Entre libros usados, discos viejos y afiches, el tiempo deja de ser lineal y la alergia aumenta. Cata Trejos exploró las compra y ventas más conocidas y comprobó que estos son, realmente, pequeños mundos.

De niña, me gustaba entrar a lugares que fueran algo así como “otra dimensión”: lugares de antigüedades, museos, sótanos, el ático de la oficina de mi papá y la casa de mi abuela. Ir a las compras y venta me genera el mismo sentimiento. Les invito a visitar estos espacios en donde el olor, el tiempo, las interacciones y las transacciones se sienten diferentes.

Una de las primeras veces que fui a una compra y venta fue porque un ex novio (Pongamosle D.) me hizo una especie de rally, en la que yo tenía que ir descifrando pistas para obtener un regalo. El último paso era llegar a un lugar, decir mi nombre y me iban a dar algo. El lugar estaba ubicado al costado de la Iglesia de la Soledad y al muchacho a quien le dije mi nombre se entusiasmó.  Creo que se sentía parte clave de una historia romántica.

El libro era “Obras completas de Nietzsche”, un libro enorme de pasta dura que apenas llegué a leer. Perdón D., no era nada cómodo.  Sin embargo, muchas gracias por una buena historia.

Puedo ver ese juego como una especie de “búsqueda de tesoro” y es que, a mis ojos, en las compras y ventas siempre va a haber un tesoro que encontrar.

Expo 10,  Av 14. Calle 5 y 7

Foto: Cata Trejos.

Una tarde hablaba con F. sobre las relaciones  que se llegan a tener con los libros y lesa categorización extraña propia de las dinámicas propias de consumo: el libro que se quiere en pasta dura, el que se debe tener a pesar de que ya se leyó, el que se tiene visible para estarlo re-leyendo, el que se compra en su idioma original, el que ya está muy viejo como para leerlo pero es sagrado en el estante, y el libro que se compra para regalar a los demás.

F. cada vez que encuentra una copia de Breakfast for champions de Kurt Vonnegut lo compra para regalarlo. A. dice que cada vez que quiere regalar su libro favorito, (Te acordás hermano de Joaquín Gutierrez) va a Expo 10.

Expo 10 es cómo entrar a estos sótanos en donde hay demasiadas cosas guardadas por años (30 años en este caso, pero la edad de los libros tiende al inicio de los tiempos).  Muchos estantes se encuentran juntos y repletos de libros hasta más no poder. Es un lugar donde probablemente le de alergia y sepa que por más veces que vaya, nunca va a poder verlo todo.  Eso es lo que da ganas de volver.

Yo encontré un libro de la colección Austral Juvenil, la cual tenía casi completa hasta que mi mamá los dio todos a una compra venta de Curridabat. (Te amo ma, pero eso fue duro). Darren Mora (encargado de Mora Books) menciona que muchas personas van a Expo 10 a hablar con el dueño: Ronald Chinchilla.

Ronald me contó que él guardaba una gran colección de libros y música porque pensaba que cuando se jubilara se iba a dedicar a leer y escuchar todo lo que tenía guardado. Luego, ante una situación económica difícil optó por venderlo todo y le gustó el negocio.

Mientras hablaba con él, llegó una cliente a pedir libros de historia medieval. “A la izquierda, de la segunda puerta a la derecha, en el centro.” le dijo Ronald. La señora no los encontró entonces él se levantó a ayudarla, para luego volver y decirme: “Todo un laberinto, una encrucijada”.

Libreria Libro Azul,  Av 10. Calle 1 y 0

Foto: Cata Trejos

Entrar a Libro Azul me da la misma sensación de cuando caí en cuenta de que la casa de mi abuela era un museo en donde habían 98 cuadros (los conté a los 11 años).

Conté rápidamente los carritos de colección que vi, unos 15.  Después, saludé al señor sonriente y le dije que revisara una caja de libros míos que llevaba a ver si le interesaba algún libro. “Vamos a ver”, me dijo, con la misma sonrisa que ya llevaba. Me sentí bien y opté por dar una vuelta.

Cuadro de Orange Cush viejo. Postales. Máquinas de escribir. Un cuadro de la Mona Lisa. La manta de “Hasta la victoria siempre”. Trofeos. Carritos de colección. Minions (sí, minions). La calcomania del Frente Amplio. Relojes viejos. Fotos antiguas y muchos muchos libros.

Después de mi recorrido, me puse a hablar con Mariano Víquez, el encargado. Una de las primeras oraciones que apunté con asteriscos fue “señor tierno y agradable”.

Me contó emocionado que la librería cumplía 25 años de existir. Mientras hablábamos una señora cliente me dijo “apunte ahí que lo que distingue esta librería de otras es el buen trato”. Yo le sonríe y obedecí inmediatamente.  

A pesar de que la sonrisa en Mariano era una constante, su emoción aumentó cuando me contó sobre el traslado del local del frente al actual. El local anterior se había quemado, por lo que él hizo un par de llamadas.  Para su sorpresa, el día del traslado llegaron muchos de sus clientes a ayudarle a pasar las cosas. “Fue un fiestón y les hice almuerzo a todos”. Dijo esto con los ojos vidriosos, sonriendo demasiado, y con la mirada perdida en otra parte. Cómo cuando se visualiza un recuerdo tan bonito como para lograr estar presente.

Al terminar la conversación le pregunté cuáles libros le habían interesado de la caja. Se dejó uno de Quino (creo que me arrepiento), El Contrato Social, uno de cartas de Tolstoi y un par de Psicología. Me dio 6 mil y me fui.

El Erial, Av 8. Calle 13.

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En el Erial resalta su orden y limpieza. Es como ir a una biblioteca de la UCR pero con todo lo bueno. Además, causa menos alegia; hay menos estantes y no necesito devolver los libros. Lo que sí existen son estantes de madera ordenados por categorías cómo “Esotérico”.  Esto da sensación de que un estante llamado “Conocimiento” se encuentre ahí, escondido, entre todos los demás.

Cuando hablé con Manuel López, dueño actual, casi no tuve que hacer ninguna pregunta.  Tenía tanta claridad de su negocio que iba hablando de la historia, objetivos, funcionamiento, clientes etc. con mucha seguridad.

El Erial existe desde 1943 y ha estado en diferentes partes de San José. Una podría preguntarle a Manuel cuántas veces han vendido y comprado el libro 1984, o hablar sobre Chepe desde la existencia de El Erial hasta ahora.

Manuel me enseñó los nuevos libros que había adquirido en una casa: uno de Gramsci, Historia económica de Cuba; El discurso de Fidel; El conocimiento de la teoría marxista y el Manifiesto comunista. Parecía feliz de su selección.

Antes de irme me hizo dos preguntas: La primera fue si había leído El retrato de Dorian gray, El viejo y el mar, El fantasma de canterville, Siddharta, El Principito y El vendedor más grande del mundo. Dije que no había leído el último.

La segunda pregunta fue si había tenido profesores en el colegio que me motivaron a leer. Dije que uno. Me dijo, “Tuvo mucha suerte” y me despedí.

Mora Books, Av 5 y 7. Calle 5.

La primera vez que fuí a “Mora” fue cuando J. me dijo que ahí habían demasiadas Nat Geo.  A esto yo le respondí, “Sí, en las compras y ventas siempre tienen” y J. insistió, “No, pero es que ahí hay demasiadas”

Yo pensaba que yo tenía una de las Nat Geo más viejas, al tener una del 88.  Ese día me lleve una del 73. La mayoría de los libros estaba en inglés, y noté que había muchos que no conocía.

Esta vez jugué con la gata aunque me diera alergia. Compré una versión de Walden comentada y de pasta dura, súper bonita. Con esta obra cambié mi escepticismo sobre los libros comentados. Aparte de ser muy tuanis, me daban otra perspectiva al leerlo.

Foto: Cata Trejos.

Darren Mora, el encargado, me comentó de su amistad con Fo León. La historia de Fo en lo que era Book Traders y ahora es Mora Books me pareció digna de un cuento ilustrado o novela gráfica que no me animo a contar yo. Eso sí, sería algo como así:

Se llamaría Los Mora Kids. En él, Fo, Héctor y Felicia versión dibujo cuentan sus anécdotas favoritas de una adolescencia entre libros, cómics y vinilos. El personaje de Darren tendría que tener un dibujo todo cool;  el señor conocedor de libros, música, cine y cultura underground.

Fo le dedicó su libro Perra Pop. Mixtape a Darren Mora. Desde adolescente encontró en ese lugar no sólo los cómics que le eran difíciles de encontrar, o los libros que quería cuando la biblioteca de sus padres ya no era suficiente; sino también un lugar idóneo de escape y convivencia. Darren no sólo le recomendaba libros y música, también conversaba mucho con los clientes y aprendía mucho de la vida.


En México hay unas ciudades a las que les llaman los “pueblos mágicos”. Las compras y ventas son pueblos mágicos escondidos en pleno San José. En estos, una entra y siente que se transportó a otro tiempo. Una se pierde viendo libros, cómics y música que pertenecieron a otro lugar, a otras personas y a otro momento.

Los libros que ahí se encuentran no responden a la lógica del mercado; sino que son tesorillos que formaron parte de la colección personal de alguien.  Estos pudieron haber estado guardados por años, o haber sido traídos por algún turista desde cualquier parte del mundo.

Les invito a andar a la deriva, visitar estos espacios sagrados y olvidarse de las horas un rato, andar sin rumbo específico y sin planes para después; conversar con Mariano, Manuel, Darren, Ronald o con algún cliente.  Les invito a encontrar un libro que se estaba buscando (o que no se estaba buscando), que llamó la atención, pagar entre 3 mil o 4 mil colones por uno, leer las páginas que quizá alguien más disfrutó, y ser feliz.


Todas las fotografías y videos son propiedad de Cata Trejos.


Si te gustaría seguir la ruta que Cata describe en este artículo, podés usar este mapa en tu celular.

 

 

 

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