Un breve recorrido por algunos filmes vistos en el Costa Rica Festival Internacional de Cine 2015, que desde lo autobiográfico y la referencialidad más personal abordan las historias que han decidido narrar.

Aunque la idea de reseñar o evaluar ciertos  eventos me ha parecido siempre bastante cansina y aburrida,  asistir a algunas de las  proyecciones  del Costa Rica Festival Internacional  de Cine 2015, me dejó al menos el deseo de comentar ciertos filmes que, a pesar de su diversidad, los une cierta recurrencia o  leitmotiv.  Ese elemento común que percibí  es el abordaje de historias narradas desde diferentes espacios del “yo”, es decir, desde una autorreferencialidad directa o indirecta, explícita o encubierta (Quisiera aclarar, no obstante, que solo pude ver una parte de los filmes de este festival, por lo que seguramente dejaré por fuera algunos que se pudieron acercar desde esas mismas perspectivas, pero que no alcancé a ver).

Dos de las películas que más me llamaron la atención en el festival fueron Chronic, del joven realizador mexicano Michel Franco, y Mía madre, del reconocido director italiano Nanni Moretti. En ambos filmes lo “autobiográfico” se canaliza por la vía de la referencia a  enfermedades terminales que padecieron familiares cercanos, con todo lo sensible(ro) que puede considerarse el tema.

11052521_10153123896305938_1906853175785623779_oEn el caso de Michel Franco, la muerte de su abuela lo llevó a concebir una historia donde un ensimismado cuidador de enfermos terminales hace de su profesión el sentido de su vida, luego de que muriera su hijo de cáncer. En Chronic vemos desfilar, de tal modo, desde una enferma de sida hasta alguien con metástasis de cáncer, en una narración minimalista y repetitiva, pero a la vez  patética y angustiante, que contrapuntea el dolor, la incapacidad y la depresión como evidencias de lo finito y azaroso de la vida, sobre todo cuando nos enfrentamos a esas enfermedades.

No es casual, entonces, el previsible aunque a la vez sorprendente final del filme, donde la obsesiva búsqueda de esos enfermos terminales y sus sufrimientos por parte de ese cuidador, provocan al final una necesidad  de suicidio inevitable.

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En Mía Madre, de Nanni Moretti, el acercamiento a la enfermedad coronaria de la madre y su paulatina muerte se realiza de una forma menos cruda, aunque no por ello exenta de emotividad. Moretti, que tiene una amplia experiencia en las reflexiones sobre el “yo” y el tema de la muerte  –en sus reconocidas Caro Diario o La muerte del hijo, por ejemplo-  articula una historia que contrapuntea su propia figura, esta vez en un plano secundario, con respecto a su madre y su hermana, tomando como metáfora la idea del cine mismo y sus convenciones como evidencias entre ficticias y reales de esa autorrefencialidad.

Otros cineastas que de forma indirecta aunque muy potente recurrieron al “yo” para narrar sus historias,  fueron el conocido guionista estadounidense Charlie Kaufman y la debutante realizadora sueca Hanna Sköld. La recurrencia a la animación -en  3D o stop motion-  resulta llamativa en ambos casos, pues se utilizan como recurso estético pero también narrativo.  

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Fotograma de Anomalisa (2015)

En el caso de Kaufman, en colaboración con el animador Don Johnson, es curioso como luego de guiones (Adaptation, Being John Malkovich) y filmes (Sinedocque New York), donde lo autorreferencial está muy presente, aunque a la vez repleto de laberintos cerebrales, esta vez recurra a la animación y a un personaje mayor que hace algo  que detesta -el negocio de la motivación y la autoayuda- para reflejar algo de su enrevesado universo de incertidumbres y dudas, e incluso de legitimas cursilerías existenciales, pero esta vez de una manera más sobria y directa tanto narrativa como visualmente, tomando el amor y al “otro” –aunque fugaces– como modo posible de salvación, al menos temporal.   

En Granny’s Dancing on the Table, de Hanna Sköld, también se acude a la animación, pero esta vez como contrapunto de enlaces narrativos entre pasado y presente, para contarnos la historia familiar de una niña que sufre abusos físicos y psicológicos recurrentes de su padre.  Aquí la referencia a lo autobiográfico llega a través de la voz de la misma realizadora, que ha dicho que buena parte de lo que se narra en el filme se basa en su propia experiencia familiar.  

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Esto no deja de resultar sorprendente por lo enfermizo del vínculo con esa figura paterna, donde se mezclan a partes iguales el auto-aislamiento y el maltrato  sádico, lo cual obliga a esa niña a crear un  universo de imaginación como resistencia interna para  intentar sobrevivir a esas torturas a las que es sometida, y que finalmente derivaron en esta potente obra como suerte de terapia de sanación.

Otros dos filmes que abordan lo autorreferencial, pero esta vez no desde la ficción sino en narrativas más cercanas a las llamadas “no-ficción” y “auto-ficción”, son Taxi Teheran, de Jafar Panahi, y No soy valiente, de Cristóbal Serrá.

En el caso del filme de Serrá, se acerca a su propio devenir personal y profesional a través de materiales filmados con diversos medios a lo largo de varios años y material de archivo.  Esa narración, a medio camino entre lo real y lo ficticio, lo  íntimo y lo contextual, explora las tensiones identitarias que generan esa vida afectiva, profesional y familiar desde una especie de nomadismo  y búsqueda de autoconocimiento constantes.  A través de imágenes atractivas, una edición dinámica y una voz en off siempre autoreflexiva, en No soy valiente se pone en escena la exposición del sí mismo y de los otros desde el llamado “documental creativo” y la “auto-ficción”, aunque también desde tendencias cercanas a  las redes sociales y los omnipresentes selfies, que pueden derivar -sino se reconocen y exploran a profundidad sus resbaladizas fronteras-  hacia un onanismo y vouyerismo más autocomplaciente que autocrítico.   

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Fotograma de Taxi Tehran (2015)

En un sentido diferente, el reconocido cineasta Jafar Panahi  también explora las fronteras entre el documental, la auto-ficción y se pone personalmente en escena, al convertirse en un “taxista” que recorre su ciudad departiendo con diferentes personas (desde una profesora y un atracador,  hasta un vendedor de dvds piratas de filmes, su propia sobrina aspirante a cineasta o una activista de derechos humanos), para ofrecernos  una panorámica  crítica y humorística a la vez de la realidad totalitaria iraní.

Panahi, al que se le ha prohibido salir y filmar en su propio país, y que incluso estuvo preso durante meses por su cine de cuestionamientos sutiles aunque muy potentes (de El globo blanco a Fuera de Juego), ha continuado haciendo el cine que desea. Por eso, sus obras más recientes (desde Esto no es una película hasta la actual Taxi Teheran) han hecho evidentes la censura y la represión a la que está  siendo sometido personal y profesionalmente,  como eco contextual de las censuras y represiones de la  sociedad en que vive.  

Aunque la recurrencia al “yo” ha sido –y será– una de las formas permanentes no sólo del cine, sino de cualquier manifestación artística (desde los autorretratos pictóricos y las autobiografías literarias, hasta las auto-ficciones audiovisuales y la infinidad de selfies contemporáneos),  ésta es solo una parcial panorámica de un tema –el de la autorreferencialidad y sus derivaciones o vertientes– que detecté en algunos de los filmes de este festival, pero que pudieran ser vistos y analizados desde muchos otros ángulos.

Finalmente –y ya refiriéndome a la totalidad del evento– creo que junto a su efectiva  organización y agradecible sobriedad, la edición de este festival  ha aportado una coherencia y calidad en la escogencia de los filmes programados, a partir de la idea del “Cine sin maquillajes”, muy a tono con un contexto donde –a mi entender– resulta absurdo apostar por un costoso mega-evento que pretenda competir con el “glamour”  de grandes festivales internacionales, sino que más bien se proponga desde tendencias alternativas a las dominantes, que en  muchas ocasiones resultan más atractivas, propositivas gratificantes que aquellas que se priorizan  en esos grandes festivales.

De tal modo que, si a la fuerza actual de este festival, se aúna un revitalizado Centro de Cine con un programa como Preámbulo que se propone como antesala de una futura y muy necesaria cinemateca, unos premios como los Faunos de apoyo a la producción nacional, una ley audiovisual en trámite y espacios académicos como la Veritas y UCR -entre otros- que contribuyan a la sólida formación de profesionales, el panorama del cine y en general el audiovisual en Costa Rica, puede ofrecer algunas gratas sorpresas presentes y futuras.         

 

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