Pan es un dios olvidado, un buen desayuno o el sonido que hacemos a veces cuando tarareamos una canción. Para Vacío, Pan es una columna en la que artistas, escritores y escritoras experimentan con palabras, imágenes y formas.

What if Christmas didn´t come this year

And no one paid for Christmas cheer?

Primus
“To Defy The Laws Of Tradition”

1.

A, mi hija mayor, le arrebata la chupeta a C, su hermanita de tres meses. A sabe que no lo puede hacer, se lo hemos dicho varias veces. —A, —le digo—eso no se hace, te lo he dicho varias veces—. Entonces levanta la chupeta en el aire, sosteniéndola con su mano  pequeñita y preciosa, y la sacude de un lado al otro frente a mí. Luego, lentamente y sonriendo con los ojos un poco achinados, se la mete a la boca y me mira fijamente.

A, —le digo— cuántas veces te he dicho, que eso no se… —y me interrumpe mientras se la saca de la boca nuevamente, me la enseña y luego la tira en la esquina, al otro extremo del cuarto. Desafiante me sonríe desde sus noventa centímetros, y se queda mirando hacia arriba, probándome, tanteando el umbral de la educación, de la edad, de la disciplina, de la frustración o la resignación, que son todas la misma cosa con diferente nombre. La escena termina cuando, vencido, me levanto a recoger la chupeta y de camino, descalzo, majo un Lego que se me incrusta hasta el alma y me arranca un alarido, y entonces, al renquear de costado, herido de muerte, termino golpeando el dedo pequeño del pie contra la pata de la cama. A llora, C llora, yo lloro. En ese momento, M mi esposa, me dice que de nada sirve tirar la ropa sucia justo al lado de la canasta, que no se va a meter adentro sola y la escena familiar termina así. Nadie me preparó para esto. Respiro hondo e intento dejar que todo pase, pero nada pasa. Todos en casa pegan gritos. Sánchez, mi perro fiel, ahora transformado en Cerbero perro del Hades, aúlla con un llanto que pertenece más al inframundo que a este. Su quejido se esparce por los pasillos y sale a la calle, al barrio. Conforme avanza, la estela de su llanto va dejando decenas de golondrinas muertas a su paso, o algo así.

2.

Desde que nació C, A quiere llamar más la atención. Nada del otro mundo, digo, es natural supongo, o al menos eso dice mí Guía de Paternidad para Idiotas que compré en el Auto y que naufragó en mi mesa de noche con el marca-libro en la página 12. Justo al margen del subtítulo  dice: “como establecer lo que son los límites”.  Es que no es fácil. Por ejemplo, el otro día A brincaba en la cama justo al lado de su hermana menor. Daba saltos inexactos, poco precisos, como cualquier niña de tres años, jugueteando a escasos milímetros del accidente y las puntadas. Le pedí tres veces que no lo hiciera, le pedí una vez, luego otra y luego otra. Acudí entonces a la inútil, pero recurrente cuenta numérica y no regresiva. Le dije:

A, a la una,

— A, a las dos,

— A, y a las… dos y medio, dos tres cuartos…diecisiete dieciseisavos…—le dije para confundirla, pero nada funcionó.

Quiero que frene ese berrinche, quiero que se congele ese pataleo, ese llanto fuerte mientras sacude sus extremidades, mientras nada en aire, mientras nada en nada. Es entonces que mi cerebro envía una señal y, al paso de la corriente eléctrica, mi cabeza por dentro se vuelve incandescente y alumbra todo con una luz muy amarilla. Con el parpadeo de esa luz puedo ver por un segundo a mi abuelo y a mis papás una mañana en Moravia, un árbol lleno de adornos, un tocadiscos y una bicicleta envuelta a medias. La luz se apaga, yo abro los ojos y, repitiendo mecánicamente la tradición de la ficción y el engaño inscrita en la memoria, le digo: A, si no parás de brincar ya, Santa no te va a traer nada en navidad—.

Luego todo lo absorbe un silencio absoluto, el mute de la amenaza, el mute de la extorsión, el mute de la falta, de la ausencia latente. Mi frase todavía resuena en el aire y la niña se tranquiliza y se queda congelada.

Esa es la faja mental, el arma secreta que me guardaba sin ni siquiera saberlo, el inicio de la trama generacional, la prolongación del gran engaño. Esa es la mentira que ahora debemos tejer cuidadosamente por los próximos años, cuidándonos de no dejar cabos sueltos, alimentando lo que será uno de sus primeros golpes, el primer escalón que la llevará a dejar de creer en la humanidad cuando se dé cuenta que sus propios papás, sí, esos que la han cuidado y que quieren lo mejor para ella le han mentido todo el tiempo. Sí, toda esa ilusión y ese entusiasmo de piyamas a la 5:30 de la mañana despertando en casa para ir a ver si llegaron los regalos de navidad, todo eso. Estamos cocinando lentamente esa ficción, como hicieron nuestros papás con nosotros, como seguramente nuestros abuelos hicieron con ellos. Santa Claus no existe. No existe. Eran ellos, digo esto con mi voz de niño. Todo este tiempo fueron ellos, jojojo, y me remuerde la conciencia saber que el que empuja ahora la caravana de la farsa soy yo. Santa son los papás y ahora el papá soy yo. Santa soy yo, el mentiroso.

3.

Más tarde ese día, en el bar de al lado, le confieso a mis amigos que usé la carta, sí, la usé y me arrepiento. —Pero funciona —les digo. Ellos hacen caso. Santa es el chantaje más efectivo en la historia de los chantajes para niños, una maravilla, y toda la mesa de padres de familia ríe con complicidad. Pero luego, mientras estamos ahí riéndonos de nuestras tramas, me distancio y pienso en: cómo le voy a pedir a mi hija que en su adolescencia no me mienta, cómo le digo más adelante que me puede contar lo que sea, que confíe en mí, en su viejo padre, si yo le mentí desde el principio, si fui yo quién alimentó la farsa gringa con vasos de leche vacíos al amanecer, y boronas de galletas en un plato en el suelo. Pero luego mi cabeza regresa al bar y todo se me pasa. Con los días mi herramienta se simplifica y se perfecciona. Si A no quiere lavarse los dientes yo empiezo a silbar la melodía de “Santa Claus is coming to town”, pero le meto una sílaba adicional y un acento, y lo convierto en “Santa Claus is NOT coming to town” y se entiende perfecto, es entonces que A corre en sus piyamas pequeñitas hasta el baño, abre la boca y me sonríe. Quiero sentarme de una vez y decirle a mi hija la verdad, pero es demasiado temprano en su vida para ese golpe y después de todo prefiero que se entere como todos lo hicimos, es decir, por ese compañero de la escuela que olía a húmedo y que tenía varios dientes de metal, o por el primo mayor preadolescente, espinilludo y amargado, o por no ser cuidadosos y haber dejado sin llave algún closet secreto.

4. 

Mi cabeza de niño está consumida en el televisor una noche de 1987. Adentro de la caja de luz puedo ver un pueblo al noreste de los Estados Unidos y ahí, escucho a una muchacha contar la historia de lo peor que le ha pasado una navidad. Ella cuenta y mi cerebro de 7 años absorbe la información como una esponja, escucho atento como, después de días de ausencia, la policía llegó a su casa y sacó a su padre muerto, disfrazado de Santa Claus de la chimenea, donde se había quedado atorado. Así fue como ella se enteró que Santa no existía, y así, a su lado y de rebote, me enteré yo también. Era una noche oscura de diciembre a mitad de los ochenta, yo estaba solo en casa, viendo Gremlins 1.

Tal vez algún día dejemos un cabo suelto, o tengamos una conversación honesta, o tal vez, cuando sea mayor, un día por “error”, Santa se equivoque y le regale una película de Steven Spielberg que ella no pidió y en la que Billy Peltzer recibe un Mogwai de regalo. Tal vez, quién sabe.

Pero bueno, por ahora ella disfrutará de la ilusión y yo de la herramienta, ella de la magia navideña y yo de la magia de la manipulación. Faltan varios meses para diciembre y el otro día, por Alajuelita, me topé un carro con nariz y cachos de alce. Estamos en octubre y mientras escribo esto escucho a A hacer un berrinche en el piso de arriba, patalea y pega gritos, nada en aire, nada en nada. Entonces preparo la faja de la desilusión a futuro y desde abajo, con mis piernas cruzadas y mis manos en el teclado de la computadora, aclaro mi garganta, me recuesto en el respaldar, y silbo un villancico que lleva una sílaba adicional y un acento. Dice algo así como Santa Claus is NOT coming to town, entonces toda la casa se consume en silencio hasta que, dos segundos después, A abre paso a la siguiente pantalla de la paternidad y, desafiante pero cariñosa, desde el piso de arriba y casi con el mismo color de voz de su abuela, me dice Papá, de por sí ni siquiera se llama Santa, el que viene se llama el niñito Jesús—.

Sánchez aúlla. Cientos de golondrinas mueren.

santaclaus02

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