En la que Lupe recuerda la última vez que tuvo sexo enamorada.

La última persona de la que me enamoré está preparando su matrimonio. Digo preparando sin saber absolutamente nada, realmente es mi cabeza la que imagina planes que a él jamás se le ocurrirían —hortensias, un traje de corbatín, una pequeña gran boda en medio de la maleza de una finca—; que se verían ridículos a la par de las botas bruscas que solo se quitaba para coger y para dormir.

Dormíamos mucho, piel a piel. En posición de cucharita, su nariz apretada contra mi cuello, el brazo móvil acariciándome las tetas. En posición horizontal, para evitar el calor, una de mis manos acunándole un huevo. El sexo era el foreplay del sueño. Nos apasionaba olernos y lamernos hasta el anverso de los codos. Cumplimos con todos los excesos íntimos de dos personas que apenas se están conociendo.

Me parece que, en el primer trimestre de su gestación, el amor es tan pero tan pequeño que cabe entre las cuatro esquinas de una cama. Las camas, la de él y la mía, tenían la fuerza de gravedad que no tenían el trabajo, los amigos ni el futuro.

Él siempre estaba presente cuando se trataba de tocarnos. Yo decía que estaba allí, pero mis pensamientos se aceleraban en una película sublimada de momentos que podrían haber ocurrido —la adopción de un gato, los vinitos en una exposición de arte, una tarde de lluvia en las cobijas—; que tal vez, ahora, ocurren sin que yo esté ahí para vivirlos.

Ilustración por Claudia Quesada.

Viví casi tres meses practicando la proyección astral cuando cogíamos, una parte de mí tenía orgasmos y la otra anidaba en el futuro imposible.

Estaba conforme, según yo, con poder leerle la mente. No de forma literal, nunca se formaron en mi imaginación las palabras que salían de su boca. Dormir con él era como asomarse por una rendija y ver un torbellino de imágenes borrosas, sentirlas intercalarse en las sensaciones de mi propio cuerpo: el miedo a estar estancado en su trabajo, sus ansias de cogerme con violencia y, ya después, el miedo a estar estancado conmigo. Nos parecíamos mucho.

Sentía que podía ver —de la misma forma difusa en la que creía ver todo lo demás— la trayectoria de sus ideas hasta sus actos. Usaba mi supuesta ventaja para provocarlo.

Dos días antes de nuestro primer beso tuve un sueño mojado. Lo vi de rodillas, la boca sumergida en la calidez húmeda y absoluta de mis labios, las manos rígidas anclándome las piernas a la cama, los ojos feroces con hambre. Al despertar pensé que era una premonición, aún cuando fuera una muy inútil porque nunca íbamos a tener una relación amorosa que no fuera un fuego cruzado por nuestros trabajos, la distancia de nuestras edades e, incluso, nuestros pésimos hábitos.

No me sorprendí cuando nos besamos borrachos y dijo que iba a herirme. Tiramos una moneda para decidir si él debía o no subir a mi apartamento. La moneda cayó tan lejos que ahí mismo la dejamos, pero aunque la hubiera visto caer mal él siempre habría subido.

Esa noche dijimos que solamente íbamos a dormir juntos y yo, en un arrebato de inspiración, fui al baño como una excusa para dejar la ropa allí y entré desnuda a la cama. Lo tuve entre mis piernas como en la premonición, dedicado, con la misma paciencia con la que lo soñe, a absorberme entera con su lengua.

Me desplomé exhausta, después de haber eyaculado por primer y última vez (con él, al menos). Me asusté porque creí que había perdido el control y me había orinado. Cuando lo corrí del colchón para cambiar las sábanas se rió de mí, con sorna, como una persona mayor que ha vivido las mismas cosas una y otra vez, para quien ya no hay sorpresas.

Ilustración por Claudia Quesada.

Entendí muy tarde que era un hombre que creció de forma involuntaria pero que no había podido desprenderse del misticismo de las mujeres a su alrededor, la madre, la hermana, las exnovias.

Como pasatiempo, me aprendí de memoria el nombre de las otras, en orden cronológico, con especial predilección por la historia de la artista que casi el rompió un plato en la cabeza. Hubo un momento, en los días que más tiempo pasamos juntos en la cama, en el que sentí que yo también había terminado con ella.

Di por un hecho que si yo era un parásito místico de su cabeza, él también lo era en la mía. No me molestaba en explicarle por qué actuaba así o de otra forma, imaginé que también a él le bastaba con sentir mi piel por las noches, pero la conexión era, en realidad, muy frágil.

Él no se percató cuándo me removí de sus pensamientos. Fue una cirugía rápida y silenciosa. En las siguientes semanas, terminar fue como si hubiese sido su idea desde un principio, aún cuando yo lo provoqué para que fuera por mensajes de texto. No habría tolerado que me viera llorando como lo hice, con las manos envueltas en rollos largos de papel higiénico (triple hoja, por lo menos).

Fue precisamente cuando limpiaba los bodoquitos del papel que tuve la revelación de que, aparte del espacio mental abarrotado en una parte de mis recuerdos, nunca dejó huella física alguna en mi apartamento.

Ni un cepillo de dientes, ni un desodorante, ni una fotografía. Ningún presente que lo hubiera mantenido allí —casado o no— en el futuro y para siempre.

Besos, Lupe.


Ilustraciones por Claudia Quesada.

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