Me descontaron seis mil colones de mi tarjeta que no recuerdo haber gastado. Abrí el ziploc con vouchers, hice las cuentas y ¡no señor! Esa plata yo no la gasté. Tampoco entendí el detalle del cobro, entonces llamé al servicio al cliente para hacer la consulta.

El tipo que me atendió revisó la cuenta y me dijo que la plata cobrada fue por un seguro sobre la tarjeta que, según ellos, yo anteriormente acepté.

—¡Mentira! —le grité— ¿Para qué querría eso? ¡Ustedes son unos hijueputas ladrones! Luego le tiré el clásico: — Bueno, sé que usted sólo hace su deber, la culpa la tiene la empresa para la que trabaja, ¡pero es que son unos ladrones! Hágase el favor y renuncie.

Luego de mi hablada de mierda, el hombre mencionó que yo accedí al servicio un mes atrás y que tenía el registro de esa conversación. Las llamadas quedan grabadas por control de calidad, pero quizá porque nunca me había sido útil, terminé ignorando las advertencias.

Mientras esperaba que el hombre buscara la grabación, entré a Facebook y me apareció la nota de un accidente en Cartago. Un bus se quedó sin frenos y atropelló a doce carros en banda. El accidente lo captó completo la cámara de un local cercano. Fue un pichazo.

—Señor, disculpe la demora —dijo el tipo al volver—. A continuación le reproduzco el extracto donde usted acepta el servicio del seguro de su tarjeta.

Cinco segundos de audio me hicieron morderme la lengua. Me sentí humillado al escuchar mi voz aceptando el seguro como un imbécil, pero solo así aprendí a poner más atención a la hora de manejar mis finanzas y evitar errores estúpidos. Al final lo mantuve porque finalmente entendí en qué consistía y me pareció útil. Me disculpé, colgué y seguí leyendo del accidente.

Al final de la nota colocaron otro video grabado desde un celular y recorría el desastre que provocó el bus. Alrededor de los carros apergaminados había decenas de personas también grabando desde su teléfono. Esa imagen me remitió a tres sucesos de las últimas semanas:

Para celebrar los quinientos millones de usuarios, Mark Zuckerberg subió una foto a su cuenta de Facebook y se viralizó rápidamente porque al fondo aparecía su laptop con la cámara tapada con cinta adhesiva.

El espantoso tiroteo en Dallas fue detalladamente registrado desde distintas cámaras de seguridad y los celulares de las personas que estaban cerca. Incluso uno de ellos logró hacer una transmisión en vivo en Facebook a pocos metros del tiroteo.

En Pamplona, a pesar de que la Fiesta de San Fermín se llenó de cámaras de alta definición para evitar los abusos y acosos sexuales, cinco hombres borrachos violaron a una mujer y lo grabaron desde su celular.

Todo está siendo grabado. Entre más smartphones, webcams y cámaras de seguridad, nuestra vida va a terminar siendo totalmente registrada. Y como al parecer no nos queda de otra, lo mejor que podríamos hacer es sacarle verdadero provecho.

En un futuro cercano, alguna empresa debería hacerse responsable de generar una base de datos con cada uno de los videos en los que aparecemos, y ofrecer la suscripción al boletín semanal con el resumen de nuestra existencia, en mp4 (por decir un formato). Así, como en mi acongojante llamada a servicio al cliente, podríamos repasar con calma lo imbéciles, ignorantes y descuidados que fuimos en los últimos días.

Incentivaría la autocrítica. Podríamos tener acceso a todas nuestras equivocaciones y a las consecuencias de nuestros actos. Rebobinar las veces necesarias hasta comprender la razón de fondo de nuestros errores para poder corregirlos. Vernos desde otro ángulo. Comprender lo iguales que somos, y darle el merecido valor a lo que nos diferencia. Aceptar cuando la equivocación fue nuestra y no del proveedor de la tarjeta de crédito (aunque sigan siendo unos hijueputas ladrones).

El boletín incluiría un monitoreo con el avance de nuestra superación personal y recomendaciones de cómo podríamos mejorar. Sugerencias, porque seguiríamos siendo tan libres de equivocarnos como responsables de nuestros actos. Además, podríamos intercambiar voluntariamente los boletines con otras personas, para aprender de los errores de los demás y ser sabios.

Y por mero protocolo se les informaría a los recién nacidos que, por motivos de control de calidad, su vida está siendo grabada.

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