Alisha había terminado de recibir un seminario de yoga en Península de Osa. Nos conocimos en su primer viaje a Costa Rica durante un concierto de Sonámbulo. El Lobo Estepario ardía, el sudor de trescientas personas se filtraba entre el zinc y los toldos negros que cubrían el espacio abierto de lo que una vez fue un parqueo. Alisha y yo no parábamos de bailar y las cervezas se derramaban por el impulso de nuestros movimientos. Reíamos, no sabíamos quiénes éramos pero la música nos acercaba a la misma onda.  Sonaba Chusma funk cuando salimos a tomar aire a la Plaza de la Democracia. La noche fue gloriosa, pronto veríamos el amanecer. Por alguna razón comenzamos a hablar de poesía y no retornamos al concierto.

Un año después, vi una foto suya en el muro del Face. Le escribí de inmediato, sabía que esa playa de la foto le pertenecía a Costa Rica. Me respondió al inbox dos días después, me dijo que ya no se pegaba la fiesta y que ahora vivía un proceso de conexión con su propio ser. También mencionó algo acerca de una ceremonia de Ayahuasca en Cartago. ¿Aya-qué? pensé. Nunca había escuchado ese nombre. Sin embargo, continué preguntándole e interesándome más en el tema. Me llamó poderosamente la atención asistir a esa “ceremonia de ayahuasca”; pensé que harían yoga, meditación o desarrollarían alguna técnica de relajación alrededor de una fogata. Estaba segura de querer ir pero ella respondió negativamente; con dulzura me explicó que quienes hacen ese tipo de ceremonias deben someterse a una preparación rigurosa, y ya no había tiempo para hacerlo, en mi caso, con el respeto que la planta merecía.

En ese momento entendí que se trataba de algo trascendental. No quise preguntar más, sin embargo, ella propuso que nos viéramos al día siguiente de su ceremonia, ya que en pocos días partiría a Honolulua montar un centro holístico con su prima. El día después de su ceremonia fui por ella a Cartago. El esposo de la chamana la encaminó al punto acordado. Nos encontramos afuera de un Burger King, su rostro irradiaba. Entró a mi carro, nos dimos un fuerte abrazo y lo único que dijo sobre aquella noche, sin darme espacio a preguntar más, fue «ha sido la mejor noche de mi vida, vi a Dios».

Meses más tarde, en la cabina del Pickup de mi mejor amigo, pensé mucho en ella. Estábamos en una calle desolada frente a una iglesia amarilla. Esta vez, el esposo de Kuyay llegaría para mostrarnos la dirección de su casa. Yo había olvidado su rostro, si acaso recordaba algunos detalles de su carro. Mi amigo y yo habíamos tomado la decisión de ir luego de una larga plática en la que él me decía, en tono de broma pero en serio que estábamos en el punto en que solo la Ayahuasca nos podía salvar.

¿Cómo? ¿Has escuchado hablar de la Ayahuasca? le pregunté sorprendida.

Sí, unos compas han ido un par de veces donde una chamana peruana en Cartago, dicen que es el viaje de tu vida.  

Esa misma tarde conseguimos su contacto y conversé con ella. Me hizo algunas preguntas que consistían en saber si tenía dependencia a algún tipo de sustancia o medicamento, luego me pidió hacer una dieta especial. Al día siguiente dejé la carne, el café, el sexo, el licor y la nicotina. Dennis, mi esposo, también hizo la dieta. Los días siguientes vimos algunos documentales y leímos artículos que hablaban de La Planta. Era un campo tan desconocido que despertaba la ansiedad en nosotros. Yo estaba segura de querer hacerlo, sin embargo, la noche anterior a la ceremonia Dennis decidió no ir. Era lógico, no tenía la obligación de creer, ni se sentía enfermo, por lo que me pidió, amorosamente, que yo tampoco lo hiciera, pero mi fuerza guerrera se negó. Además, ya estaba preparada, dispuesta a enfrentarme con la liana de la muerte.

El esposo de Kuyay parqueó su carro a cien metros de la iglesia en la que estábamos estacionados, nos hizo cambio de luces y mi amigo encendió su pickup. Lo seguimos hacia el Cerro de la Muerte, en un punto giramos a la derecha y subimos por un sendero rocoso hacia la parte más alta de una loma. El camino era frío, denso en vegetación. Los últimos rayos del atardecer perdían fuerza en aquellas rocas. Después de una curva empinada y peligrosa apareció la casa, custodiada por dos perras Dóberman color marrón. El salón donde se llevaría a cabo la ceremonia estaba atrás, en medio de un amplio jardín convertido en huerta orgánica. Atravesamos la casa de extremo a extremo, irrumpiendo una sala en donde tres niños jugaban.

Ahí estaba ella, con su pelo lacio y negro, sentada junto a la puerta, adentro de un poncho rojo que le cubría el cuerpo. Extendí mi mano a esa hermosa mujer que no era de este mundo. Entró a mis ojos, sonrió, me devolvió el saludo.

¿Es tu primera vez? dijo.

Su voz era la de un pájaro encapsulado en una gota de lluvia.

Sí  le dije―,  mi esposo iba a venir, pero al final se arrepintió.

No se preocupe, él va a venir solito. Todos vienen, ― y añadió― ahora pase adelante y no se preocupe por nada de lo que ocurra a su alrededor. Cada quien ve lo que merece ver.

Guardé su voz y me dirigí a la habitación. El grupo era de diez personas. Desenrollé mi sleeping bag con dirección al sur. Mi amigo acomodó el suyo a la par del mío. Él había llevado un cojín para meditar, lo colocó al frente, se sentó en posición de loto. Todos nos mantuvimos en silencio. Yo esperé con paciencia en mi sitio hasta que las luces de la habitación se apagaron. Mi corazón latía rápido. La única luz que quedaba encendida era la de una vela frente al altar.

Kuyay encendió un tabaco sagrado y comenzó a rezar. Con el humo del tabaco ahuyentó los malos espíritus, creó una franja de seguridad y se acercó a cada uno de los participantes. Cuando llegó a mi sitio cerré los ojos, sopló fuerte encima de mi cabeza y en mi cara. Luego continuó con los demás. Al regresar a su sitio tomó la jícara en sus manos y bebió el brebaje. Uno por uno fuimos acercándonos a ella, para recibir la medicina.

Kuyay comenzó a cantar canciones de la selva. Su voz de pájaro rompió la gota. Yo estaba acostada, no sé cuánto tiempo había pasado, pero  de pronto la pluma de un pavorreal se desintegró frente a mis ojos. Cada vez que los cerraba, surgían colores que se intensificaban, como tomando vida propia. Sin darme cuenta había caído en mi interior, estaba adentro de mí misma, rodeada de plantas e insectos. Comprendía en esa enseñanza el poder de mi gran jardín; se me estaba revelando un origen  cargado de amor.

La Planta me dijo que yo venía de ese sitio. La Ayahuasca transformaba cada acto en la esencia original. Comencé a llorar, mis lágrimas limpiaban mis miedos. Volé encima de una mariposa. Luego comprendí que era parte de ella: yo era su ala. Cuando desperté de aquel jardín, entré a un laboratorio cromático; sin entender lo que sucedía, encendí mi teléfono y comencé a escribir. Estaba débil, pero sentía la necesidad de contarle a Dennis todo lo que estaba viendo. Jesús caminaba sin detenerse frente a mí, sanaba a las personas con sus manos llenas de luz, traía un recipiente cargado de agua y sábanas. Yo, que no creo en religiones, comprendí en ese momento que los grandes maestros de la humanidad nunca han querido templos de oro ni sangre derramada, ellos cargan el secreto en sus sandalias, son su propia partitura de amor. Entonces un perro callejero se convertía en mi maestro, con él aprendía a desprenderme y perdonar. Continuaba escribiendo, sin saber que lo que hacía era comenzar un nuevo camino.

Pasaron muchos meses para que yo regresara a ese sitio. Y cuando volví, lo hice con Dennis. Pero esa es otra historia.

ÍCARO

I.

Ahí
donde existió la montaña sagrada
brotaba un bálsamo
que ofrecía salvación

Tomamos su liana
para dar el salto
al bosque de los insectos

y soldaditos de madera

donde los relojeros
trabajan arduamente
para reparar las antenas
y las patas quebradas de los grillos

La noche es un mandala
teñido por las plumas
de un pavo real

Una flor la atraviesa
en esta cordillera de luz

II.

El bosque aúlla

Vuelco los ojos
me lanzo desde la lágrima
infinita
que soy

Es el momento de volar

las flautas
caen del cielo
nos elevan al anillo
de la mariposa púrpura

Ahora
retumban
los tambores de la muerte

Somos el purgatorio
la caja de música
los sonidos
y las tuercas

Merecemos la salvación
presos
prostitutas
poetas
sobre todo los poetas

Fuimos ese bosque
la úlcera encarnada de América Latina
donde es necesario ser viento
tornasol radiante
como este sueño.

 

Poema de Las Direcciones Estelares (Amargord, 2017). Ícaro fue el primer poema que surgió a propósito de esa ceremonia.


Ilustración  por Fabio Obando.

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