Crónica testimonial sobre cómo descubrí que llevaba años sufriendo de depresión.

Una cita y un diagnóstico ajeno

“This act isn’t easy

I’ve been under water”

Ese día se había convertido en el más incómodo de mi vida. Le ganaba a aquel en que rodé por las escaleras del colegio o en que confundí el Popol Vuh con el Kamasutra. Pero cómo la mayoría de los momentos incómodos que tenemos en la vida, este involucraba a la familia.

Estábamos afuera de un consultorio en el hospital de Heredia. Mi hermano y yo estábamos ofuscados por estar ahí. Mi mamá saboreaba el orgullo que sentiría cuando, por alguna vez en su vida, “le dieran la razón”. Puedo recordar cuánto sudé y temblé durante la espera. A mi aversión a los profesionales mentales se le sumaba que iba rumbo a desnudar la realidad en la que estaba inmersa.

Quien nos conocía estaba consciente de que la dinámica de nuestro hogar no era la más sana. Me aterrorizaba no saber cómo mi cuerpo iba a reaccionar. O, más bien, el cómo lo anticipaba; en mi mente había construido ya toda la cita y lo que pasaría después.  Pero una vez que nos llamaron la ansiedad no quiso ceder; más bien me enclaustró como nunca lo había hecho.  Los temblores aumentaron y el llanto espontáneo que había previsto ya estaba luchando contra mí con toda su potencia. Sentía mi garganta cerrada y los latidos intensos; mi cuerpo se balanceaba desde el asiento.

Por el contrario, mi hermano parecía en completo control. Saludó con galantería, bajando el tono de su voz e inclinando su cabeza a la doctora. La doctora explicó la situación: mi mamá tenía un cuadro de fibromialgia y su persistencia, pensaban, podía tener un origen psicológico.

 

Elocuencia de la memoria, Enrique García Velasco.

Elocuencia de la memoria,
Enrique García Velasco.

Los cuadros de fibromialgia que persisten son estudiados por los profesionales mentales por la inclinación que tienen a ser psicosomáticos. En este caso, la doctora estaba convencida de que la situación de estrés que lo provocaba estaba en el hogar. Yo sabía que el estrés del que hablaba era algo que en nuestro caso se llevaba a todas partes y que ninguno de los tres teníamos el derecho a señalar.

El interrogatorio de la psicóloga fue superficial. La discusión se inició con naturalidad, cumpliendo mi presagio. Yo no hablé. Cada vez que lo intentaba no me salía la voz o era demasiado baja. Desistí en los primeros intentos.

La expresión de la doctora no tardó mucho en cambiar. Mentalmente yo tenía conversaciones con ella e incluso en algunas ocasiones sentía que sonreía, o al menos el efecto interior de una sonrisa. Eramos un desastre.

Hubo una pausa silenciosa y luego escuché una petición inédita, incluso muchas veces me pedían lo contrario: “Yo quiero que usted hable”. Tardó un par de minutos en conseguir que no se me interrumpiera. Mi voz fácilmente se ahogaba y cada vez el llanto era menos controlable. Logré decir poco “¿Cómo puedo estar de buen humor? Estoy condicionada a que en el momento en que cruzo la puerta de mi cuarto y bajo las escaleras, el mundo va a traer solo acusaciones, solo discusiones”. Las confirmaciones se dieron solas en los siguientes minutos. Había otra paciente.

“Aquí la que me preocupa es la niña”.

El diagnóstico de un trastorno depresivo, dentro de la psicoterapia, se ve íntegramente relacionado con datos observacionales. La apariencia, el tono de voz, la expresión facial, la concentración, verbalizar ideas pesimistas, actitud hipocondríaca, quejas somáticas, aislación y, por supuesto, el llamado “llanto fácil” o espontáneo. Todo esto resultado de un estudio realizado en España por médicos especialistas en psiquiatría. Yo no había hablado mucho, no verbalmente.

 

“Adultez” como carga emocional

“I’ve lost my balance

I fell from the trapeze”

Yo cumplía la mayoría de edad el mismo año en que fuimos a esa cita. La mejor forma de huir de los días festivos es estudiando y es lo que mejor me ha funcionado. Una no miente cuando dice que siempre hay alguna asignación que cumplir. Ese año vivir en mi cuarto se volvió gradualmente en cosa de todos los días.

Según el Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos (NIMH por sus siglas en inglés),  la irritación y el aislamiento son síntomas de la depresión neurótica o distímica en jóvenes; se le considera la “hermana menor” de la depresión, aunque no se sienta así. Se caracteriza por tener los síntomas en menor intensidad pero por periodos largos, al menos 2 años consecutivos. Es fácil padecerla sin estar diagnosticado o mal diagnosticado pues suele tener los mismos síntomas  de la ansiedad y el estrés.

La persona suele sentir períodos de estabilidad y puede enfrentar la vida cotidiana. Los síntomas hacen que la cotidianidad lleve un ritmo muchísimo más lento y nos convierte mucho más propensos a  reincidencias, ya sea al mismo síndrome o a una crisis de depresión crónica (trastorno depresivo grave), el cual tiene síntoma diferenciados.

Yo quería trabajar tranquila en mi cumpleaños y todo me resultaba molesto. Todo y todos me irritaban. Leía malas intenciones y predisponían la mente a discusiones y situaciones imaginarias. El mínimo ruido, la conversación más simple, me parecía molesta. Era un tema de discusión común de mi mamá y sus compinches: “Normal para una joven de edad”, “La transición a la universidad…”,  “¿Adolescencia?, aborrecencia querrás decir.”.

Ya tenía fama de mal carácter, de niña abstraída, explosiones de ira y llantos. Sabía que mi mente, ante una discusión, recurría a revivir los malos momentos del pasado, que reaccionaba de manera violenta y que después me sentiría culpable. Por lo tanto, todos los días tomaba la decisión de no involucrarme con nadie.

 A mis dieciocho años, yo sentía que no sabía con qué tipo de personas convivía. La confianza se tornó forzada y resultaba inevitable pasar por un período de ansiedad cada vez que decidía hablar sobre temas personales. Todo me parecía mal intencionado, malicioso.  La sensación de desconfianza que surgió rompió el último eslabón para dar paso a un período de depresión crónica.

Trastornos de sueño

“This storm has been raging

These nights are not sleeping

My dreams are now strangers to me”

La depresión es una enfermedad común.  Los reportes de la OMS la colocan entre los primeros tres lugares de discapacidad mundial y los estudios aseguran que va en aumento. Alcanza al 5% de la población mundial, entre 120 y 150 millones de personas la padecen. Su aparición está relacionada con  alteraciones de los neurotransmisores (serotonina, dopamina) y con  neuroendocrinas (cortisol).

Mientras que la serotonina se encarga del apetito, el deseo sexual y las funciones perceptivas-cognitivas: la dopamina incide en el humor, motivación, atención y aprendizaje;el cortisol, por su naturaleza diurna, al verse afectado, es quien altera el sueño.

Las alteraciones del sueño son un síntoma inherente al padecer de depresión, dificultad para dormir, levantarse de madrugada o dormir demasiado pueden ser algunas de las alteraciones.

Como muchos otros a mi edad, la vida universitaria y las cargas académicas hacen que cualquier trastorno de sueño parezca normal. Las personas se intoxican con café, bebidas energéticas, tés de dudosa procedencia: todo para completar contratiempos y trabajos de último minuto.

Una vez se acaba el ciclo lectivo, las noches de insomnio resultan acompañantes trágicos en un período de crisis. Los pensamientos negativos usuales y la baja autoestima toman ventaja. Al persistir el síntoma, la frustración aumenta y afianza los pensamientos de incapacidad e inutilidad ante la vida.

Perdía la percepción del tiempo y la necesidad de descanso provocaba espasmos musculares y tendencia a la autoagresión. La noche la pasaba en retortijones, jaladas del cabello y el llanto al salir del sol. Acomodé mi vida al horario que el cuerpo me pedía.  Creé una inclinación a trabajar durante las madrugadas pues no había molestia, ni interacción alguna. Nunca tomé medicamentos porque les tenía pavor.

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El mejor medicamento no siempre viene en cápsula

“There’s too many miles on my bones

I can’t carry the weight of the world

No, not on my own”

Sofía me acompaña en el bus hacia Heredia. Ambas necesitábamos llenar el vacío que nos dejó el cierre del año. Me conoce desde que era una bebé. Hasta hace dos años ella era quien me llamaba “llorona”. Ahora, con un tono resignado, puede aceptar que la vida nos ha obligado a hacernos amigas.

Ella fue abusada sexual y psicológicamente; yo era una de las siguientes presas. Su vida ha cambiado drásticamente desde entonces. Sofía sufre de depresión crónica postraumática. En el bus puedo escucharla contar con enojo sobre sus medicamentos.

“Lu, ayer se me desmontó la quijada”

Los efectos secundarios de un medicamento antidepresivo son muy variados y tienden a darse principalmente en personas adultas jóvenes. Encontrar el medicamento indicado, con la dosis correcta, puede ser un trabajo complicado durante meses.

Mientras ella hablaba, podía notar el temblor fuerte en sus manos y las cicatrices en sus muñecas. Me cuenta sobre el examen de matemática de bachillerato, el cual ha intentado pasar desde el incidente. Por la intensidad de sus síntomas, el trastorno depresivo interfiere con la capacidades de los procesos cotidianos (dormir, comer, estudiar).

“Me ponía bastante sensible, sin embargo continuaba normal, hasta que tenía que realizar alguna actividad. Ahí estallaba, las cosas más sencillas se me hacían muy difíciles o imposibles. Bañarme, comer, vestirme. A pesar de que no dormía no podía dejar la cama, y constantemente pensaba que iba a morir”.

Sofía ha salido adelante gracias a su medicación, la psicoterapia, el baile y la montaña.  La súplica marcada en su ceño, en sus ojos llorosos, en sus movimientos nerviosos desaparecen cuando estira el empeine y me explicarme el plié y el grand plié, o cuando planeamos conocer algún otro paraje o volcán.  

Genética, tecnología y mujer

“Your eyes are like lightning

Your voice is like water

This place is a desert”

Según un estudio compilado por la Federación Mundial de la Salud mental, con los años, la depresión se puede heredar. Además, es tres veces más común que ocurra en mujeres debido a los cambios hormonales exclusivos por los que pasa (la menstruación, el embarazo y la menopausia).

A mi mamá nunca le ha agradado que me acompañe con Sofía. Siempre me he preguntado el por qué, teniendo ellas tanto en común. De regreso veo a mi mamá en la planta baja. Yo ya estaba acostumbrada después de que ella estuviera un año sin empleo. A sus cincuenta años, ya había tenido muchas recaídas de depresión. Tenía rastros de un derrame facial, de los múltiples problemas musculares, de las jaquecas y la fibromialgia. Desde joven conocía bien al psiquiatra.

“Yo puedo dar cátedras sobre la depresión”.

Sentada en la misma mesa, había servido diferentes comidas. Nota el error hasta varios minutos después de haber empezado a comer. Se disculpa y estalla a llorar. Ambas somos inútiles en nuestros intentos de empatía. Me levanto a hacer un té de tilo.

Al voltear, la veo de nuevo con su teléfono y su granja virtual, el equivalente al chupete del bebé, su sonda de vida.

Instagram de Jean Jullien

Instagram de Jean Jullien

“La tecnologías en estos casos son un depósito de experiencias, un aislamiento” me explicó la psicóloga Mayela Rodríguez.  La idea, continuada por Gabriela Vindas, también psicóloga, explica que estos depósitos de emociones siempre han existido y que años atrás la mujer solía refugiarse en el tejido. La tecnología se vuelve un distractor emocional efímero y los juegos virtuales y las redes sociales pueden volverse el núcleo de vida de personas con síntomas depresivos, sin quitarle el beneficio que resulta un banco de información y un medio esencial para campañas en pro a la salud mental.

Tal vez ahora las bromas digitales de “Madres adictas a Candy Crush” no sean tan graciosas.

Memoria Selectiva

“I’ve been walking in circles

I’m screaming for answers

I might fall into pieces

Or maybe I’m finally breaking through”

Regreso de la universidad en el bus. Sostenida del asiento delantero, ventana abierta, garganta cerrada; la náuseas me resultan sofocantes. Tengo que sentarme al costado de la parada. Me tomo un antiácido para el reflujo y me limpio las lágrimas.

Final de clases no significaba que me había liberado por completo. Regresaba de un examen final decepcionante; mi rendimiento académico venía en picada. Estoy cansada de escuchar a los profesores decir que no entienden mis resultados, y sin ganas de emprender rumbo a la casa donde la puerta principal más que puerta resulta un umbral a lo aborrecente. Habían sido cuatro años de saturación de trabajos, cargas emocionales y estrés. Sobrecargarse resulta un fácil distractor de las culpas.

Dejé mi computadora en la oficina. El día anterior, olvidé el cargador; y el anterior, la reunión semanal. Últimamente lo olvido todo. Ese día me enteré de que me habían diagnosticado con déficit atencional muchos años atrás y todos parecían enterados menos yo. Ese fue el día límite. El desgaste que sentía y ver derrumbarse mi carrera, único pilar que había permanecido intacto, me hicieron entender que algo estaba mal en mi cabeza. Algo estaba mal en mi cabeza, así de tosco, un pensamiento en bruto. No tenía fuerzas para una frase más ilustre que explicara mis dolencias.

El síndrome burn out, es un pariente más de la depresión y se refiere directamente a exposición a estrés prolongado, la distracción psicológica que, se supone, hace que durante años sus síntomas resulten principalmente físicos: fuerte sudoración, mareos, dolores de cabeza, problemas gastrointestinales y dolores musculares. La depresión propicia una actitud meditabunda, falta de memoria y de concentración.

Una vez en mi cuarto, después de una investigación exhaustiva en Internet, me pregunté por qué habían pasado tantos años y nadie a mi alrededor parecía enterado de que estaba deprimida. ¿Por qué hay tantas personas deprimidas que no están conscientes de ello?

“La sociedad propició una normalización del dolor y del sufrimiento. Los padecimientos mentales no son socialmente aceptados, el dolor emocional no es reconocido, no tiene una validación”, me respondió en la entrevista la psicóloga Mayela Rodríguez.

Cómo ha cambiado nuestro entorno es también un componente a tomar en cuenta y el Ministerio de Salud ya ha hecho estudios al respecto: “Las características de la urbanización moderna pueden tener efectos nocivos sobre la salud mental por la influencia de los factores estresantes más frecuentes y de acontecimientos vitales adversos como los entornos superpoblados y contaminados, la pobreza y la dependencia de una economía monetaria, los altos niveles de violencia y el escaso apoyo social”.

Study for Portrait II, 1955 Francis Bacon. Tate Museum.

Study for Portrait II, 1955 Francis Bacon. Tate Museum.

Además, en Costa Rica, el 2013 se registraron 41.675 episodios depresivos, en el 2014 se registraron que el 74% de los casos por depresión era de mujeres, y la Caja del seguro Social giro 17.650 boletas de incapacidad a 11.682 asegurados por trastornos depresivos. Sin embargo, el personal especializado en este tipo de trastornos tiene una proporción de uno cada ochenta mil habitantes, todos estos datos recolectados por el periódico La Nación  (2013 y el 2014).

La depresión, en la mayoría de los casos, es de naturaleza reincidente. Necesita de un tratamiento y seguimiento continuo, el cual puede reducirse con el tiempo pero nunca desaparecer.  

Se puede consultar diferentes test y artículos guía, los cuales no sustituyen un diagnóstico oficial, pero sí pueden dar una idea.  La consulta con el especialista es esencial para detectar la mejor solución y el mejor tratamiento. La medicina ha avanzado y las soluciones alternativas son muchas.  Por ejemplo, la C.C.S.S. ofrece programas de salud mental y redes comunitarias. Además, el país cuenta con consultorios privados especializados. Estos y otros recursos son clave para afrontar los padecimientos depresivos y, sobre todo, mejorar la vida de quienes los llevamos junto a nosotros y nuestras familias.

En el mundo hay dos tipos de personas: las que se cubren bajo una nube blanca y las que viven bajo la tormenta de la nube negra. Todos tienen sus períodos difíciles, pero aún a las nubes más densas y oscuras les llega su rayo de luz, incluso para aquellos que cargan con un trastorno depresivo.

“No more running, no more hiding

No more hurting, no more crying

No more trouble, no more sighing

No more falling, no more striving

No more heartache, no more fighting

No more fears, only flying”

                                                                                       Flight, Lifehouse

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