de los derechos humanos en el mundo.

Pero reconozcamos que en algo no se equivocan los fundamentalistas críticos de los derechos humanos, y es cuando dicen que de lo que se trata es de subvertir el orden establecido. Por supuesto que de eso se trata, pero ¿será eso tan terrible? Eliminar privilegios, generalizar derechos, cambiar los balances del poder, cuestionar las jerarquías: sí, pero no para generar caos ni promover perversiones – como se dice – sino para construir sociedades más justas, donde todas las vidas valgan lo mismo y todas las personas tengan los mismos derechos.

Educar para la obediencia o educar para la libertad

Como era de esperar, los programas de educación para la afectividad y la sexualidad se han convertido en uno de los objetivos más apetecidos de estos grupos fanatizados que, con slogans como #AMisHijosLosEducoYo y #NoTeMetasConMisHijos, se han matriculado con fervor en una cruzada que sataniza la sexualidad, el placer y el cuerpo; y que pretende negarle a nuestras niñas, niños y jóvenes la oportunidad de recibir educación sexual y afectiva en sus centros de aprendizaje.

El Jardín de Las Delicias, Hieronymus Bosch,  Wikimedia Commons

Por lo general, los programas de educación sexual están diseñados para que las y los estudiantes puedan aprender a dar y recibir afecto; a disfrutar responsablemente de la sexualidad sobre la base del respeto mutuo; aprender que las relaciones afectivas no deben ser relaciones de poder y dominio sino de convivencia entre iguales.

No se borran – como se ha dicho – las diferencias entre mujeres y hombres, pero sí se busca transformar los roles de género para librarlos de su carácter machista y autoritario y convertirlas en verdaderas relaciones de amor, respeto y disfrute mutuo. Y, sobre todo, se trata de aprender a respetar la forma en que cada uno decida vivir sus afectos y su sexualidad, siempre que no lastime a otras personas.

La educación cumple dos fines aparentemente contradictorios: debe, al mismo tiempo, preservar y transformar la sociedad. Debe preparar a las nuevas generaciones para funcionar bien en el mundo, respetando las normas vigentes y utilizando adecuadamente las instituciones; pero, simultáneamente, debe formarlas con la criticidad suficiente como para cuestionar y reformar esas normas e instituciones y construir un mundo mejor, una humanidad mejor.

Los conservadores, que desean mantener inmutable el mundo en que vivimos, privilegian la obediencia ciega a la autoridad, a la verdad única, al dogma. Su herramienta favorita es el miedo: que los jóvenes “se porten bien” por temor al castigo. Quienes entendemos la educación como una vivencia que forma para el ejercicio responsable de la libertad, apostamos más bien por la curiosidad, el respeto y la razón.  Se trata de aprender a hacer lo correcto porque nos parece correcto, no por temor a un castigo ni para recibir un premio.

Quien prevalezca en este campo de batalla ganará la batalla por el futuro. Retomando a Quino podríamos decir que la elección es clara: para algunos, la educación debe producir Susanitas y Manolitos; nosotros queremos más bien Mafaldas y Libertades.

No es cuestión de fe, sino de amor

No caigamos en la trampa. Esta no es una discusión entre creyentes y no creyentes; es una lucha por reconocernos como iguales en lugar de perpetuar los privilegios de unos pocos.  Es una discusión sobre cómo vamos a tratarnos y cómo vamos a convivir: defendiendo juntos derechos para todos, o cada uno cuidando su propio privilegio. Queremos construir una sociedad justa e igualitaria o una sociedad que perpetúe el statu quo de la discriminación.

De eso se tratan los derechos humanos. De compartir como iguales, como hermanos. Esto pone en evidencia la paradoja fatal de los grupos fundamentalistas pues, en esencia, el mensaje cristiano es uno de amor al prójimo. Amor sin etiquetas y libre de los prejuicios.

Amar a todos: a los ladrones, a los enfermos, a los míos, a los otros, a las putas, a los curas, a los playos y a los niños. Amar a las mujeres, a los pobres, a los que se equivocan porque son humanos. Por el contrario, quienes recurren a la etiqueta de “ideología de género” lo hacen como parte de un intento muy poco cristiano por desconocer y deshumanizar al otro, por no ver a la persona, sino a la feminazi, al pervertido, al enemigo… ¿al demonio?
La regla de oro de la convivencia humana – tratar a los demás como querríamos ser tratados – tiene un claro paralelo en el pensamiento cristiano: “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado. En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros.” (Evangelio según San Juan 13: 34-35). Lo que nos dice el evangelista, si se nos permite la traducción al Siglo XXI, no es más que #LoveIsLove.

Jesús, Mosaico en Iglesia de Cambridge por Petr Kratochvil, Free Stock Photos

Referencias

1 Papa Benedicto XVI: Discurso a la Curia Romana con motivo de las felicitaciones de navidad, 21-12-2012, citado en el Comunicado de la Conferencia Episcopal de Costa Rica sobre la “Ideología de Género”, 2-10-2017.

2 Papa Francisco: Discurso del Santo Padre, Encuentro con los Obispos Polacos, Catedral de Cracovia, 27-07-2016  

3 Cfr. Márquez, Nicolás y Agustín Laje: El libro negro de la nueva izquierda, Grupo Unión, Buenos Aires, 2016

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