En la segunda edición de Cogeciones, Lupe cuenta la conmoción que causa la intimidad mediocre.

Llevo un año de sentirme como una alienígena cuando cojo. Supongo que así se siente olvidar algo que se da por sentado: como un día saber hablar una lengua materna y al otro despertar sin rastro de ella.

Ahora, cuando me masturbo, siempre estoy intentando imaginar cómo era lo que tanto me gustaba de compartir con otros cuerpos. No consigo recordarlo.

No es fácil escribir sobre sexo pero siento que siempre es más fácil escribir de él cuando es bello: cuando nadie huele extraño, cuando las manos calzan en los lugares correctos, incluso cuando hay un codazo peligroso en la nariz pero la confianza es suficiente como para reírse mientras se busca hielo.

Escribir sobre el mal sexo tiene que ver con la congoja de admitir que me dejé tocar el cuerpo progresivamente mal hasta que, un día, me dejé tocar mal el ano.

Antes de eso, estaba convencida de que el mal sexo y la buena conversación eran una combinación que podían funcionar si alguno de los dos —obviamente yo— bajaba sus expectativas.

No me imaginé que iba a tener que bajarlas cada día un poco más, hasta darme cuenta que coger era la peor parte de la relación. La mejor parte era enviarnos mensajes de texto (aunque también eso se fue arruinando).

Varias veces, frené esa mecánica obsesión con manosearme los pezones como si fueran una caja de cambios.

Alguien les enseña a los hombres que las tetas solo se activan si juegan con los pezones como si fueran una palanca y creo que, para cuando cumplen 28 años, ya es muy tarde cuando una intenta corregirlos. Para la tercera vez, ya lo dejé hacer como él podía porque me di cuenta que no quería hacer otra cosa.

Eso sí, cada vez que terminábamos de coger, lo dejaba descansar a mi izquierda y yo me ocupaba en cerrar los ojos para dibujar nuestros cuerpos moviéndose en cámara lenta, jugada por jugada.

Mi preocupación inmediata era que la penetración era muy rápida para mí, que no tomábamos ningún ritmo. Eyaculaba por acto reflejo. Nunca lo sentí temblar.

Un día le dije: “Decís que te vas a venir con la misma emoción que uno avisa que viene llegando el bus a la parada”.

Él no se rió, no dijo nada.

Ilustración por Claudia Quesada.

Un día le pedí sexo oral porque nunca me lo había ofrecido. Me abrió las piernas y bajó con la lengua apurada.

Fingí que me gustaba pero ni siquiera pude hacer el sonoro performance de un orgasmo mitad real/mitad fingido porque ya estaba descansando sobre mi hombro izquierdo.

Este hombre era bruto. No sabía identificar el placer de mi aburrimiento, mucho menos de mi frustración.

Busqué consejo con amigos que me decían que cortara la situación antes de que se agravara. La verdad es que yo quería que se volviera grave: sentía que si teníamos mal sexo era porque todavía no existía la intimidad suficiente como para que fuera bueno.

Antes de vernos, me excitaba mucho enviándole mensajes y fotografías, porque me preparaba para el mejor escenario posible.

Cerraba los ojos y nos veía en cámara lenta, jugada por jugada. Estaba segura de que si continuaba haciendo lo mismo, finalmente iba conseguir un resultado diferente. Era una cuestión de hacerlo sentir cómodo, conectado conmigo.

La última vez, yo subí a su cuerpo para ver si en ese lugar iba a poder liberarlo. Pensé que no era necesario que me penetrara porque, desde allí, yo podía besarlo, tocarlo y encontrar sola el ritmo que nos hacía tanta tanta falta.

Estaba concentrada en su boca cuando su mano se deslizó por mi espalda con la intención robótica de tocarme como si entre mis nalgas hubiera una máquina cualquiera, un vulgar artefacto. Lo hizo dos veces, como quien presiona un pito que no suena.

Se me ocurrió preguntarle si sabía qué estaba haciendo. Intenté hacer la pregunta sexy, gemírsela en la oreja, pero creo que tenía tanta cólera que me salió un reclamo ladrado.

Lo sentí retroceder tímido, hacia ese lugar en el que eyaculaba demasiado rápido y me babeaba las orejas cuando le pedía que me mordiera el lóbulo. Debajo de mí, lo sentí encogerse y yo me encogí como él. Nos acurrucamos en forma de cucharita.

Ilustración por Claudia Quesada.

Esta no es la historia de cómo terminamos, pero es la historia de cómo me dejó de gustar por completo. Hasta ahora, nunca se la pude contar.

Con un año nuevo para coger más y coger mejor, pienso que me debería convertir en una amante más generosa y más dedicada.

También pienso que como no cojo sola, mi más profundo deseo es que los demás también quieran ser esa clase de amantes porque si no me van a seguir tocando mal el culo.

Besos,

Lupe.


Ilustraciones por Claudia Quesada.

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