“Emprender solo requiere de ganas. El que quiere, puede”… Ajá. 

La parte más fácil

Trabajaba en una licorera (luego de haber entrado a un bar como el que limpia escusados y salido como el administrador del mismo) cuando descubrí el enorme tiempo que me proporcionaba el trabajo. Invertí mi tiempo y el dinero restante en leer. Por cosas de la vida, apenas pude terminar la escuela y ya luego, por motivos personales y políticos, decidí quedarme con apenas el título de sexto grado.

Trabajé para un considerable catálogo de gente sin ambiciones. Trabajé para sobrevivir, no para vivir. La licorera fue lo más cercano que estuve al call center de la clase media de este país. Tenía salario, me vestía como quería, tenía tiempo y me sobraba algún dinero. Visité de forma desmesurada las ventas de LIBROS LEÍDOS. Me hice de una biblioteca maravillosa. Leí todo aquello que jamás llegaría a entender bien, pero lo leía, y con la ayuda de un diccionario, nada me ponía detener. Así transcurrieron tres años de mi vida.

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Mientras yo leía y bebía, el dueño de una venta de LIBROS LEÍDOS estaba por tirar la toalla. Entre una operación en los ojos y los gastos más altos que los ingresos, el hombre estaba a punto de cerrar una idea que logró materializar para ver fracasar. Ahí entro yo. Dejo atrás la venta de licores, el salario estable, la cercanía a mi casa de crianza y solo pienso que una librería nos haría felices a mi hijo y a mí. Dejo todo para empezar otra vida.

Luego de un año de estar al frente de la librería, veo que no sé nada de literatura nacional. Veo que mi pequeño intento por convertir el espacio en algo más que vender libros y avanzar hacia un centro cultural anarquista se viene abajo. Entre la inmadurez, el abandono emocional y los conflictos de poder de un grupo de personas se entierra la bandera negra del anarquismo, entre burlas, risas y ver quién la tiene más grande.

Tiempo después, el epíteto de ‘‘pequeño empresario de la industria ácrata’’ es proferido por los defensores de la acracia, desde la casa de sus padres, desde sus aulas universitarias, desde sus puestos laborales en las instituciones del Estado, contra mi postura hacia la vida: no tener jefes y ganarme la comida día a día.

Antes de cerrar la librería, mucho antes del intento de un centro cultural en su segundo piso, la misma se había inundado, perdiendo todo lo que estaba adentro. Cuatro días después, de un taxi, bajé quince cajas de mi biblioteca personal y volví a abrir el local.

Leer por dos años más de cien años de literatura local fue durísimo. No sé si algo aporte al asador, pero van un par de datos: la Obra completa de Max Jiménez y Nihil (tomo I) de Mario González Feo son algo que me redimensionó la vida.

Encendiendo un cigarrillo con la punta del otro de Carlos Cortés y Tuanis Opus Palo de Luis Yuré, mermaron todo intento por acercarme a eso súper gacho del neotrascendentalismo que se practicó en algunos círculos poéticos de Turrialba, Cartago y algunos bares de San José así como promovidos por una única editorial universitaria. Hace muchos años —antes de que el fundador del Festival Internacional de Poesía descubriera mi trabajo secreto con la CIA, el gobierno Yanki y los Arias— fui a un viaje a Tortuguero con muchos poetas como parte de un retiro y un premio de su participación poética en un festival. 

Mientras muchos estábamos en chancletas, con apenas una pantaloneta y pidiendo Pilsen tras Pilsen con vaso con hielo, un joven vestido con fina ropa de Zara pedía un black label sin hielo en la barra. Leer me salvó de no estar al lado de ese mae, y otro montón más que luego fueron apareciendo en el camino.

Leer no sirve para nada de lo que uno quiere, pero a veces ayuda.

Gracias a dos conocidos que no les interesa para nada la literatura (uno iba conmigo a la Pantera Rosa y la otra sacó un préstamo en una cooperativa para ponerse tetas) pero que me tenían cariño, logré conocer a una chica en un banco y así, luego de varios trámites, conseguí el primer crédito en mi vida. Y así fue como —luego de saltar una considerable cantidad de historias— llegué a la compra de una multilith 1250.

La máquina, aclaremos esto, estaba mala. Me estafaron, para ser más preciso. No había visto la máquina y la había pagado. Dos días después, en un tercer piso de un multifamiliar en San Cayetano, seis personas y varios vecinos veían un poco de herrumbre que parecía una máquina para hacer algo. Dos horas después, una máquina de setecientos kilos estaba instalada en el cuarto de mi hijo y sus cosas estaban instaladas en el mío.

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El primer libro que imprimí en ese departamento fue Morituri, de Klaus Steinmetz. Dos meses atrás, estaba llorando, al filo de la cama, porque había perdido todo el dinero del préstamo y no solo no sabía usar la máquina, si no que la misma no servía. No tenía familia, amigos, nadie a quien pedirle ni una bolsa de arroz.

Esa misma tarde salí y vendí una colección que tenía de LP de la Deutsche Grammophon y de camino pasé al Palí del Paseo de los Estudiantes, compré todo en comida y me fui al apartamento. Entre el recorrido de las compra venta y el Palí vi una cantidad considerable de imprentas. Esa misma noche supe que nada hacía llorando mi desgracia. Cinco horas después fui en bicicleta a pedir trabajo gratis a todas las imprentas. Dos meses después ya era prensista de offset.

Imprimir en más que eso. La mezcla proporcional entre el agua y el líquido electroestático para los rodillos que humedecen la plancha de impresión que antes fue curada con líquido electroestático puro. La presión justa entre los rodillos que van adelgazando poco a poco la tinta hasta que llevan a una leve parte donde se une la plancha, la tinta y el papel.

La bomba de succión. La bandeja de salida con cadenas. Los dientes de la cadena que transportan las hojas. La temperatura ambiente que afecta ya sea la tinta o el líquido electroestático. Empatar el rodillo del retiro contra el impreso de tiro. Vigilar el contador de hojas. Estar al lado de la máquina mientras imprime. Una sola hoja atorada podría desordenar treinta en diez segundos. Detalles que se escapan a muchas cosas cuando alguien se para en una librería y solo pasa la tarjeta del banco para tener en sus manos un ejemplar.

En pocos meses tenía una multilith y pensaba que tal vez, solo tal vez, tener una editorial era algo que podría ser más fácil que una librería. A la vez, me permitiría pasar más tiempo con mi hijo. Meses después, estaba, a las tres a.eme, subiéndome en un bus de TicaBus rumbo a Tapachula, México, haciendo escala indefinida por todo Centroamérica.

Brincar historias y hechos es lo fácil. Voy al punto, rápido. He intentado cerrar la editorial sin mayor éxito. No sé por qué siempre busco una excusa; siempre hay una justificación y la cosa sigue. No tengo muchos argumentos para explicar o defender esto. Cualquier intento por explicarlo se iría más por una rama del esoterismo que de la lógica. Al ser este enredo de persona que soy, y al tenerle miedo a la administración a pequeña escala, ignoro el motivo por el cual sigo debiendo el mismo monto en el banco desde hace más de seis años. ¿Es eso posible, de verdad?

La editorial me ha costado sueño, dinero, trabajos para mantenerla, relaciones (porque seamos claros, la literatura no sirve para buscarse un polvo; a lo mucho, un pleito), amistades y claro, procesos legales. En estos momentos, el Juzgado Primero de Familia tiene pruebas presentadas de que mi trabajo como editor atenta contra el bienestar de mi hijo. Entonces, son pruebas aportadas donde se evidencia que mi visión editorial, más allá de aportar algo a la cultura, más bien atenta contra la moral y las buenas costumbres de este país.

Claro, un padre que hace lo que yo hago no debería acercarse al hijo que una vez crié hasta los ocho años. Esas mismas pruebas figuran en el Juzgado de Pensiones Alimentarias y Contra la Violencia Domestica de Escazú donde se evalúa una solicitud de Pensión Alimentaria por un monto no menor de un millón y medio de colones.

Mi hijo mayor, luego de cuatro años de procesos legales y no poder hacer nada para verlo, me explica —luego de que había declarado en el PANI con ‘‘palabras de una persona mayor’’, que ‘‘eso que hago yo —editor y escritor— es de pobres y la gente que no quiere saber de eso, que le da vergüenza que sepan de mí y lo que hago. Entonces es mejor que no lo busque más, o él mismo va a declarar en el juzgado que no me quiere ver’’.

Así fue nuestro último día en el Starbucks de Avenida Escazú, lugar designado por su madre para poder verlo por media hora cada quince días. Editar y escribir me ha traído un catálogo de problemas, poniéndolo de la forma más fácil. No puedo usar mi curriculum como gestor cultural porque alguien en el Ministerio de Cultura ya lo presentó y se apropió de él, además de cobrar unos cuantos millones por curar algo que no se sabe qué es, pero se paga.

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Para cerrar con broche de oro, durante la pasada Feria del Libro, por estar más afuera que adentro de la casa, un día se perdió mi amigo de hace cuatro años: Pantera. Un gato que solo me trajo compañía y alegría en los momentos más oscuros de estos años, momentos donde el suicidio era la única salida. Un gato se interpuso en la trayectoria de una decisión propia.

Hace poco, un vecino me vino a decir que encontró sus restos. No murió solo un gato, era el último vínculo entre mi hijo mayor y yo, era mi amigo quien me acompañaba en caminatas; quien le dio la bienvenida a mi hijo menor, Damián; quien estuvo siempre cerca de mí. Por irme a ganar el dinero de la renta del mes, la comida y una pensión fuera de mis alcances, no pude sacar el tiempo para buscarlo y murió perdido; con hambre, frío, solo.

La desolación me que agobia en las noches no se va a ir pronto, lo sé. Y luego de esa semana en la feria, justo cuando terminó, me llega un citatorio del Juzgado de Pensiones Alimentarias y Contra la Violencia Doméstica de Escazú donde se presentan nuevas pruebas en mi contra, que son, claro, las cosas que hacen los autores de Germinal en la Feria del Libro. Entonces me dan tres días para defenderme de todo ello.

Editar me trae más enemigos, chismes, problemas legales y rupturas que otra cosa. Publico a un autor que además es mi amigo. Pero si publico a otro autor que además es también mi amigo, mi otro amigo me deja de hablar. Publico a un autor que además es mi amigo y el amigo que publiqué mientras perdía a otro amigo resulta que no me habla porque publiqué a este otro autor que además es mi amigo.

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Por cada amigo publicado, se pierden dos amigos. Cada noticia que sale en Facebook, cada like que le doy a algo, cada cosa donde sale mi nombre, es motivo de pertenecer al legajo de pruebas en mi contra, sea para no ver a mi hijo, sea para pedir un monto millonario.

No me puedo imaginar el tiempo inquisidor y la saña, así como la degradación psicológica que puede tener una persona para hacer esto. Da pavor el grado de locura de una persona, quien tilita entre la demencia y el odio. Una vez sentí enojo; ahora, una profunda lástima. Al igual que Pantera, no pude ayudar a mi hijo.

La parte más fácil es ser yo ahorita, porque lo fácil es ‘‘darle por la madre a lo que hago’’.

También está esa otra cosa: la parte más difícil.

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