Subestimamos la dificultad de escribir un buen “corto”, y fallamos a menudo en conectar con la audiencia – ¿cuál es el secreto para apuntar bien la resortera, dar en el clavo, y dominar este rito de pasaje?

“Hay algo en qué tan corto ¿no? Si uno lo estira mucho lo revienta, y si uno no lo estira, se afloja, como una liga – como eso… velocidad y tensión.” – Diego Van Der Laat, escritor

Para empezar tengo que confesar que, a pesar de que he hecho varios intentos, nunca he escrito un guión de corto que realmente me guste.

Tengo bajo mi nombre un libro de textos cortos que no alcanzan a ser cuentos, una novela terminada pero sin publicar, una novela gráfica en desarrollo, y algunos videoclips y primeras ediciones sin revisar en cuentas de Vimeo y discos duros ajenos – también, guiones de largometraje casi-terminados, escritos con mi falso-amigo, el inútil rush de la inspiración.

Pero escribir este texto sobre “el corto” me tomó largo rato, planeamiento, y ambivalente contemplación, porque me puso de cara con mis peores fallos (las historias cortas), y con la realidad de ser Una Mujer Teórica… it’s easier said than done.

El primer paso siempre es de los más complicados.

Cada elemento en la animación de Aurelio Vidor Celeste y los Cavernarios, funciona para avanzar la trama o desarrollar de manera express a sus personajes.

Cierto que esto es un texto de cierta manera didáctico, y no hay nada que enseñe más que el fracaso. En eso pueden contar conmigo: me castigaré todo lo que pueda por mis errores, años inclusive – y saldré triunfante de eso, con una especie de lista (pero odio las listas, en especial para ser publicadas en internet) de lecciones aprendidas.

En un movimiento defensivo a priori, también entrevisté a cinco personas en mi vida, algunas más cercanas que otras, que han escrito cortos o historias cortas.

“Parábolas del corto: una lista sobre lo que he aprendido al intentar escribir cortometrajes.”

1. Las Hermanas Tijera: La síntesis y la eficacia

El corto es una bestia. Tiene ojos rojos y pelaje oscuro y no se le distingue muy bien el resto de la cara. Despierto de noche sudada: tuve una idea. Esa idea es enorme, y se expande por mis neuronas como una telaraña. Mi primer error es tratar de meter a esa bestia en el encierro que uso para llevar a mi gato al veterinario: no cabe.

“Muchas veces el problema es que uno en el corto trata de contar toda la historia de dos horas en 10 minutos, y eso no tiene sentido, hay que aprovechar las ventajas del corto. Por ejemplo que podés dedicarte a un momento o una idea, sin tener que calcular todas las repercusiones para el personaje.” Nicolás Pacheco

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Yùl et le serpent (2015). Festival Shnit. 

En mi google drive encontré dos de los tres guiones para cortometraje en mi haber: hoy, desesperada por conversar una vez más con mi falso amigo rush de la inspiración, los re-leí. ¿Qué pasó con ellos? Bueno, el que ilustra precisamente esta parábola sí se filmó, pero no sobrevivió a la edición. Las palabras de Nicolás me lo recordaron. Este “corto” nunca quiso definirse como una historia de ninguna longitud. Era más “lo que saliera”, y la falta de intención de síntesis me jugó en contra.

De este draft aprendí precisamente lo que nos aporta Nico: un corto es un momento, y nos cuenta una versión de ése momento. Puede dispensar deliciosamente de información de fondo o de “nueva vida”, porque un corto es el aquí y el ahora de una historia.

¡¿Quiere decir que la idea que tuve, la que se desborda por mis venas, no la puedo contar en un corto (que me conviene más por ser más barato de realizar)?! Gritarán algunos llevándose la mano al pecho.

Sí, eso quiere decir: si esa idea es enorme y no puede reducirse a un “aquí y ahora”, mejor guardarla para otro momento de mayor afluencia de dinero. La premisa de la idea, sin embargo, como símbolo o metáfora o tema,  no tiene que ser simple – y con esto, según entendí, estuvo también de acuerdo Nicolás:

“Creo que el corto debería de ser una sola idea. Y el reto está en encontrar la manera más chiva de explorarla – la más concisa y clara. Puede ser una idea compleja, pero no debería de ser complicada.”

“Pero ¡tanto que contar y tan poco tiempo para hacerlo!”, diría Luisa la del 2009.

Tratando de invocar ese espíritu ingenuo, recurrí a Aurelio Vidor (hombre con el que duermo), quien en su clásico estilo sintético me iluminó lo siguiente respecto a la limitante del tiempo efectivo para contar la historia (hablando sobre su animación 2D “Celeste y los cavernarios”):

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Contrapelo (2014). Festival Shnit. 

“El tiempo no es problema. Simplemente hay que eliminar y agregar elementos según tengan sentido – todos tienen que servir para contar algo.”

Ah, simplemente lo utilitario. La síntesis y la eficacia son las Hermanas Tijera que nos obligan a cortarle el pelo a esa bestia (y si es necesario los brazos y las piernas), para poder cargarlo en el encierro que le corresponde. O mejor aún, encontrar una bestia más pequeña.

2. El misterio de las migas

La siguiente en nuestra lista de parábolas, es la de la aventura de la audiencia. Ningún escritor que pretende que sus textos sean leídos – o sus cortos vistos, en este caso– debe de olvidar jamás que está relatando. Es decir, que su historia será experiencia para los demás. Desde el principio de la humanidad, cuando nuestros antepasados rayaban las paredes de las cuevas, estaban pensando en cómo comunicarse con los otros, y en la trascendencia de esa comunicación a través de cuántos otros. Esto es tan intrínseco del ser humano y tan prehistórico que es imposible debatir. 


El día en el que reconozco que mi audiencia es mi aliada y cómplice, empiezo a entender la importancia del misterio.

Ya mencioné anteriormente, en el primer artículo de esta columna que, por lo general, en las muestras de cortos costarricenses hay mucha agua y poco cauce. Por alguna extraña razón, Nicolás habló también de agua al tratar de explicarse (¿será porque ver un corto sin conflicto es como ahogarse?):

“Si tirás a alguien al agua con pirañas, en medio del mar, perdido, sin estructura, se dan por vencidos antes de comenzar. Si los tirás a una estructura con límites, como una piscina, saben que tienen que nadar hasta el otro lado antes de que se los coman.”

Es importante marcar los límites del juego. |Helio.

Además de contribuir con este artículo, Andrés Campos dirigió Helio, cortometraje con un conflicto que es interesante porque raya en el absurdo, pero no se aleja demasiado de la orilla.

Ese cauce que nos arrastra lo define un misterio, el que indica a los demás hacia dónde tienen que mirar, para que puedan explorar posibles resoluciones y jugar a predecir lo que sucederá.

Pero de nada sirve plantear un misterio si no continúo con el juego, si no le concedo a la audiencia el creerse parte activa de la construcción de la historia.  Con guiños y símbolos, dirijo al espectador hacia la resolución, diciéndole: frío, frío, caliente, tibio, ¡NO POR AHÍ NO! Esas son las migas mágicas que los llevarán con el pecho latiendo – ¡gracias, delicioso poder de la expectativa!

De esta forma también me aseguro de que mi resolución sea creíble. ¿O vas a cuestionarte un final que vos mismo escribiste?

3. La pesca

“Si lo ponemos como que la literatura tiene una correspondencia en el cine, o en el audiovisual, entonces podríamos decir que el corto es el poema, por su contundencia,  y eso incluye hasta los spots publicitarios. El cuento es el largometraje, sin distinción, por su estructura, y la novela es la teleserie.” – Laura Astorga Carrera (2016)

Pensando en las palabras de Laura sobre el corto y el poema, caí en cuenta de algo primordial: el corto es un poema no sólo en cuánta eficacia hay que proponerse al escribirlo, y cuánta tijera hay que ser capaz de volarle sin miedo, sino también en el enganche. La mosca al extremo de la cuerda de pescar – inmediato, emocional, y absoluto. Visceral sin dubitaciones.

Esto lo sé porque resulta que yo sé escribir poemas, y de eso no tengo duda. He escrito varios poemas que calificaría como exitosos, y siempre he sabido ése secreto: mis poemas serán leídos completos en tanto su primer verso caiga como una bomba, y el resto de los versos lo sigan frenéticos.

Es una reacción en cadena. | Frankfurt.

Frankfurt, corto de Nicolás Pacheco, contundente e inmediato como su sillón en llamas, no pierde tiempo con los antes y después, y engancha con empatía desde el primer momento.

El cauce, el primer verso, el misterio, y la eficacia: todos hablan del enganche, y no tanto del punch o desenlace.  Cuando nos obsesionamos con ese maravilloso desenlace que se nos ocurrió, no nos preocupamos por iniciar de una manera contundente, y continuar con una seguidilla de contundencias.

En las palabras de Nicolás Pacheco, una vez más:

“Un corto es como un tobogán bien alto. Siempre necesitás un buen comienzo. Ése es el problema más grande de los cortos: la gente quiere resolver el final pero ni siquiera plantean bien el misterio del inicio.”  

Es como cuando intento contar un chiste, y caigo en ansiedad terrible, pensando en cómo voy a decir el punchline. El resto del chiste me sale como una mierda, y nadie se ríe. Estoy tan preocupada por hacer gracia que olvido que un chiste también es una historia con estructura. ¿No envidiaron siempre a ese tío abuelo que sabía contar chistes con contundencia, ritmo, y misterio.

4. La caída libre (o la física de la historia corta).

“Para mí lo que hace sentir una buena historia corta es como un vértigo, que uno corra los ojos como hacia abajo – no hacia arriba – y que de repente, en lo más y mejor de ése vértigo, se acabe.” – Diego Van der Laat, Facebook (2016)

Las palabras de Diego me hicieron pensar, más que en el ritmo de las palabras, en una anécdota de infancia: mi hermana y yo patinábamos en la calle interna del condominio donde crecimos. Del portón principal a la puerta de nuestra casa (la última en la fila) había quizá unos 40 metros. De esos, los últimos 6 metros de rampa eran, para una niña de 7 años, una cuesta empinada hacia abajo.

¡Tan humano es el miedo a caer! | Keeping Balance.

Keeping Balance (2015). Festival Shnit. 

Vivi (hermana) y yo, con nuestros patines marca Barbie de 4 ruedas, hacíamos tercamente el recorrido seguro: de ida y vuelta hasta el borde de la cuesta. Así se pasaban las tardes. En una de tantas, mi mal cálculo (o sentido de la aventura, no estoy segura) resultó en que me encontré patinando cuesta abajo a toda velocidad. Por una milésima de segundo logré razonar que iba a chocar contra el portón y que no podía evitarlo. Predeciblemente, esta anécdota se acaba conmigo de rodillas cholladas frente al portón, y la cabeza atorada entre dos de sus rejas de metal.

Si no me equivoco, ese es el vértigo del que habla Diego. La noción de que se puso el patín en la cuesta, y eso desató una caída libre – ahora se va en dirección hacia abajo, contra un desenlace ineludible.

5. El bongo

 Me parece que vivimos bajo la falsa impresión de que el cortometraje es una versión mini de la película de 90 minutos, y estamos gravemente equivocados. El corto tiene su estructura particular, sus propias dimensiones independientes, y sólo debe de compararse con otros de su propia especie.

Es diferente en cuanto a que abre con la ruptura (planteamiento del misterio, desencadenante, etc), y finaliza en su más y mejor. En medio tiene que tener, de principio a fin, la fuerza de varios caballos, la tensión de un elástico estirado, la caída libre del tobogán, la contundencia del poema, y la confianza de un chiste bien contado.

Por eso, pobre de aquel que haya pensado que el corto es una bestia más fácil de dominar que el largo. Ay de él o ella.

Cierro con un aporte que me envió Andrés Campos, que en lugar de responder a mi pregunta, sintetizó la respuesta con un texto de Carlos Salazar Herrera, y me hizo pensar en que el secreto está en dimensionar correctamente:

Se trata de un momento íntimo. | Las consecuencias.

Las consecuencias, uno de los únicos cortos disponibles online de la autora, no es mucho más que una conversación sin mucha estructura que resultó parecer tener algún tipo de misterio.

“¡Un bongo…! ¡Y qué parecido es a un cuento! Un bongo es una pequeña embarcación de velas, en donde caben apenas unas cuantas personas… Un bongo es para aguas mansas. Un bongo no se puede aventurar a mar abierta, como los grandes navíos, en donde cabe mucha gente y pasan muchas cosas en sus largas travesías. Un bongo no puede perder de vista la tierra, porque a pesar de todo, sigue siendo un árbol.”


La imagen de cabecera es una ilustración de Aurelio Vidor. 

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