Todo

Cucharas de plástico mojadas con azúcar, pantalones azules flojos, cejas oscuras y caderas de señora. Buscar una rasuradora, decir que la regla me vino, no darle un beso a nadie hasta los 15, ser la fea del grupo de amigas porque así ellas lo quisieron.

 

No tener una mejor amiga, llevarme mejor con los hombres, oír que dicen mi nombre. Espejos que me ensanchan de nuevo la cadera, pelo que no es perfecto y uñas sin pintar. No tengo base ni polvos de maquillaje. No tengo escotes ni shorts. Odio el azul en mí. Darme cuenta de que mi tiroides se quedó sin producir. Nada.


Ensalada de frutas

 

Doña Marielos se ponía leche de magnesia en las axilas, frente a nuestras narices, mientras hacíamos el dictado del día. Su pelo era corto y tenía unos anteojos con marco rojo. Doña Marielos organizaba siempre refrigerios que no me gustaban; organizaba meriendas compartidas.

 

No me gustaban, les tenía fobia. Me daba miedo que nada me gustara y tener que decir no, no quería porque qué asco. Tenía un miedo más grande y era verme obligada a comer una ensalada de frutas. Frutas partidas y revueltas, mezcladas entre sí y generando esta agua colorida llena de sirope.

 

La sandía excesivamente madura, convergiendo con el banano ya pasado por horas de haberse picado. ¿Qué hay de delicioso en eso? Y peor aún: por qué alguien mezcla tantas cosas, es más información que un mural sin paleta de colores equilibrada.

 

Mi mamá se veía obligada siempre a responder las inquietudes. Por qué Andrea no come esto, qué le pasa con lo otro, dejó el perro caliente, no se comió las papas fritas con salsas.

Era todo un cuestionamiento; ya era una costumbre verme señalada por mi estatura, mi contextura y mi personalidad.

 

Yo solo era la niña cejuda pequeña que no comía papas fritas con salsas encima, odiaba mezclar frutas y no soportaba el fresco de cas: todo era un revoltijo. Y yo estaba bien con eso, y mi mamá también. Cosas que solo se toman en cuenta años después.

 

No quiero ir al baño

 

La hermana Ivannia fue mi profesora monja preferida de la escuela. Solía inventarse historias de miedo, se reía cada vez que yo imitaba para ella el acento uruguayo de mi papá y me dejaba sentarme en el piso. Mi uniforme de la escuela era un jumper y cada vez que quería sentarme en el suelo tenía que cuidarme de las miradas de las monjas y profesoras perturbadas porque las señoritas no se sentaban en el piso si no era con pantalón.  

 

Pero doña Ivannia nunca me regañó. Muchas veces ignoré lo que me decían y me limpiaba  las rodillas para que no se asociaran con el piso sucio. Me daba miedo tener que ir a limpiarme en el baño. En las reuniones de papás, contábamos historias de miedo y me decían que asustaban en los baños, que se aparecía una monja.

Me daba miedo. Nunca había papel y las puertas eran de metal. Los paletones del jumper me llegaban por las rodillas: era un metro veinte de altura con más tela que cuerpo y más miedo que seguridad.

 

En la escuela solo tenía miedo y ya no quería sentirme mal.

 

 

Rojo tiroideo

 

Me vino la regla en la casa de mi tía. Antes de eso el único rojo que había tenido cerca era mi blusa de corazones roja con blanco. Supe que tenía que pedir toallas, y llamar a mami para que me recogiera y me diera algo para el que entonces no sería un dolor de estómago.

 

En el colegio solía irme a comprar un helado cada vez que salía. No me iba caminando en los inicios que estuve en el colegio, si no en buseta. A mi papá le daba miedo que yo me fuera en bus y no me dejaba usarlo. Don Alejandro era el chofer de la buseta que me esperaba a las tres de la tarde a las afueras del cole.

 

De vez en cuando me compraba un jugo néctar de frutas y una repostería, y me decía que tuviera cuidado al cruzar las calles. El problema no era con don Alejandro; el problema era que yo quería irme caminando como mi hermano, pero mi papá tenía miedo de que me pasara algo. El problema fue la sobreprotección.

 

La regla me dolía, siempre. Entonces me salió un quiste en la garganta. Todos pensaron que era culpa de mi tiroides, y no. Mi papá sustituyó un miedo por otro. Pero todo fue muy rápido y de tanto desmayarme antes de que me viniera la regla, y de tanto cansancio, soy una hipotiroidea con ovario poliquístico que planifica desde los 16 y va a al doctor cada seis meses para revisión.

 

Eutirox de 50 mg y Belara. No uso mucha ropa roja, creo que asi se ve por dentro mi tiroides. Roja pero seca, y sin nada. Antes de la regla lo único rojo que había tenido eran las gotas de sangre de cuando me caía por patinar y la blusa de corazones que dejé de usar porque me dijeron que me veía pola.

 

 

Hoy

 

Fui a comprarme un brassier y no había de mi talla. No encontré. No hace falta decir qué talla era. Solo no encontré. Después me quise comprar un pantalón y tampoco lo logré. No encontré, nada me quedaba. Me acordé de cuando mi mamá me mandó a hacer pantalones en la escuela y todo me quedaba flojo. Parecía que tenía diez kilos de más. Me acordé de que verme en el espejo me frustra, las voces de los demás opinando aparecen y mis ojos comienzan a llorar.

 

No uso short desde la vez que me dijeron que tenía mucho trasero para usarlos, y me siento mal de ver que no se me ven bien.

 

Hay días cuando se me olvidan las pastillas de la tiroides y me canso demasiado.  No he vuelto a andar descalza cuando me viene la regla porque me han dicho que se hacen marcas en la piel.  Sé que tengo estrías y marcas que me dividen el cuerpo. Muchas veces no disfruto andar en ropa interior porque es un miedo eterno a no gustarme y no saber qué hacer.

 

El color rojo ahora siento que se me ve bien. Dibujo cuerpos desnudos porque me gusta admirar lo que se es. He vuelto a comer mejor, y a veces me interesan de nuevo las frutas.

Aún tengo más amigos hombres que mujeres.

 

Me siguen acosando en la calle, cada cinco minutos siento una mirada si voy por la avenida. El señor del bus me miró  feo el otro día y le dije algo, pero me gritó en frente de todos. A veces me da miedo defenderme, porque una nunca sabe. A veces me da miedo caminar, porque una ya sabe.

 

No quiero hacer listas de relaciones, ni ponerme a pensar si lo que hice con alguien me etiqueta como algo que no sea mujer fuerte e independiente. Evito que me llamen por la letra zeta. Evito que me terminen con -uta.  No quiero que me juzguen.

 

A veces solo quiero tener el hoy, sin tanto condicionamiento represor hacia mí.

A veces quiero ver el cielo y no cuestionarme si lo que hice estaba bien, o me dejaba mal frente a gente.

A veces no quiero decir algo. A veces prefiero callarme.

A veces me dan ganas de devolver el tiempo, y decir que lo que me dijeron estuvo mal, y que me encerraron, me castigaron.

 

Siempre quiero sentirme no condicionada.

Siempre quiero ser mujer.

Siempre quiero sentirme segura.

 

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