Pan es un dios olvidado, un buen desayuno o el sonido que hacemos a veces cuando tarareamos una canción. Para Vacío, Pan es una columna en la que artistas, escritores y escritoras experimentan con palabras, imágenes y formas.

 

Me pasé algunos días repasando la propaganda política que aparecía en periódicos nacionales durante los años 50 y 60. Fue una buena manera de quitarse la idea bucólica sobre la política “limpia” de los abuelos. El presidente  caminaba por la calle, saludando gente, así, tranqui. La “fiesta de la democracia” con los chiquitos de escuela agitando banderas, esos supuestos caballeros engominados que nunca robaban, campañas de ideas y no de insultos. Pura mierda .

Aunque si bien estaban lejos de ser limpias, esas campañas de antaño parecían por lo menos intrigantes, como si de verdad estuvieran en juego cosas de vida o muerte, aunque fuese nada más por la hipérbole que genera la politiquería.

De manera predecible, para ese entonces casi todo giraba alrededor de quién era el más anticomunista, quién había hecho qué en la guerra del 48 y quién era indulgente o suavecito con la revolución cubana. Era una obsesión casi monotemática y que injustamente quizás, en retrospectiva parece cómica, de un provincialismo tierno.

Miércoles 28 de enero de 1970, campo pagado de Mario Echandi. En dos columnas confrontados: Figueres y Echandi. El último se presenta como “defensor de la armonía de la familia costarricense”, el otro como “nacionalizador de la banca en interés de la argolla” y además fustigado por la proclama de “Patio de agua”, que era algo así como un manifiesto progre de cierto sector de liberación Nacional y que le dejó a los adversarios servida en bandeja la trillada acusación de “comunistas”.

Pepe Figueres en La Habana,  a principios de los sesenta. Hace un discurso algo tibio en el que insta a Cuba a no alejarse de los Estados Unidos y la democracia liberal. Esto cuando ya la revolución se había proclamado marxista y leninista. Fidel, puteadísimo, prácticamente  echó a Figueres. Por muchos años lo despreció y le puso el mote de “Pepe cachucha” por el gorro ese que utilizan los veteranos del 48. Tenía sus cosas simpáticas la Guerra Fría, ya en retrospectiva, cuando no tenemos miedo de alguna hecatombe nuclear y ese tipo de asuntos.

En Fitos fue donde me di cuenta que se murió Fidel Castro. Mentira, dice mi madre por Whatsapp. Verdad le respondo yo, mentira, responde ella y así sucesivamente.  Dice mi madre que  vió a Fidel de largo, en el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, año 1978. El lema: “¡Por la solidaridad antiimperialista, la paz y la amistad!”.

2001, torres gemelas, en mi cama, recién despierto, lagañoso, atolondrado como cada mañana y joven, demasiado joven para entender las implicaciones. 2016, muerte de Fidel Castro, vodka tonic en Fitos mientras hablaba de la discografía de Pavement o algo así. La historia siempre pasa en otra parte y lo encuentra a uno en calzoncillos, ya sea de manera literal o metafórica.

Otro día conversaba con un historiador y  casi a manera de juego empezamos a pasar lista de que está vivo y que está muerto del siglo XX, en asociación libre. Decíamos a cada rato tal cosa, y más de  la mitad eran muerta, muerta, muerta.

El Rock and roll, la socialdemocracia, las estrellas de cine, el cine, el arte conceptual, Costa Rica como país semi viable, las guerrillas, el posmodernismo, el jazz etc. No diré lo que opinamos que está muerto y lo que no, es irrelevante. Ese mismo historiador, antes de irme de viaje este año, me dijo que no fuera a ver ruinas, que no le diera plata a una Europa en decadencia. Estaba borracho. Todo el pasado son ruinas al fin de cuentas. Todas las ciudades de cierto renombre viven del pasado.

Alguna vez existió en San José una extraña tienda que era como un museo del siglo XX. Quedaba a un costado del Holiday Inn y cerró de manera tan silenciosa como surgió. No llegó a tener nombre ni mucho menos página de Facebook. Ahí encontré discos con marchas nazis, juegos de cartas con figuras de la realeza británica, revistas LIFE en español e inglés de los 60, pósters de películas, revistas de cine italianas de los 50 y demás tipo de parafernalia retromaníaca. Todo el lugar estaba repleto de cosas muertas, según el historiador y yo, pero que todavía mantenían cierta resonancia, pertenecientes a un pasado histórico que ahora miro con extrañeza y fascinación.

Me acuerdo de la manera en que el músico y escritor escocés Momus dividía los tiempos históricos. En una entrada de su antiguo blog establecía una clasificación en la que estaba el presente, el intervalo ansioso, el campo de batalla, la mina de oro, el eco ansioso y el pasado histórico. Cuando pienso en la Guerra Fría y en Figueres expulsado de La Habana, estoy claramente en el terreno del pasado histórico, cuando pienso en mis fotos de 2008 y 2009 estoy en el intervalo ansioso, lo que es viejo pero no lo suficiente como para generar nostalgia o un revival total. La mina de oro quizás sean ya los 90, con generaciones de jóvenes para los que esa década representa un pasado pre-consciente y por eso mismo fascinante. Los ya muy manoseados 80 quedan algo relegados al eco ansioso, lo que se puso de moda (tanto que el revival ochentero duró más que la misma década) y ahora vuelve al ámbito de lo reprimido. Los 90 son el primer revival de una época post Guerra Fría y el próximo alcanzará mi juventud: los 00, es decir, ese revival inaugurará por completo mi entrada a la mediana edad.

La noche en que supe que murió Fidel Castro y los comentaristas hablaban con pomposidad acerca del final del siglo XX, regresé caminando de madrugada y el viento movía el árbol frente a mi casa, las bolsas de basura rotas eran desperdigadas por todas partes.  Allí, en la calle desierta tuve un momento de grandilocuencia, empecé a pensar sobre qué se recordará de esta época, si alguien 30 años más tarde pensará en estas calles, en la ropa que llevo, en los carros parqueados, como cosas que hubiese deseado experimentar, como información histórica. Un día tan común como cualquier otro, pero cuanto daría ahora por vivir un día ordinario de 1960 o 1975.


Este texto es un capítulo del libro inédito “Los papeles de Barrio La Granja”. Ilustrado por David Rivero

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