¿Qué tan cercano a la voluntad popular es el sistema de votación actual en Costa Rica?

Hay 8 personas que quieren ir a comer juntas,  tienen tres opciones: pizza, tacos o falafel. Como primera opción, 5 de esas personas quieren pizza mientras que 3 de ellas tacos. Como segunda opción las 8 personas prefieren falafel. ¿Qué es lo más justo? ¿Qué es lo más democrático? ¿Seguir lo que dice la mayoría e ir a comer pizza, o ir por falafel y que todas las personas queden más o menos contentas?

En la vida nos enfrentamos en muchas ocasiones con el dilema de votar: elegir a la persona que será eliminada en un reality show, elegir  qué película ver, o elegir, como en el ejemplo, dónde ir a comer. Sin embargo es raro que nos preguntemos sobre el sistema electoral que se utiliza para cada caso.

Hay muchos sistemas electorales que se pueden utilizar pero cómo saber cuál es más justo, cuál representa mejor el deseo popular. Hay respuestas a estas preguntas, pero no son para nada satisfactorias.

Estudiemos un ejemplo en el que una población se propone hacer una elección de tres opciones posibles.  Veamos qué que sucede con los siguientes sistemas electorales:

  • Mayoría simple:
      • Se realiza una sola vuelta, y la opción que tenga la mayor cantidad de votos gana.
  • Dos vueltas:
      • Si en la primera vuelta la opción que recibe la mayor cantidad de votos no supera el 40% del total, se vota en una segunda vuelta en la cual sólo participan las dos opciones que obtuvieron más votos en la primera vuelta.
  • Método de Condorcet:
    • Se realizan votaciones entre todas las posibles parejas de opciones (es decir, enfrentamientos una a una). La opción que gane la mayoría de estos enfrentamientos, gana la elección. Este sistema puede parecer extraño, pero se ha utilizado en elecciones para gobiernos locales y de organizaciones.

En el siguiente video mostramos un ejemplo de un conjunto de 20 personas que votan por tres opciones. Veremos que con la misma población y la misma intención de voto, cada una le las opciones es ganadora para alguno de los tres sistemas.

Hay sistemas distintos a los descritos anteriormente. El de Elección Indirecta, por ejemplo, que es aplicado en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. En este sistema la población total está dividida en subconjuntos (estados, por ejemplo), los cuales eligen representantes para conformar un nuevo conjunto de votantes (como el senado) y este conjunto de representantes vota para elegir la opción ganadora.

Una de las condiciones que se requieren en este sistema es que la cantidad de representantes de cada estado sea proporcional a la cantidad de personas de ese estado. Pero surge un problema, es altamente probable que esa proporción determine un número no entero (con decimales) de representantes. Entonces habría que redondear. Además, es usual exigir que un sistema cumpla una serie de “criterios justos”.

En el caso del sistema estadounidense, los criterios justos son:

  1. Cada estado obtiene un número de escaños proporcional a su población, redondeado para arriba o para abajo.
  2. Cada estado obtiene al menos un escaño, independientemente de la razón de su población con respecto al total (por ejemplo si la población total es 100, la de un estado es 4 y el total de escaños es 10, a ese estado le tocarían 0,4 escaños, redondeando da 0, pero por este criterio justo, a este estado se le debe dar un escaño).
  3. Si el número total de escaños crece, el número asignado a cada estado no decrece.
  4. Si el estado A tiene más votos que el estado B, ningún escaño se transfiere de A a B.

La aplicación de estos criterios provocó en 1880 la Paradoja de Alabama. Al aplicar el sistema de cálculos de cuotas resultó que si se designaban 299 escaños en total, Alabama tendría 8, pero con 300 escaños en total, Alabama tendría apenas 7,

¿Cómo es posible que ocurra esto? Veamos un ejemplo sencillo en el que hay tres estados, A con una población de 6, B con población de 6 y C con 2. El total de la población es, por lo tanto, 14.  La razón de las poblaciones de A y B sobre el total es de 42, 8 % cada uno, mientras que C tiene el 14,3%. Si hubiera 10 escaños en total, a  A y B les correspondería 4 cada uno, mientras que C obtendría 2. Si fueran 11 escaños en total, los porcentajes correspondientes serían 47,1% para A y B, 15,7% para C, al redondear esto daría 5 escaños para A, 5 escaños para B y 1 escaño para C.

Esta paradoja del voto indirecto surge antes de siquiera definirse las opciones a elegir, pero sabemos que también esas paradojas surgen en momentos posteriores del proceso electoral y que siguen siendo un problema vigente. En las elecciones presidenciales de 2016, Hillary Clinton tuvo 2.8 millones más votos que Trump, pero éste obtuvo 77 votos más en el Colegio Electoral.

¿Cuáles son, entonces, los criterios justos que permitirían una decisión más democrática? El premio Nobel de economía Kenneth Arrow postula que todo sistema electoral debería cumplir los siguientes criterios para una elección entre más de dos opciones:

  • No hay dictadores: no hay una persona que pueda decidir siempre la preferencia del grupo.
  • Universalidad: si cada votante prefiere la opción X sobre la opción Y, todo el grupo prefiere la opción X sobre la opción Y.
  • Independencia de alternativas irrelevantes: Si la preferencia entre X y Y de cada votante no cambia, no cambia la preferencia del grupo con respecto a X y Y (esto aunque haya cambios en las preferencias de otras opciones).

Arrow demostró que no existe ningún sistema electoral ranqueado -en el que  las personas que votan pueden ordenar todas las opciones con respecto a sus preferencias- que satisfaga estos tres criterios justos.

El teorema de Arrow no aplica a todos los sistemas de votación, y es en este punto donde se han centrado las críticas a la interpretación del teorema, sobre todo en el contexto de  elecciones políticas. Primero, sólo aplica a los que tienen más de dos candidatos, pero una democracia con exactamente dos partidos políticos siempre es cuestionable. Segundo, el teorema aplica sólo cuando todas las personas de la población ranquean las opciones y votan las veces que sean necesarias.

Eso en la realidad es muy probable que no se cumpla, siempre hay personas que bajo ninguna circunstancia votarían por algunos de los partidos en la contienda. Esto causaría abstencionismo, lo cual no es muy deseable en una democracia. Finalmente el teorema de Arrow no aplica para sistemas en los que las opciones son ranqueadas con “pesos”, por ejemplo que cada persona le otorga 3 puntos a su primera opción, 1 a la segunda y 0 a la tercera. Este sistema, bastante más complejo de estudiar, es aplicado escasamente.

 

¿Qué hacemos ante la falta de certeza de que un sistema electoral refleje la voluntad de la mayoría de personas que deben tomar la decisión? Si diferentes sistemas pueden arrojar diferentes resultados con una misma intención de voto, ¿qué resultados favorece nuestro sistema electoral actual? Arrow nos advertiría que no hay respuestas fáciles a estas preguntas, pero sería irresponsable no analizar las posibles debilidades y fragilidades de la forma en que computamos nuestros votos para la toma de decisiones importantes.

En momentos como este, donde el sentimiento de apatía y desilusión con el sistema electoral es tan fuerte, es quizás cuando se torna más pertinente cuestionar su funcionamiento y buscar posibles alternativas que faciliten una toma de decisiones más cercana a la voluntad popular.

Hemos visto que hay toda una clase de sistemas electorales que no pueden satisfacer una serie de criterios deseables. Los sistemas electorales que utilizamos en distintas instancias de la vida suelen formar parte de esta clase. Si lo que se quiere en estas instancias es decidir a partir de la opinión o el deseo de un conjunto de personas, tal vez sea conveniente buscar y evaluar alternativas distintas.

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